Algoritmo es una palabra que hace unos años solo se le podía escuchar a ingenieros e informáticos pero que últimamente sale hasta en los telediarios, así que como siempre, recurro a la querida RAE para aclarar perfectamente que un algoritmo es un Conjunto ordenado y finito de operaciones que permite hallar la solución de un problema. El palabro en cuestión se ha popularizado porque realmente vivimos rodeados de algoritmos, aunque no se noten y no se les vea demasiado. Son los responsables de que funcione el querido/odiado corrector de mensajes del móvil o de que el correo que te envió tu cuñado misteriosamente termine en la carpeta de spam, por poner solo dos ejemplos de algoritmos cotidianos.

De hecho, hay tantos y tan variados algoritmos que se empiezan a colar por mundos hasta ahora vetados para ellos como los procesos de selección de personal. Probablemente no sepas que la gran mayoría de las empresas que aparecen en el famoso ranking Fortune500 de las empresas más importantes del mundo utilizan algoritmos para contratar a su personal, por lo que con seguridad hay por ahí miles y miles de personas cuya contratación o no por una empresa ha dependido, al menos en parte, de un ordenador. Por ejemplo, la empresa norteamericana DeepSense, tiene un software que permite sustituir los tradicionales test de personalidad por un escaneo del contenido de las redes sociales de los candidatos y así, según ellos, son capaces de hacer un retrato mucho más exacto de la personalidad de las personas que optan a un determinado puesto de trabajo.

Y es que dicen los que realmente saben de estas cosas que un algoritmo es capaz de mejorar en al menos un 25% la decisión tomada por los reclutadores tradicionales… ¿y por qué? Porque carecen de componente emocional. Es decir, un algoritmo te va a decir con total precisión, mucho mayor que la de un humano, si un candidato tiene las habilidades necesarias o no para desempeñar un determinado trabajo. Esos algoritmos ya están aquí y han venido para quedarse, y estoy seguro de que con el tiempo mejorarán sus habilidades y sus resultados. Ahora bien, ¿les interesa a los empleadores eliminar completamente el componente emocional a la hora de lanzar un proceso de selección? ¿Y que podemos hacer nosotros para caerle bien a un ordenador?

Ambas preguntas están relacionadas porque, a mi juicio, el componente emocional sigue siendo fundamental en la mayoría de los empleos. De acuerdo que trabajos muy mecánicos y que requieran de poca interacción con otras personas necesiten una serie de habilidades estándar que sí pueden ser evaluadas por un ordenador. Pero una máquina no podrá, al menos de momento, interpretar el factor emocional. Un ordenador no podrá saber si el nuevo candidato encajará bien en la relación ya establecida con un cliente importante, si se integrará bien en el trabajo colaborativo del equipo o si tendrá la chispa de creatividad necesaria (o si carecerá de ella que en algunas situaciones es lo mejor).

Y desde el punto de vista del profesional que busca en un momento dado cambiar de trabajo, se debe ser consciente de que cada vez son más importantes las “soft skills” que las skills tradicionales, porque son las que nos harán destacar frente al resto. El ser capaz de adaptarse a entornos de trabajo cambiantes, saber comunicar de forma efectiva, tener la capacidad de desaprender para volver a aprender, trabajar de forma realmente colaborativa con el equipo o tener las habilidades digitales tan imprescindibles hoy en día son cualidades que un ordenador no va a poder detectar a la hora de contratarnos, pero que seguro que saldrán a la luz en la, todavía, imprescindible entrevista de trabajo. Aunque eso sí, no hay que olvidarse de cuidar con mimo la huella que dejamos en internet, para que el algoritmo que busca los mejores candidatos para un puesto se fije en nosotros…

 

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