Todos vivimos permanente conectados. A través del móvil estamos disponibles 24 horas al día para que cualquiera nos pida algo del trabajo, siempre enviando y recibiendo correos, hablando con miles de personas a través de las redes sociales… Todo esto acaba siendo un impedimento para conectarnos con la realidad porque ya no miramos al mundo directamente con nuestros ojos sino a través de la pantalla del teléfono móvil. De hecho, surgen términos como “infobesidad” para designar esa sobrecarga de información a la que estamos expuestos y que acaba siendo a la larga perjudicial para nuestra salud.

Desconectar para conectar” es una frase que leí en una entrevista con la experta en Programación Neurolingüística Juliana Manrique, coach educativo de la Fundación Humane. Ella afirma que las vacaciones son una oportunidad estupenda para ejercitar otras partes de nuestro cerebro que normalmente no usamos porque las sustituimos por las nuevas tecnologías. Lo que sí tengo claro sin tener ni idea de neurolingüística es que vivir conectado al móvil te hace perderte emociones, conversaciones interesantes con tus compañeros de trabajo, amigos o familias. Vivir tan conectado te hace perderte la realidad e instalarte en una especie de realidad virtual y paralela, con sus propios códigos de conducta en el que es más importante el “aparentar” que el “ser”. Esto al final, te hace ser más torpe socialmente, y no olvidemos que las habilidades son cada vez más importantes y valoradas en el mundo laboral, precisamente porque cada vez los proyectos son más complejos y necesitan de la interacción con más personas de las más diversas procedencias.

El verano se convierte entonces en una oportunidad estupenda para desconectar de esa variedad de cacharritos que nos acompaña en cada momento a lo largo del año, porque cuando dejas de lado el correo electrónico y el whatsapp se abre ante ti un mundo de posibilidades ocultas tras las pantallas de esos dispositivos. No significa que no nos guste nuestro trabajo ni que seamos malos profesionales por dejarnos el móvil en el hotel durante las vacaciones, sino que tenemos la necesidad de disponer de un tiempo para nosotros mismos y distanciarnos de la rutina para luego volver a ella con las ideas más claras y la mente más limpia. Ese espacio de tiempo te permite mirar las cosas desde fuera y obtener otra perspectiva de las distintas situaciones diarias.

La idea de poder aislarse de la riada de información a la que estamos expuestos ha llegado incluso a la ley. En Francia entró en vigor recientemente una norma que regula el derecho a la desconexión y prohíbe que les empresas exijan a los empleados que estén conectados fuera del horario laboral. En Alemania, Volkswagen configuró sus servidores de correo para no permitir que los emails llegaran a sus empleados en el periodo de tiempo que va desde media hora después de terminar sus turnos de trabajo hasta media hora antes del horario de entrada con tal éxito que el Ministerio de Trabajo alemán promociona la medida entre el resto de empresas del país.

Personalmente, no creo que sea necesario que el Gobierno de turno tenga que entrar a regular lo que el sentido común puede ajustar perfectamente. Yo veo que hay momentos con picos de trabajo en el que puede ser necesario estar conectado más tiempo del que querríamos, o a veces sí que hay asuntos realmente urgentes que no puedan esperar a mañana. El problema viene cuando esas situaciones excepcionales se convierten en lo habitual. Debemos aprender a desconectar de cuando en cuando, a conversar de viva voz en lugar de hacerlo a través de un mensaje de teléfono, y a dejar aparcado el smartphone aunque sea unos minutos al día para hablar con nuestra familia. La calidad de nuestro trabajo posterior y nuestra salud nos lo agradecerán sin lugar a dudas.

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