Hubo un tiempo en el que las redes sociales servían para mantener el contacto con personas a las que no veías habitualmente, o para escuchar opiniones y conocimientos de gente interesante sobre temas interesantes. Nos encontrábamos con antiguos compañeros de colegio, nos enterábamos de donde habían pasado las vacaciones nuestros amigos o conversabas educadamente con gente a la que no conocías pero con la que compartías algún interés común. La base de todo era que tú elegías a quien seguir y el algoritmo de la red social te mostraba lo que publicaban esa gente.
Pero ahora aquella base ya no existe porque las redes sociales han cambiado de objetivo. Ya no se trata de conectar personas, sino de mantener enganchado al usuario. Las plataformas han ido sustituyendo progresivamente las publicaciones de tus contactos por el algoritmo de recomendación, de manera que ya no vemos lo que publican nuestros contactos, sino lo que el algoritmo de la plataforma decide que nos va a interesar más y como consecuencia de ello, nos va a mantener más tiempo mirando a la pantalla.
El resultado es que cada vez es más difícil encontrar en una red social contenidos de nuestros amigos porque lo que vemos mayoritariamente es a desconocidos haciendo o diciendo tonterías, polémicas forzadas, discusiones absurdas y contenidos de gente desmesuradamente feliz. Las redes sociales ya no son lugres de encuentro y relación sino canales de televisión con contenidos programados por un algoritmo.
Me han gustado mucho las redes sociales, he sido bastante activo en varias de ellas y he considerado que eran un vehículo extraordinario para aprender de los que saben. Pero reconozco que ahora las cuentas que encuentro en ellas mayoritariamente me aburren, salvo honrosas excepciones, por no hablar de que ya ni me atrevo a opinar de prácticamente nada, no vaya a ser que para una vez que una publicación tenga repercusión, sea para discutir con desconocidos o con trolls. Y no soy el único. Según una encuesta de Incogni el 55% de los estadounidenses publican menos que hace cinco años, el 53% limita quien puede ver lo que publican y casi la mitad ha eliminado alguna red social por el estrés que les suponía mantenerla.
Porque esa es otra. Mantenerse activo en redes sociales ya se parece a un trabajo. Implica escoger una imagen, editarla, redactar un texto con cuidado para no ofender a nadie, gestionar los comentarios… todo para no quedar mal en una especie de competición permanente con otras personas que parecen ser siempre extremadamente contentas.
Y algo parecido ocurre en las redes profesionales. Es complicado encontrar contenidos de calidad en el que un experto (humano) comparta conocimientos interesantes. La mayoría de los posts que veo son gente despidiéndose de su empresa a pesar de lo feliz que era allí para afrontar nuevos retos profesionales (tan felices no serían cuando cambian de trabajo), celebraciones de equipos que no conozco por algún logro con el que no me identifico, publicidad más o menos encubierta o se trata directamente de “slop” (basura digital), el contenido generado por IA de baja calidad que prioriza la cantidad y la velocidad frente a la calidad y el detalle.
Las redes sociales eran una promesa para poder conectar con amigos o para contactar con personas sobre las que hablar de temas de interés común, tanto de tu vida personal como profesional. Pero han terminado aislándonos dentro de una competición constante por ver quien es más feliz en su vida personal y laboral, con el fin de conocernos bien para vendernos algo en el momento más oportuno. Quizá por eso estamos dejando de publicar, porque finalmente hemos comprendido que ya no hay nadie escuchando sino solo algoritmos mirando.
