Leí el otro día el título de este post en Twitter y me pareció tan gracioso y a la vez acertado (aparte de un poquillo soez, pero nada que no se arregle con unos puntos suspensivos en el título) que pensé en escribir sobre la toma de decisiones. Porque cuando después de reflexionar sobre algún tema que nos preocupe y darle vueltas a la cabeza durante un buen rato, tomamos por fin una determinación y pensamos “venga, ¡hago esto, a tomar por culo!” quiere decir que de entre las posibles opciones estamos tomando la más valiente, la más arriesgada o la menos cómoda, es decir, la decisión que nos puede traer más beneficios pero que también puede acabar fatal. Esa actitud siempre me ha parecido admirable.

Peter Drucker, que fue un gurú del mundo de la empresa que dijo muchas cosas muy interesantes, dijo entre ellas que “Donde hay una empresa de éxito, alguien tomó alguna vez una decisión valiente”, lo que es aplicable no solo a las empresas sino también a las personas, aunque es cierto que en la frase aparecen las palabras “éxito” y “valiente” que son conceptos bastante abstractos y relativos. Porque si yo termino una carrera popular entre los 500 primeros clasificados es para mí un exitazo fruto de haberme esforzado mucho, pero para un atleta profesional es un fracaso terrible consecuencia probablemente de haberse torcido el tobillo nada más salir. Y lo mismo podríamos preguntarnos sobre qué es una “decisión valiente”, aunque yo diría que esto está un poco más claro porque una decisión valiente es aquella que traerá consecuencias impredecibles, que pueden ser buenas o malas, pero impredecibles. En todo caso, estoy totalmente de acuerdo en que si uno quiere obtener éxito profesional, debe tomar alguna vez decisiones valientes, es decir, decisiones que implican salir de tu zona de confort y adentrarse en terrenos más desconocidos.

Pero una cosa es ser valiente y otra ser temerario. Una persona temeraria es aquella que no presta atención al peligro y que actúa de una manera que podría calificarse como irracional. Debemos ser conscientes de los riesgos de nuestras decisiones y evaluar si la recompensa que podemos obtener merece la pena a cambio de dichos riesgos. Dicen las abuelas que el cementerio está lleno de valientes, lo que aunque es una frase muy de abuela, tiene su punto de razón.

También es un arte saber tomar decisiones en el momento justo. La “parálisis por el análisis” es un mal habitual en muchas empresas, donde se espera a tener atado el último detalle del plan de negocio y a que éste sea visto y aprobado en 17 comités antes de tomar una decisión. Y sin embargo, me sorprende que otras veces se toman decisiones demasiado rápidas, precipitadas y sin tener la información necesaria para poder decidir con criterio. Está muy bien esto de las decisiones valientes, pero en su momento justo, ni demasiado rápido ni cuando ya sea demasiado tarde.

Si no puedes fallar, es que no vale la pena” decía otro gurú del marketing, Seth Godin. Cometer equivocaciones es parte de nuestra vida diaria, más aun en el trabajo, donde estás tomando decisiones, aunque sean pequeñas, en todo momento. Errar es una etapa más en el camino de conseguir lo que te propones. Así que no hay que decidir a lo loco sino evaluar bien los posibles riesgos que acareen nuestras decisiones y tampoco hay que actuar porque sí, por no estar parado, porque las prisas no son nunca buenas consejeras. Pero llegado el momento de tomar una decisión importante y habiendo evaluado los riesgos, no hay que tener miedo de elegir la opción más complicada, aunque entrañe algunas incertidumbres. Hagámoslo, ¡y a tomar por culo!”. Seguro que será la mejor decisión.

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