Pedir ayuda no es ser débil, sino todo lo contrario. Saber hacerlo es un arte. Dicen los expertos que la gente que avanza en la vida lo hace porque maneja con soltura el arte de pedir ayuda. Yo coincido, pero creo que ofrecer ayuda con naturalidad es aún más difícil y potente que saber solicitarla.

El orgullo nos puede. Y nos estanca. Nadie quiere dar la sensación de ser un flojo, de que necesita… Sin embargo a menudo resulta que son las personas con más autoestima quienes más ayuda, consejo y colaboración solicitan. Será porque libera el no tener que demostrar nada a nadie o porque tienen meridianamente claro que se avanza infinitamente más cuando buscas la ayuda de otros.

Tenemos que trabajar el arte del pedir ayuda. Porque tal vez sea el secreto más potente y olvidado para crecer. Y porque saber pedir ayuda con claridad, con confianza, con consistencia pero sin comprometer, es sin duda todo un arte. Pero también y en igual medida, yo he descubierto el maravilloso potencial del dar. Ayudar a un jefe o a un compañero es un potente facilitador que ofrece al otro alternativas cuando se encuentra en un callejón sin salida. Dar porque sí, porque simplemente puedes hacerlo sin esperar nada a cambio es sabiduría… Y también inversión: ya recibirás cuando llegue el momento.

De verdad pienso que hacer un favor no es sólo una obligación, también es una gran oportunidad. Cuantas más personas ayudes, más personas te ayudarán, más ayuda tendrás para poder ayudar a otros y así en espiral creciente. Sin embargo, como no es que de jetas y aprovechados esté el mundo lleno, pero haberlos, haylos, nos viene conviene aprender a hacerlo

• Poniendo cabeza, para asegurarnos de que entendemos perfectamente lo que nos piden, que evaluamos el alcance de la oferta y que gestionamos adecuadamente las expectativas del otro.

• Aliñando con ligereza, sin que el otro tenga que aguantar una larga perorata sobre los inconmensurables sacrificios que tenemos que hacer para corresponder a su petición.

• Incorporando responsabilidad, sobre todo si nuestro compromiso involucra a terceros. No pasa nada si pides un espacio para la reflexión y das la respuesta “en diferido”.

• Con asertividad, diciendo claramente no, cuando lo que te piden excede lo que puedes hacer. Eso sí, hazlo con alternativas y con elegancia, que no te cierre las puertas para que te pidan ayuda en otra ocasión.

• Y con apertura mental, haciéndolo bien incluso con quien nos cae mal.

Por tanto, que alguien de pida un favor no es necesariamente un engorro. Más bien es una tremenda ocasión para mostrar tus capacidades, para abrir nuevas relaciones, para embarcarte en aventuras que tal vez te lleven a nuevos y excitantes lugares. El empresario Kike Sarasola, fundador de Room Mate Hotels, decía en una entrevista a raíz de la publicación de su libro “Más ideas y menos Másters”: «El ‘no’ ya lo tienes, a mí me han dado veinte mil. Pero cuatro personas me dijeron ‘sí’ y ahora son mis cuatro socios».

Yo creo que cuando alguien te pide algo te está enviando de manera implícita un mensaje de “confío en ti”. Es una pena perder esa confianza porque quizás no tengas ocasión de recuperarla.

Cierto es que puede que alguna vez te equivoques y acabes en la garras de un enmarronador profesional. Pues mala suerte, sal del paso con una faena de aliño y espabila para la siguiente. Ya sé que jode mucho que se cuelguen una medalla a tu costa, pero tampoco pasa nada. Mira a ver si alguna de estas estupendas excusas para escaquearte te sirve.

Y si no encuentras la manera de salir con elegancia, pues tampoco temas salir por las bravas. Mantén tu propio sentido de la realidad, con independencia de lo que diga el jeta y asume con estoicidad la suma de improperios y críticas que seguro te caerán. Permanece en tus trece y no te preocupes demasiado, no serán más que una tormenta de verano… son muy listos y se irán a fagocitar a otra parte.

@vcnocito

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