Y una reflexión sobre cómo lidiar con los que se pasan a tu costa 🙂

 

Siempre me ha puesto de los nervios este estilo de pinturero que se pasa el día contando a todo quisqui y especialmente a sus mayores, lo guay que es lo que ha hecho, pero siempre olvidando contar con quién lo ha hecho. Que viven de vocear lo importantes que son las personas con quienes se han visto, obviando siempre decir quienes le acompañaban en los encuentros. Y que hacen sus chuli-presentaciones… ¡obviando por supuesto mencionar quienes han sido “sus referencias”!

Vaya por delante que siempre he defendido la necesidad de poner en valor tanto el esfuerzo que haces como los resultados que obtienes. Mi querido y un tanto ingenuo jefe es de los que piensan que si el trabajo es bueno no hay que venderlo… que ya se nota solo.  Pues yo discrepo.

Creo que en la vida, como bien sabemos los que nos dedicamos al marketing, deberías ambicionar algo más que ser simplemente escuchado. Debes intentar gustar, emocionar, ser favorito…. Y para conseguirlo es imprescindible modular tu mensaje en función de tu público objetivo.

Construyendo tu discurso, en el fondo y también en las formas (no menosprecies su importancia), en función de cómo es y qué espera quien te tiene que escuchar. Sin olvidar que no estás solo en el mundo. Que tienes que tener en cuenta qué hace tu competencia, incluso a veces tanto que debes dejar de lado tu plan inicial y dedicarte sólo a contraatacar.

Por ello, siempre he considerado que aprender a trasladar mensajes y emocionar con ellos es una capacidad que todos deberíamos aprender y que siempre es posible mejorar. Es imprescindible no sólo, como piensan algunos, para “trepar”. Es imprescindible, y esto lo sabe bien cualquiera que haya puesto en marcha un proyecto, para conseguir que quienes te tienen que ayudar empaticen con tu idea, hagan suyas tus necesidades, crean en ti y te ayuden. Porque si no precisas su ayuda, ¿por qué se lo estás contando?

De cómo hacerlo se puede hablar mucho. Yo prefiero hacerlo hoy de los matices marcan la diferencia. Y hacen de la frontera abismo. Como eso de que del amor al odio hay sólo un paso…

Escribo este post aún con la boca abierta. Y con, lo reconozco, total desconcierto (y consiguiente parálisis) ante una experiencia recién vivida que sólo puedo calificar de la mejor pasada por la izquierda en términos de aprovechamiento del trabajo ajeno que he visto en mucho tiempo. Tan estratósferica que no tengo más remedio que elevarla a la categoría de mística. Y de la que me propongo aprender algo.

Si, desgraciadamente algunos han tomado la parte por el todo y lo llaman desarrollar su marca personal. Ellos se autodefinen como proactivos, cuando en realidad confunden ponerse en valor con que la gente piense: “Míralo, el puto amo”.

Analizar cómo lo hacen parece el primer paso tanto para torearles como para no copiarles, ¿no? Pues estos son algunos ingredientes que idenfico como necesarios.

Ponen la tarea al servicio del ego. El proyecto y su impacto en el negocio es secundario, su única preocupación es epatar, ser recordados, jugar en otra liga. Y así poder seguir viviendo a su aire, aprovechando en su beneficio los recursos de la empresa. Porque de hecho, nadie acaba de enterarse muy bien de a qué se dedican exactamente… pero, ¿eso qué más da?

Mucha verborrea y bastante teatro. Nunca olvidan trabajar en solitario su puesta en escena al más puro estilo prima donna para dejarnos a todos boquiabiertos con su sensacional verbo. Llegar tarde y mal y no coger el teléfono durante las sesiones preparatorias es fundamental. Parece que están muy ocupados y de paso no desvelan ningún detalle de su guion. Así cogen al personal con el pie cambiado…

Desprecio a los demás. Porque sólo ellos tiran del carro… en perpetum mobile, sin dar abasto y con ojeras de tanto trasnochar haciendo presentaciones. Por eso tienen que coordinar este desastre, imponer cronogramas y a tareas a diestro y siniestro. Son héroes, valientes y disruptivos. Por qué deberían respetarnos? Saben de sobra que somos inferiores. Muy inferiores, de hecho.

Y la madre de todos. El que no puede faltar: A freir espárragos los resultados. Si fracasan, que siempre lo hacen, nunca es culpa suya. Están dándolo todo, llegando donde otros no llegan. Habrá mala gestión, los otros no habrán hecho lo suyo , pequeños errores o un gran complot judeomasónico: … o será que el proyecto era tan innovador que el mercado o la organización no estaba maduros  🙂
¿Cómo debemos el común de los mortales convivir con estos “putos amos” ? Pues aún no tengo la clave pero parece que pagarles con la misma moneda, además de no ser muy inteligente, puede ser imposible.

Supongo que lo mejor es alejarse. Dejar que vampiricen a otros. En la escuela aprendí que la corriente eléctrica siempre elige el camino de mínima resistencia.

Pero igual no es del todo posible. O al menos no inmediato. Además si eres aprovechable como fuente, seguro que no te será fácil. Creo que lo más efectivo es seguir el consejo que da la Policía para responder ante cualquier agresión. Que esta, no lo dudes, lo es. Como primera medida, ignórales. En la medida de lo posible evítales,  bloquéales el acceso, a ti y a tus documentos. Si puedes, sin acritud y como quien no quiere la cosa, reporta. Y sólo en último término denuncia.

Y como estrategia disruptiva, así para poder al menos reírme un poco de lo que me pasa, lo único que se me ocurre es buscarme un elemento igual al que ofrecer mis servicios. Quizás tenga su gracia ver esta pelea de gallos 🙂

¿Alguna otra idea? Agradecida de antemano…

@vcnocito

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