Quien no conoce la fábula de Esopo de la liebre y la tortuga. La tortuga, el animal más lento del bosque, se atreve a retar a la liebre, quien se enorgullecía ante todos los demás animales de ser el más rápido, a una carrera. Confiada en su rapidez, la liebre dejó partir a la tortuga y se quedó remoloneando con otros animales en la salida. Luego empezó a correr, veloz como el viento, mientras la tortuga iba despacio pero eso sí, sin parar. La liebre la adelantó enseguida y viendo la ventaja que tomó, se paró a descansar hasta que se durmió. Mientras, paso a paso, la tortuga siguió su camino hasta que llegó a la meta. Cuando la liebre se despertó, corrió con todas sus fuerzas pero ya era demasiado tarde porque la tortuga ya había ganado la carrera.

Es curioso que en nuestra cultura ser lento es sinónimo de torpe e inútil, mientas que en otras culturas precisamente la tortuga es un animal espiritual sinónimo de longevidad y sabiduría. A lo mejor los hacemos para que no nos llamen torpes, pero el caso es que vamos siempre con prisas. Hasta cuando no hay motivos para tener prisa, hacemos las cosas a toda velocidad. Y en el trabajo esto se hace especialmente palpable. Solemos presumir de lo rápido que hemos entregado un proyecto, o de la cantidad de cosas que hemos sido capaces de gestionar simultáneamente. Al igual que la liebre de la fábula, somos muy rápidos, pero por alguna razón, no siempre alcanzamos nuestro objetivo a tiempo por mucho que esprintemos al final.

Es una condición natural tratar de terminar el trabajo lo antes posible y desde pequeños se nos enseña que es bueno hacer muchas cosas. Pero todo lleva su tiempo y su proceso. Por más que nos empeñemos, no vamos a tener un nivel excepcional de inglés porque estemos en un cursillo intensivo de 15 días… Muchas veces parece que no sabemos muy bien hacia donde vamos en el trabajo, pero la realidad es que vamos a toda velocidad, porque hay un permanente sentido de urgencia en todo lo que nos rodea que no siempre tiene detrás motivos reales. No es que haya un cliente que tiene un problema urgente que resolver, o no es que vayamos retrasados en la entrega de un proyecto. Tenemos prisa porque sí, para acabar pronto, antes que no sé muy bien quien. Se nos pide todo para ayer, con lo que de alguna manera, el presente ya es pasado, así que como para ponerte a pensar en el futuro

Alguien dijo que el secreto de la estrategia empresarial no es pensar en qué acciones haremos en el futuro, sino en las consecuencias futuras de las acciones presentes. Y es cierto. En el trabajo tomamos muchas veces decisiones por salir del paso, por poner el tic en la lista de acciones pendientes y así poder pasar a otra cosa, sin pararnos a pensar en las consecuencias que se derivarán de esa decisión precipitada. Lo hacen los directivos tomando decisiones en una reunión sin tener toda la información en su mano para poder evaluar con conocimiento de causa las consecuencias de esa decisión y lo hacemos todos en nuestro día a día: Enviar documentos de trabajo a otro grupo sin haberlas trabajado en detalle previamente, sabiendo perfectament que el otro grupo tendrá problemas para entenderlas y por tanto para realizar correctamente lo que les estamos pidiendo, responder con el primer dato que encontramos y que medio nos encaja cuando alguien nos pide información, acabar una reunión sin llegar a aclarar todos los puntos incluidos en la agenda…Muchas veces no pensamos, actuamos como robots dando respuestas preestablecidas a los problemas que nos surgen, por no pararnos a reflexionar sobre el problema concreto que tenemos ese día.

¿Y qué podemos hacer? Varias cosas. En primer lugar, tener un objetivo claro que nos lleve a saber priorizar bien y centrarnos en aquellas tareas que nos ayudarán a lograr ese objetivo. Simplificar, soltar lastre, ser capaces de quedarse solo con las tareas que realmente importan para alcanzar ese objetivo que nos hemos propuesto y aprender a ser pacientes y perseverantes, un poco como la tortuga de la fábula. Sin prisa pero sin pausa, y sabiendo utilizar la palabra mágica: “NO”. Hay veces que no podemos llegar a todo, y la solución no es hacer todo deprisa y corriendo, sino priorizar y anteponer si es necesario nuestros asuntos frente a los de los demás.

Y sobre todo, darse un tiempo para la creatividad. Me hace mucha gracia una viñeta en la que aparecen unos trogloditas empujando y arrastrando un pesado bloque de piedra mientras otro les enseña una rueda. Los trogloditas le responden “no molestes, estamos muy ocupados trabajando”. ¿Cuántas veces nos pasa eso a nosotros? Estamos tan ocupados y tan metidos en nuestro trabajo del día a día, tan atareados, que no somos capaces de ver la solución al problema porque simplemente no levantamos la cabeza para verla. Tener pausa y ser capaz de parar y mirar a tu alrededor en busca de soluciones a los problemas que te encuentras en el trabajo me parece una cualidad cada vez más fundamental.

Termino con frase de Gregorio Marañón: La rapidez, que es una virtud, genera un vicio, que es la prisa. No dejemos que la prisa se convierta en nuestro estilo de vida. Al final quien ganó la carrera fue la tortuga, y seguro que disfrutó mucho más de la experiencia.

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