Siempre pensé que el objetivo de todas las empresas era tener a sus empleados contentos y motivados, produciendo a buen ritmo y con la creatividad enfocada y a tope. Descubro con sorpresa si eres de los pocos afortunados que encaja en este perfil, ojo porque también puede tener su lado oscuro.

Dicen que nos gusta quejarnos porque nos hace sentir parte del grupo.

Parece que quejarse despierta un sentimiento de protección en quien escucha que nos hace sentirnos más acompañados. Que las quejas colectivas unen frente a cualquier “enemigo” común de manera que hacerlo rebaja la sensación de soledad. Y como ya se sabe que a los humamos nos gusta el clan, yo no lo dudo. Pero espero que quienes no lo hacen no pasen a ser considerados demasiado individualistas o profundamente asociales.

Porque yo cada vez estoy más convencida de lo perjudicial de la queja para ti y para quienes te rodean. No hablo del cabreo por un asunto en particular, sino de esa queja generalista sobre “el ambiente”, los jefes o lo desastrosos que son los del departamento vecino. ¿Somos una sociedad endémicamente insatisfecha o es que nuestro ombligo nos lleva a creer que merecemos mucho más de lo que tenemos? A veces me pregunto qué temas de conversación quedarían si se prohibiesen las quejas…

Sea como fuere, lo cierto es que nos ponemos poco o nada en lugar del otro, pensando que si llueve o hay atasco es porque el mundo es una mierda. Desde luego, lo que sí tengo claro es que nos cuesta (a todos) ser agradecidos. ¿Acaso nuestro trabajo o nuestro jefe es el peor del mundo?

¿Quejarse es una coartada para no tener que actuar?

Lo que está claro es que, si dedicamos nuestro tiempo y energías a quejarnos, trabajamos menos. Porque el tiempo que perdemos llorando lo restamos de centrarnos en pensar, en priorizar, en focalizar, en ponernos frente al papel en blanco y en hacer esa tarea que tenemos por delante. Hablando en plata, en currar y disfrutar haciéndolo.

Parece que no hayamos crecido porque ante el reto de plantear una estrategia de negocio, un diseño de un nuevo producto o un innovador plan de comunicación (o lo que sea que hagas tú) nos quedamos en la postura infantil y cómoda del complot judeomasónico. En pensar que todo es un desastre, que los jefes no marcan la estrategia claramente o en que tus compañeros son unos trepas que solo piensan en jugártela.

Sin duda es más fácil y por qué no admitirlo, está socialmente mejor aceptado, opinar sobre el trabajo de otros y criticar al vecino por esos resultados medianillos que obtenerlos tú.

¿A dónde puede llevarte tu entusiasmo?

Así que una postura profesionalmente madura debería pasar por aceptar las dificultades que entrañan las tareas y tratar de resolverlas poniendo tus capacidades a tope y mostrando a jefes y compañeros tu mejor cara.

Y ahí es donde pueden llegar las sorpresas.

  • Con tus compañeros. Porque alguno pensará que si te dejas de enredar y tras currar te muestras satisfecho de tu sudor, eres un falso happy flower que dice estar encantado con su tarea sólo para caer bien al jefe. Leo artículos y escucho opiniones que confiesan que no es buena idea ser adalid del buen rollo. Regino Quirós, socio director de Be Up, cree que ” mostrar nuestra satisfacción laboral se identifica con buenismo y con falsedad”. Ovidio Peñalver, socio director de Isavia, argumenta contra la decisión de mostrarte contento en el trabajo, por considerarla peligrosa y perjudicial: “Hay envidiosos a quien les molesta que seas feliz, verán en ello un pelota”.
  • Con tus jefes. Parece que los problemas no vendrían solo con tus pares y que mostrar felicidad en el trabajo puede traerte problemas también con tus mayores. Que aunque habrá mandos que asocien tu satisfacción a su buena gestión y a su trabajada alineación entre la tarea que te asigna y tus capacidades y expectativas de desarrollo profesional, algún jefe habrá que piense que no trabajas lo suficiente o que sólo haces aquello que te gusta.

Y que podría ser peor. Juan San Andrés, consultor de organización, constata que “algunos jefes asocian automáticamente a un empleado contento con el hecho de que no necesita más (ni formación, ni promoción ni aumento de sueldo) y dedican sus recursos habitualmente escasos a hacer feliz a otro que se muestre quejoso”. Y que los jefes poco experimentados o menos analíticos se dejan llevar por los profesionales de la queja: “Si son muy partidarios de atar en corto a la gente, sospechan de quien está contento”.

Entonces, ¿Unas castañuelas o cenizo?

Pues según estos expertos parece que depende

  • De la organización. Pues en entornos más “positivistas” y centrados en el logro es más fácil y está mejor valorado, alinearse con una postura alegre y dinámica en el trabajo mientras que en entornos donde no mola quien destaca puede traer más problemas.
  • Del jefe. Pues parece que conocerlo es vital para gestionarlo y que si debes ser tú mismo o modular a la baja tus expresiones de entusiasmo para no verte penalizado en aumentos de sueldo o promociones, dependerá de sus mecanismos de decisión y del nivel de inteligencia y madurez de su estilo de gestión.

Pero en general, muchos recomiendan el término medio como virtud.

Pues, qué queréis que os diga, si lo dicen los expertos, yo lo pensaré. Pero a mí me ha costado años de esfuerzo y de golpes entender que estar bien con tu vida, con tu familia y también con tu trabajo es una actitud que SE ELIGE. Me cuesta creer que tratar de ver el vaso medio lleno, mostrando a los demás la parte buena de lo que me pasa, sea tan malo para mí.

Y si realmente mostrarme contenta con mi trabajo es malo para mí, me parece profundamente injusto. Como si fortalecerse con una actitud vital positiva frente a viento y marea fuera tan fácil para ahora tener que encorsetarla. Pues vaya…

@vcnocito

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