Seguro que todos hemos pensado alguna vez que tenemos que aprender a decir NO. Por qué todos nos hemos arrepentido más de una vez por no haberlo hecho. Sobre todo cuando hemos constatado que, si lo hubiéramos hecho, tampoco estaríamos hoy deportados en Siberia.

Como profesionales, tenemos que reconocer una “carencia estructural”. Porque es verdad que decir que no se nos hace bola. ¿Por qué tiene que ser un trago defender tu postura y más si estás profundamente convencido de que es razonable?

A decir no se aprende. Podemos hacerlo sin cabrear, sin ofender y sin que cada negativa  sea una confrontación. Podemos y debemos decirlo de forma fluida y sin titubeos. Sin agresividad. Incluso cuando nos sintamos como Gary Cooper en Solo ante el peligro al hacerlo.

Conozco a muchas personas que jamás se atreven, pero también a más de una que, como yo, muchas veces acaban chillando y discutiendo cuando lo hacen. Es tarea pendiente saber verbalizar sin acritud un problema y buscar la mejor manera de resolverlo, reaccionando ante los argumentos de otros y exigiendo respetuosamente ser respetado o escuchado. Con la dosis justa de amabilidad, cariño, constructividad y firmeza.

Porque si lo pensamos, tan difícil no es

Hacer de disco rayado, repitiendo una y otra vez tu postura, sin inmutarte y sin entrar a ninguna discusión. “Si, ya sé que es urgente, que lo necesitas para mañana. Y lo siento, porque YO no voy a poder ayudarte. Igual fulano tiene más margen”. No hay manera de involucrar a quien no se deja.

Sacar a pasear tu empatía, compartiendo sus razones antes de exponer tu postura. Qué tú no lo veas igual no implica que no tenga su razón, ¿no?. Cuando empiezas por lo que compartes, es más fácil buscar el hueco para mostrar en lo que difieres. “El nuevo proyecto es importante, pero no creo ser la persona adecuada, excede mis capacidades actuales” es siempre mejor que “estoy hasta arriba”.

Ampliar el foco, aparcando la discusión puntual y buscando escenarios donde no se repitan estas situaciones. Apelar a un contexto más amplio que justifica el no per se. “Jo, de verdad lo siento, pero ya sabes que he tenido que pedir la jornada reducida para poder llegar al cole y de verdad me tengo que ir pitando”.

Acompañar cada NO de un SÍ. Abrir puertas, dejando la mano tendida. “Ahora no puedo pero mañana tengo un hueco para verlo. Me pondo a primera hora que estamos despejados y lo finiquitamos en un pispás”. Creo que es buena idea dejar claro que tu negativa es puntual y que eres abierto y colaborador.

Y en cualquier caso, me propongo entender en cada ocasión cómo buscar el SÍ la próxima vez. Yo intento acompañar con algún comentario para no verme en la tesitura de tener que repetir. Creo que todos, incluido tus jefes, agradecen que les expliques qué podríamos ambos cambiar para no tener que llegar a ese no. Nadie se ofende si le dejas claro que “necesitas dos días para extraer los datos del informe” o que “los miércoles de octubre tienes la agenda bloqueada con formación”.

Y si todo eso falla, pues energúmen@s haberlos, haylos, prueba con el poderoso silencio. A veces toca el trago en directo. En estos casos, sonríe y no respondas “¡Vaya, lo siento mucho! ¡Vaya historia!” Coge tu bolso y lárgate. Pero en general es mucho más fácil, basta con no abrir el correo que te acaba de entrar 🙂

Soy consciente de que aprender y poner en práctica estas técnicas lleva su tiempo, pero creo que tenemos una oportunidad para reconvertir estos momentos “conflictivos”. Y que deberíamos aprovecharla, porque estaremos mejor si aprendemos a defender nuestras posturas alejando el enfrentamiento con otros.

¿y tú? ¿Cómo gestionas tu NO?

@vcnocito

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