No soy de las que piensa que París bien vale una misa. Ni de las que se cuadran ante los galones. Creo más bien que el respeto se gana y el liderazgo de suda. Pero creo con igual vehemencia que ponerse chulito con el único fin de cabrear al jefe es una solemne estupidez.

Nada bueno se puede esperar cuando los gallos luchan en lugar de intentar convivir ordenadamente en el gallinero. Porque aunque no lo creas, sea tu jefe capaz de fastidiarte o no (nos sorprendería ver la poca capacidad de acción que las organizaciones conceden al algunos de sus mandos medios) siempre te fastidias a ti mismo.

Demos por cierto el hecho de que hay pululando muchos jefes cuyo nivel de competencia tiene margen de mejora. Los curritos tampoco somos oro líquido, dicho sea de paso. Si tu jefe “te pone” y no puedes aguantar las ganas de hacerle saber “con quien se la está jugando” ´me atrevería a pedirte dos minutos de reflexión.

Dejame que te demuestre lo perverso de esa estrategia. De hecho me atrevería a pedirte que la detengas ya. Da igual lo que haga: tanto si es machista, desordenado, un maleducado o simplemente alguien a quien le viene grande el sillón, piensa que los pobres llegan al cargo sin destrezas para desempeñarlo. Si tienes en cuenta que nadie se molesta en enseñarlos y que no reciben ni un mal cursillo de gestión, seguro que te relajas un poco… De hecho, ¿sabías que 7 de cada 10 personas cree que podría hacerlo mejor que su jefe?

Sin embargo, es quien dirige, y hay que lidiar con él o ella. Y enfrentarse, con razón o no, es una lucha que desgasta. No por casualidad, la primera causa de abandono del trabajo es la mala relación con un superior. Por tanto, jugar a ver quién la tiene más grande, criticándolos y fastidiándolos no mejorará el problema. Así que mejor aprende a lidiar con la rabia que te genera tu jefe sin un ápice de acritud.

Con los jefes, digamos complicadillos, cuesta mucho mantener una comunicación medianamente efectiva. Bien sea porque no quieren o no puede seguir los temas o simplemente, porque no saben cómo tratar con las personas. Ya sé que también los hay maquiavélicos. Pero reconozcamos honestamente, que son los menos.

Trata de determinar por qué tu jefe te parece tan molesto. Hay muchas razones para la urticaria, pero reconoce que algunas de ella tienen que ver con tus prejuicios y con tus emociones. Intenta separar lo objetivo de lo emocional. Admite solo una pocas “lineas rojas” como insultos o amenazas y aprende a pasar del resto. Baja tus expectativas sobre tu jefe y te cabrearás menos.

Aprende a conocerlo. Observa e intenta saber qué le gusta y que temas le ponen especialmente nervioso. Intenta no pisarle el callo y, en la medida de lo posible pasa de puntillas por todo lo que sabes que le desagrada. Es tentador, lo reconozco, pasarle por las narices la derrota de su equipo, pero ¿merece la pena?

Pon tierra de por medio. Reduce todo lo que puedas el contacto con tu jefe, evitando conversaciones personales, incluso reuniones siempre que te sea posible. Y si la confrontación llega, no juegues a ver quien la tiene más grande, aférrate con humildad a los hechos, sin ataques. La mejor batalla es la que no se libra.

Intenta no opinar. Disimular y fingir que te ahora te gusta podría ser tu primera opción, pero créeme que no sirve de nada. Incluso habrá quien piense que con ese cambio de actitud te has pasado al lado oscuro y te borre de su lista de amistades. Lo mejor es callar, reducir al máximo tus comentarios. Dejar de ser esclavo de tus palabras para ser dueño de tus silencios. Por muy tentador que resulte, porque criticando se goza, evita sumarte al coro de chascarrillos y burlas.

Céntrate en la tarea. Y hazla lo mejor que sepas, aunque sepas que el odios@ se pondrá la medalla. Asume que es mejor compartir la foto con quien nada hizo que que no haya foto. Buscar justicia es bueno, pero la realidad es que no te puedes desgastar haciendo de juez implacable que da a cada cual su merecido.

Demuestra quién eres, pero hazlo sin empujar. Avanzar no implica tener que pasar por encima de nadie. A veces, merece la pena dar un rodeo, aunque no tengas por qué. Intenta mejorar el día a día de esta fase, en lugar de desafiarlo constantemente, aunque seas más listo y más fuerte. Así al menos conseguirás que te deje trabajar. Demuestra tu experiencia con sutileza. Si aportas con mano izquierda se echará hacia atrás.

Aprende a relajarte en su presencia. La agresividad no sólo se nota sino que se transmite. No entres en el juego de egos, tú relájate y concéntrate solo en mantener un tono suave y calmado. No intentes ganar, sólo mantener la calma. A veces, eso enfurece más, pero tú sigue y no permitas que nada te ponga nervioso. Lo de concentrarse en la respiración suena muy budista, pero no es ninguna tontería.

Dale un camino de retirada digna. A veces no recuerda cómo y por qué llegó a determinados pantanos, pero no se baja del burro, porque simplemente no sabe cómo hacerlo manteniendo intacta su dignidad. Dale puentes, incluso discúlpate de forma amable, tengas la culpa o no, si ves que ayuda.

Cuando no soportas a alguien siempre hay dos opciones: o pasas y sigues avanzando, o te centras viendo cómo hacerle la vida más complicada. La pregunta es si eso último te será rentable o sólo te agotará.

Y si aún no te he convencido, recuerda que el verdaderamente poderoso no necesita hacer ostentación alguna de su poder. No necesita medir sus fuerzas con nadie. Por mucho cargo que tenga, nadie puede controlar tus pensamientos, tus emociones y lo que decides aportar. Solo dependen de ti. Y eso, parece, es lo que más les molesta 🙂

@vcnocito

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