Con la cantidad de excelentes profesionales que hay por el mundo currando, me pregunto por qué a pocos oigo confesar sin rubor aquello de “me gusta mi jefe”. Cierto es que no siempre promocionan los mejores, pero tampoco creo yo que haya tanto mal bicho haciendo de jefe por el mundo. Y aunque algunos elementos no tengan remedio, estoy convencida de que los buenos jefes existen, así que déjame que te exponga mi teoría sobre cómo encontrarlos.

En contra de lo que se piensa, las empresas están llenas de buenos jefes. Yo misma me he ido cruzando con más de media docena de jefes excelentes, que además de enseñar, gestionan trabajo y expectativas profesionales de maravilla. Ese tipo de gente con la que da tanto gusto trabajar que casi ni te parecen jefes. Porque un buen jefe es como un buen sujetador, está pero no se nota que está.

Recuerdo con cariño a un Javier, un Daniel, dos David, un Luis, una Asun, una Isabel, un Manuel… Y seguro que me dejo algun@. ¿He tenido mucha suerte y me han tocado los mejores jefes que había sobre la tierra o algo habré hecho yo para merecerlos? Confieso que me he quejado de mis jefes, pero en general, reconozco que, pasados ciertos transitorios que a veces se hacen insufriblemente eternos, suelen acabar gustándome.

Fue uno de ellos, Daniel, quien me dio uno de los consejos que más útiles de mi carrera y casi me atrevería a decir que también de mi vida:. “Virginia, me dijo, el amor está sobrevalorado. Mola, pero la pasión se acaba y del amor al odio hay un paso, así que lo que nunca te va a fallar es ese perfecto matrimonio de conveniencia bien entendido. Tú no temas formar parte de uno. Aporta valor a tu jefe y él, por la cuenta que le trae, hará lo posible por aportártelo a ti

Y ahí está la clave. Todos tenemos capacidad para ser buenos o malos compañeros, buenos o malos curritos y buenos o malos jefes. Todo va al depender del contexto y las relaciones de intercambio que seamos capaces de establecer.

Porque para ser un buen jefe solo hacen falta 3 cosas:

  • Que te importen las personas, más allá del rol que les haya tocado desempeñar. Que te importen de verdad sus dolores de cabeza y sus pequeñas alegrías, que los sientas como compañeros en lugar de verlos como simples recursos.
  • Que sientas la utilidad de los proyectos, incluso hasta del más absurdo de los que vienen impuestos. Que busques siempre el modo de sacar un aprendizaje, para ti o para tu equipo. Que recuerdes que es mejor asignar las tareas contando con la gente, integrando circunstancias y capacidades de cada uno, porque para cada roto, siempre hay un descosido.
  • Que domines tus pasiones, sobre todo las extremas. Un jefe jodido y malhumorado no podrá jamás ser un buen jefe. El hiperentusiasta sin medida, tampoco. Templanza y respiración yógica completa son imprescindibles recordando que el tono en el que nos comunicamos es más importante que lo que decimos.

Así que resulta que para ser jefe no hacen falta habilidades especiales. Tan sólo voluntad y ganas para que así sea. Eso que de que el talento está sobrevalorado, es un poco verdad. No son mejores jefes los más talentosos sino quienes en cada momento y lugar son capaces de adoptar la actitud adecuada que permita gestionar personas, proyectos y pasiones creando un contexto donde todos ganan.

Un buen jefe no es el más simpático, ni el que pasa por alto que llegues tarde, ni el que te dice a todo que sí o siempre disculpa tus continuos retrasos con la tarea. Un buen jefe es aquel que motiva, vincula y da sentido a tu pertenencia a un equipo buscando la posición del campo en la que eres más valioso para el resto de tus compañeros. Y por encima de todo, el mejor jefe es el que entiende que trabajar en equipo requiere diálogo, que no admite monólogos por ninguna de las partes.

La buena relación jefe-subordinado rara vez es inmediata y más rara vez aún surge por partenogénesis. Se construye, la construyes. Hablando, intercambiando necesidades y aportaciones, Y se cuida porque, como las plantas cuando las dejas de regar, se puede mustiar en cualquier momento.

Porque esto va de entender que cualquier relación es tarea de dos. Cuida a tu jefe y en consecuencia, tu jefe te cuidará a ti. Y ahí es donde fallamos todos, en pensar que todo es cosa suya.

  • Hay que motivar al jefe, animándole a mejorar. Ayudándole a resolver conflictos y a ponerse medallas, para tener la autoridad moral de pedirle que comparta el mérito con el equipo. Poniéndole “objetivos” de tu talla, sin pedirle aquello que sabemos que por posición o por carácter nunca nos va a poder dar. Pero exigiendo con suavidad y sonrisa que cumpla aquellos que sí puede cumplir. Sin ponerle entre la espada y la pared, haciéndole ver los beneficios de respetar límites y acuerdos.
  • Hay que vincularle a los proyectos, pidiéndole que comparta su visión y compartiendo con él los obstáculos sin el dramatismo de la queja constante. Y si puede ser, con algún esbozo de solución. Los lunes todos somos los mejores entrenadores que pueda tener el Madrid, pero liderar un equipo que, frecuentemente no has elegido, creedme que no es tan fácil. He sido jefa 🙂
  • Hay que darle sentido a su rol de jefe, intentando “ponernos en su piel” para entender qué es lo que le interesa y lo que le preocupa. Para ello, hay que aprender a ser generosos y transparentes aportando no sólo entusiasmo sino también confianza. Creo que la actitud es el elemento diferencial de una relación. A quien pone ganas sinceras, ¿no le le perdona casi todo?

Para tener un buen jefe, nos toca asumir a cada persona tal como es, sin dejar un minuto de analizar cómo aportarle valor con nuestra actividad. Hacer un buen trabajo no será suficiente si no conseguimos que él o ella se sientan parte integrante. La casa perfecta no existe, pero con un poco de ganas, hay muchas que serán el hogar perfecto.

Nos toca, me temo, además de asumir en el equipo nuestro rol de jugador, entender que tenemos que trabajar otro aspecto: El entrenamiento de nuestro propio entrenador.

@vcnocito

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