De verdad que no puedo con esta manía de ocultar el envejecimiento. Tampoco, confieso, soy fan de airear las canas ni de mostrar orgullo de flacideces. Pero resulta que en estos días he cumplido los 60 y por eso hoy me permito una reflexión de lo más personal.

Que aplica al trabajo y al resto de la vida.

Y eso importa, porque a los 60 empiezas a sentir que esto del “trabajo”, tarde o temprano se acaba y empieza a importante más “la vida”. Observa que le pongo comillas a los dos ámbitos con toda la intención. Porque aunque nada ni nadie pueda quitarse tus ganas de aprender, producir, gestionar, elucubrar o lo que quiera que sea que hagas en tu actividad profesional, toca reconocer que, como poco, el “formato” del trabajo cambia.

No sé por qué pensaste que el ciclo vital se componía de juegos- estudios-trabajo y ya. Nadie te dijo que “lo siguiente” igual se llevaba (en años) tantos como los que suman los que estuviste en el cole y la uni.

Por eso hay que darle su espacio al “tercer acto”. Al profesional también.

Comparto la visión que a mi me deja clara el soplido de estas velas.

No. No da igual la edad que tengas

Ahora que esta tan en boga eso de pensar (tanto por parte de las empresas como de muchos trabajadores) que a los 50 ya lo que toca es ir enfocando la puerta de la calle (unos empujados y otros deseosos) toca reconocer (creo) alto y claro lo evidente: los años no pasan en balde.

No da igual tener 30 que 60. Y no, los 40 no son los nuevos 60. Por mucho que sea ese el mantra que se repite en los grupos de WhatsApp.

Ni un avatar ni el botox te hacen ser lo que no eres. Creer que tener 60 es estar en la versión plus de los 40 es un embuste.

Que no engaña a nadie… salvo a ti mismo, a veces.

Y esto tiene su peligro.

Toca reconocer que, para algunas cosas, tu tiempo ya pasó. Para otras, sin embargo, está por venir. Y eso no es ni bueno ni malo. Simplemente es. Y punto.

Toca mira hacia atrás, agradecidos pero sin nostalgia y despedir al joven profesional que fuiste. Para dar la bienvenida a quien quiera que seas hoy. Tanto si estás en lo de siempre como si te toca lidiar con tu neoprofesionalidad.

Porque si no eres distinto de antaño, mala cosa.

O es que no fuiste casi nada o es que no hay aprendido nada.

Porque, dicen quienes de esto saben que aprender no es otra cosa que cambiar nuestro modelo del mundo. Si nada entró en tu sesera que lo haya alterado, o eres muy duro de mollera (malo) o es que no tenías nada que alterar (mucho peor).

No. No todos los vinos envejecen bien

Hay quien cumple años y gana perspectiva. Y hay quien solo acumula motivos para explicar por qué los demás están equivocados.

La edad no te hace sabio. Te hace mayor. La sabiduría te la tienes que currar aparte. Ser un espacio más conocido para ti mismo, cuesta.

Puedes llevar sesenta años aprendiendo o treinta repitiendo sus primeros treinta. Haber convertido parte de tu experiencia en criterio o en una estupenda colección de prejuicios con los que ir de abuelo cebolleta. Sin enterarte de que, que algo te haya funcionado durante décadas no obliga al mundo a seguir funcionando como entonces. Claro que no todo lo nuevo merece una ovación. Pero habrá que examinarlo antes de despacharlo con un “esto ya lo intentamos y no funcionó”.

La experiencia solo vale cuando te ayuda a entender lo que tienes delante. Con ella, te vuelves extraordinario. Si solo sirve para recordar lo importante que fuiste, apaga y vámonos. Eres extraordinariamente difícil de soportar.

La verdad verdadera es que los años, a unos ponen, a otros quitan

Incluso a quien se ponía el mundo por montera cuando los proyectos se complicaban, a quien gustaba más una ecuación irresoluble que a un tonto una tiza, los años pueden quitarle las ganas de resolver según qué marrones.

No necesariamente porque ya no sepa. A veces porque sabe demasiado bien lo que cuestan.

Reconozco que soñé con estar en proyectos que ya no querría ni loca. Contextos donde hubiera pagado por estar a los que ya no iría ni atada. Conversaciones en las que antes habría peleado hasta el último argumento y en las que hoy me sale un “pues genial entonces” de lo más liberador.

¿He perdido ambición? Puede ser.

O a lo mejor resulta que mi ambición ha cambiado de foco. Y si antes quería (o necesitaba) demostrar que podía. Ahora solo me interesa tratar de decidir si realmente quiero.  

