El proyecto va tarde. El cliente acaba de cambiar de opinión, y la cosa tiene su miga. Faltan datos para decidir pero hay que hacerlo ya. Unos salen nerviosos por peteneras, otros se defienden antes de que nadie les acuse y los más se esconden detrás de la pantalla de su portátil simulando atender un correo urgente del presidente del Gobierno.
Entonces alguien pregunta, sin elevar la voz:
—Vale. ¿Qué sabemos con seguridad?
No tiene una solución pero tampoco parece necesitarla para empezar a ser útil. Escucha, separa hechos de suposiciones, identifica lo que puede esperar y lo que hay que decidir hoy.
No promete que todo saldrá bien. El problema sigue ahí. Pero consigue cambiar la temperatura de la sala y que las personas se relajen para ser capaces de volver a pensar.
La sala se inunda de esa calma que transmite un buen profesional sénior.
Carlos Molina escribía en Multiversial, en su artículo «Te pagan por comerte la incertidumbre», que, el crecimiento profesional llega cuando entiendes que tienes que dejar de limitarte a resolver las tareas que te llegan para empezar a devolver decisiones, previsibilidad y tranquilidad como respuesta a los problemas que recibes.
Su reflexión me hizo pensar en qué es lo que permite a una persona sostener la incertidumbre el tiempo suficiente para entenderla, sin transmitir todo su peso a quienes la rodean.
Y lo supe enseguida.
Es esa “calma aprendida”.
La calma que genera confianza solo llega tras grandes tormentas
Rara vez se adquiere navegando en proyectos fáciles o equipos sin conflictos.
Ver caer una propuesta en la que llevaba meses trabajando. Tener que decir «nos hemos equivocado» a un cliente (o a un jefe, que a veces, es incluso más difícil). Empezar un lunes con un plan impecable y arrancar el martes reconstruyéndolo de cero. No saber cómo sacar adelante un encargo de muchos millones de pesetas…
Acumulando recuerdos que, si bien no inmunizan contra el miedo, ayudan a ponerlo en perspectiva.
Se trataba simplemente de agarrar con fuerza el timón y seguir adelante cuando parecía imposible (pero lo hicimos) encontrar una salida.
Como aquella vez en la que el retraso era serio. Y aun así, conseguimos abrir un pequeño margen de maniobra.
Como esa otra cuando no sabías ni por dónde empezar. Y como, al decirlo en voz alta, alguien hizo una pregunta. Y de esa pregunta empezaste a tirar del hilo.
Relativizar no es restar importancia a los problemas
No es parapetarse detrás de un naif «tampoco es para tanto».
Relativizar es dar a cada cosa su tamaño.
Es distinguir entre un contratiempo y una amenaza; entre una conversación difícil y una ruptura irreparable; entre una mala noticia y una conclusión que aún no tenemos elementos para sacar.
Cuando todo se siente igual de urgente, dejamos de priorizar. Cuando todo parece definitivo, nos cuesta probar una solución. Y cuando cada error se vive como una catástrofe, muchas personas prefieren esconderlo hasta que ya es demasiado tarde.
La calma aprendida de quien ha navegado con olas de diez metros permite diferenciar lo que ocurre de lo que decidimos hacer con lo que ocurre.
La serenidad que se nota está en lo que haces
Confundimos ser o estar calmado con una forma de hablar suave y relajada.
Pero la clave está en cómo se actúa.
«No os preocupéis, está todo controlado»» puede aliviar durante unos minutos. Pero si nadie explica qué está pasando, los nervios y la desconfianza no tardan en volver.
Preguntar “¿Qué aspectos dependen de nosotros” ante un “no llegamos a la fecha prevista”; admitir delante de jefes, compañeros o clientes que “tomé una decisión con información insuficiente y ahora me toca corregirla”; o que “estos son los riesgos, esta es la opción que recomiendo y necesitaré vuestra decisión el jueves” suele ser mucho más útil.
Hay mucha diferencia entre tranquilizar a alguien y darle motivos para confiar.
La calma madura admite los hechos, incluso cuando incomodan. Nos deja mirarlos sin agrandarlos y sin apartar la vista.
Ahí encuentro la vuelta más interesante a la idea de Molina. «Comerse la incertidumbre» sugiere que alguien la absorbe para que otros no tengan que sentirla. En la práctica, la incertidumbre rara vez desaparece por completo. La persona sénior aporta valor cuando consigue transformar una parte de ella en algo con lo que los demás pueden trabajar: una decisión, un plazo para volver a evaluar, una explicación honesta de los riesgos o una pregunta bien formulada.
No siempre puede dar certezas. Pero dar una manera fiable de avanzar ante la encrucijada suele ser más que suficiente.
Lo que los demás aprenden de tus reacciones
La calma produce efectos que van mucho más allá de una reunión agradable. Y verlo en otros es importante para entender la bondad de dedicar tu energía a resolver y a aprender, en lugar de gastarla toda en defenderte.
Con los años, aprendes que tus reacciones son parte de las condiciones de trabajo de los demás. Y empiezas a cuidarlas, aprendiendo a generar confianza.
La confianza no elimina el riesgo de equivocarse, pero hace posible el movimiento cuando llega el atasco.
Sin confianza, cada paso exige mil consultas que multiplican los correos “por si acaso”, las reuniones para confirmar lo ya acordado y las copias a personas que no necesitan intervenir. Nadie quiere exponerse. Nada avanza.
Por eso me parece tan valioso el profesional sénior que convierte incertidumbre en confianza.
No sólo cumpliendo lo que promete, sino avisando pronto de que no podrá cumplirlo.
Reconociendo sin pudor en el minuto cero lo que desconoce.
Distinguiendo una urgencia de una presión producto del desorden, que conviene ordenar, tal vez con un NO elegante que no se convertirá en un drama personal.
la calma aprendida no es producto de la edad
Vaya por delante la obviedad de que cumplir años o acumular cargos no garantiza esta calma.
Hay personas jóvenes con una sorprendente capacidad para escuchar y ordenar una situación difícil. Y personas con décadas de carrera que siguen reaccionando histéricas ante cualquier pequeño quiebro.
Porque atravesar tormentas o vérselas con tornados tampoco enseña per se. Podemos salir con más perspectiva o con más miedo. Podemos aprender a anticipar riesgos o decidir que nunca volveremos a delegar. Podemos usar nuestra experiencia para dar seguridad a otros o para recordarles constantemente todo lo que podría salir mal.
La diferencia está, como siempre, en qué hacemos con lo vivido.
En si nos detenemos a comprender por qué una situación se complicó, qué señales ignoramos, qué ayuda funcionó y qué parte de nuestro sufrimiento añadimos nosotros mismos al problema.
Quizá por eso admiro tanto a las personas que han pasado por momentos difíciles y conservan la capacidad de transmitir calma. Saben lo que puede salir mal. También saben que, muchas veces, se puede reparar, negociar, aprender o empezar de nuevo.
Han convertido lo vivido en criterio. Y transmiten calma.
Ahí reside, para mí, el valor diferencial de un buen sénior.
Ha visto suficientes tormentas como para saber que el primer viento no anuncia necesariamente un naufragio. Y, cuando la tormenta sí es seria, sabe que lo que se necesita es claridad, criterio y ser capaz de llamar a las cosas por su nombre sin n añadir pánico.
No siempre tendrá la respuesta. Pero puede ofrecer algo que sostiene a las personas y a las organizaciones mientras encuentran el camino: la confianza de que es posible mirar lo que ocurre, decidir el siguiente paso y, así, seguir avanzando.
Y eso, me temo, vale mucho más de lo que solemos reconocer.