Pero, honestamente, tampoco voy a llamar “tener las cosas claras” a todo lo que me dé pereza. Que a estas alturas ya sabemos que hay renuncias que nacen del criterio y otras de haberse apalancado. Y que, desde dentro se parecen una barbaridad.

A unos los años les quitan vergüenza y les ponen libertad; se lían a bailar a la edad en que otros llevan bastón. A otros les quitan curiosidad y les ponen excusas; total ya ¿para qué aprender? si nunca se me dió bien. A unos les suavizan el carácter. A otros les conceden permiso, al parecer vitalicio, para comportarse como unos bordes. Son los “a mi edad ya digo lo que pienso”. Fenomenal, prueba también a pensar lo que dices.

Esto no va de pros y contras

Yo quiero que los años me quiten de contestarme mis propias preguntas, que me pongan ganas de más escuchar y más rompecabezas a los que no me pueda resistir. Que me reten, que me sumen muchos más “¿y por qué no?

Pero hagan lo que hagan los años conmigo (o lo que haga yo con ellos), no pienso hacer una tabla con lo que gano y lo que pierdo como si la vida fuera una vulgar cuenta de resultados.

Hay cosas que me fastidian. Y no necesito encontrarles una enseñanza. Como que mi cuerpo empiece a negociar condiciones que antes daba por hechas. Como que algunas posibilidades se cierren para siempre. Como que de pronto se hable de mi jubilación cuando yo todavía estoy pensando qué montar el martes.

Otras me encantan, claro. Incluyendo lo de pasar de convivir con críos adorables pero agotadores a hacerlo con adultos encantadores hechos y derechos. Ergo, con ex-becarios con ínfulas reconvertidos a gerentes versus profesionales maduros que están más floridos que nunca.

Y desde luego, no tengo ninguna competición contra mi yo de cuarenta. Bastante tuve con ser ella cuando tocaba.

Cuando no todos llegan, hay que valorar el haberlo podido hacer

Porque a mí no se me olvidan los que faltan.

Los que no van a tener que decidir si disimulan las canas. Los que no pudieron quejarse de sus sesenta. Los que se quedaron con una vida entera a medias.

Ahí se me acaba bastante rápido la tontería.

Yo he podido llegar.

He tenido tiempo para cambiar de opinión, equivocarme, empezar otra vez. Para conocer a personas que hace veinte años ni imaginaba. Para hacer cosas que la profesional que fui habría considerado una extravagancia. O una irresponsabilidad.

Y aquí estoy.

Cumplir años no otorga ninguna medalla al mérito. Han contado mis decisiones. También la suerte. Y, por encima de todo, quienes me enseñaron, me bronquearon, me retaron, me acompañaron sin entenderme del todo… haciéndome sentir que crecíamos juntos.

Agradecerlo exige algo más que un brindis.

Exige seguir mirándolos, escuchándolos, conversando con todos ellos. Exige dedicarles tiempo. Exige dejar que secuestren, con todo el derecho, mi atención. Exige reformular las relaciones que un día nos unieron como única manera de que nos sigan conectando.

Sea.

Permíteme hoy una invitación.

No te pases el tercer acto comentando los dos anteriores

Créeme que mola escribir con ilusión en la lista de cosas que te quedan por hacer y en la de las que te apetece intentar, sabiendo que tal vez no las vas a terminar. Que se disfruta lo indecible teniendo proyectos que te obliguen a estudiar, personas que te hagan revisar tus creencias más íntimas y retos para los que ni de lejos estés suficientemente preparado.

Eso sí, con suficiente sentido del humor para soportar que se te noten tus inseguridades, tus perezas y tus torpezas. Porque empezar algo a los 60 tiene la gracia de volver a poder ser una becaria… con una trayectoria larguísima.

Sabes que estás en el buen camino, cuando miras más hacia delante que hacia detrás.

Confieso que yo hoy tengo más curiosidad que nostalgia. Más asuntos pendientes que ganas de contar batallitas. Y que todo eso sienta genial.

Luego estáis todos vosotros.

Así que, aquí seguimos mientras os apetezca. En este blog que empecé a los 40 (hay que ver cómo pasa el tiempo) al que no pretendo cambiar el nombre. Gracias por seguir ahí. Sentiros como lectores da ligereza a mis dedos sobre el teclado.

Y es que, en línea recta o con mil curvas, solo te sientes satisfecho a los 60 cuando aprendes a respetar, con renovado agradecimiento hacia quienes te han acompañado, el camino que has recorrido.

Somos caracoles. Dejamos huellas de plata.

Y todavía nos quedan sitios por los que pasar.

#vamos

@vcnocito