Siempre me paso de lista.

No tengo remedio.

Y es que, a estas alturas de mi vida profesional, después más de 30 años trabajando, cómoda y felizmente (dicho sea con todas las letras) entre compañeros varones, pensaba, sinceramente que lo había visto todo.

Pero no.

Resulta que, descubro en la prensa, ahora existe una nueva criatura organizacional: el varón poseído por la inteligencia artificial.

Comienzo diciendo alto y claro, antes de que alguien imagine una oficina llena de machos alfa golpeándose el pecho mientras invocan a Sam Altman alrededor de una cafetera Nespresso, que la inmensa mayoría de los hombres con los que muchas hemos trabajado durante años han sido personas sensatas y excelentes compañeros.

Gente brillante (o no tanto), divertida (o no tanto), generosa (o no tanto), pero siempre más enfocada en lo que aportabas (o no tanto) que en tu género. Tipos (casi todos) muchísimo más interesados en si resolvías problemas, tenías criterio o salvabas un proyecto que en cualquier caricatura ideológica sobre hombres y mujeres.

Y por si no queda claro, que me dan un mucho por saco los estereotipos de género.

Pero he seguido leyendo… Y me he muerto de risa.

Tanto que no he podido dejar de compartirlo.

El fenómeno es tan fascinante que empieza a analizarse en algunos medios norteamericanos.

El País recogía hace unos días un artículo sobre terapeutas de Silicon Valley que atienden a mujeres cuyos maridos viven absorbidos por la IA, incapaces de desconectar del siguiente prompt. El artículo viene a contar cómo los terapeutas de pareja no parar de atender a mujeres cuyos maridos trabajan obsesivamente vinculados a la IA y que viven atrapados en una mezcla de ansiedad competitiva, entusiasmo mesiánico y miedo a quedarse atrás en “la gran revolución”. Por lo visto, la IA invade tanto la casa, las conversaciones y el tiempo mental que ellas describen la sensación de convivir con alguien permanentemente conectado a otro plano de realidad, Y el debate explota porque muchos hombres responden que no están alienados: simplemente están viviendo un momento histórico de creatividad y posibilidades.

Confieso que mi primera reacción no fue indignarme, ni sacar automáticamente el kit de análisis sobre masculinidad tóxica, ni redactar otro capítulo de la eterna guerra de sexos corporativa.

Más bien me invadió una mezcla de incredulidad y fascinación antropológica.

Pensando de inmediato, que la especie debía de existir… Porque, quienes llevamos media vida trabajando en entornos profesionales masculinos, reconocemos perfectamente ese brillo en los ojos de algunos.

No es nuevo. Aunque tal vez sea verdad lo que la IA le ha puesto esteroides.

Y antes de que alguien saque el silbato ideológico: no, no pretendo explicar el mundo mediante testosterona vintage. Ni siquiera hablar de desigualdad y sesgos de género… Que claro que existen, por sutiles que hoy sean.

De lo que hoy caigo en la cuenta (de nuevo) de otra cosa muchísimo más divertida: el irresistible magnetismo que ejerce sobre cierto perfil (vamos a reconocerlo sin complejos, mayoritariamente masculino, aunque para ser más exactos diría «de marcada energía masculina», ) cualquier artefacto que les permita sentirse simultáneamente elegidos, visionarios y ligeramente superiores al resto de la oficina.

Me acuerdo de aquellos telefoninos de plástico cuando nació la telefonía móvil que inundaron las entonces tiendas de “Todo a 100” (pesetas, aclaro)… sé que hoy me estoy pasando de estereotipada, pero nunca vi a ninguna chica con ninguno.

O lo de más Megas, más pixeles, más Apps.

Querido compañeros (varones), permitidme (y perdonadme) hoy el juego.

Es que el artículo de El País me ha hecho reír… porque algo de verdad (caricaturizada, insisto en reconocer) lleva.

La IA ha llegado al ecosistema corporativo como el pádel llegó a las urbanizaciones: arrasándolo todo y obligando a escuchar conversaciones insoportables en cualquier café.

Aguantar al pesado del blockchain. Al iluminado de Agile. Al chamán del Design Thinking. Al que en 2014 hablaba de “gamificación” con la intensidad emocional de un predicador baptista.

Pero aquello era solo el entrenamiento.

Porque ninguna tecnología anterior había permitido a tantos profesionales, tirando a medianillos, experimentar semejante sensación de superdotación intelectual instantánea.

Esto va mucho más allá de que personas aparentaran profundidad estratégica simplemente añadiendo flechas curvas, degradados azules y expresiones como “hoja de ruta”, “ecosistema colaborativo” o “sinergias transversales”.

La fascinación ha pasado la frontera de hacer presentaciones que parezcan elaborados a pachas entre McKinsey, Harvard y una secta futurista de California.

Han llegado los agentes.

La IA hasta la cocina. Al alcance de cualquiera.

Y, es verdad, hay tipos (más que tipas, again, aunqnue haberlas también las hay) que han entrado en trance.

Cada día es más divertido tomar café.

Elementos que hasta hace seis meses no sabían cambiar el formato de un PDF hablan ahora de “modelos fundacionales”. Comerciales que ni sus cuentas de ventas llevaban en Excel asegurando que estamos “ante el mayor cambio civilizatorio desde la imprenta”. Señores que jamás automatizaron ni el mensaje de fuera de oficina ahora creen sinceramente que están construyendo el futuro de la humanidad desde su portátil.

Y lo dicen completamente en serio.

Esa es la mejor parte.

Me pregunto si la IA no habrá despertado una “energía masculina corporativa” profundamente antigua: la fantasía del pionero.

Y conste que hablo de “energías” no de sexos.

De la energía del quien llega antes.
Del quien entiende algo secreto.
Del quien pertenece a la avanzada.
De quien mira con cierta compasión al resto de compañeros porque “todavía no han entendido lo que viene”.

Como esos buscadores de oro de peli del Oeste que hubieran cambiado las carretas, montañas y revólveres por tutoriales para hacer prompts y vídeos de YouTube titulados “5 agentes autónomos que destruirán el trabajo humano”.

Las oficinas empiezan a llenarse de conversaciones completamente delirantes

Gente que ya no “manda un correo”, sino que “orquesta workflows”.

Personas que antes redactaban mal y tarde un informe y ahora “han creado un agente que les optimiza el pipeline documental”.

Magnífico.

Lo mejor es que muchos ni siquiera quieren ahorrar tiempo. Lo que quieren es sentir el subidón hormonal de estar jugando en primera división tecnológica.

Y aquí llegamos al punto donde realmente dejo de mondarme para pseudo-preocuparme:

¿no es esto el sumum del aburrimiento? ¿No estaban tan “hasta arriba”?

Aunque bien mirado…  a los millones de profesionales exhaustos de reuniones inútiles, excels infinitos y tareas sin pies ni cabeza les acaban de dar una herramienta que devuelve la sensación infantil de construir cosas, probar, jugar, experimentar y hasta producir resultados que hace que no se note que estaban jugando.

Y honestamente, prefiero mil veces este entusiasmo tecnológico algo caricaturesco (perdonadme, queridos compañeros,  la licencia que me he tomado hoy) que aquella la ya añeja solemnidad corporativa vacía que quema pasito a pasito a todo bicho viviente.

Al menos ahora se les ve felices e ilusionados. Como niños con zapatos nuevos.

Aunque quizá convendría recordarles un pequeño detalle: seguir llamando “revolucionar la productividad” a pedirle a ChatGPT que redacte el acta de una reunión no convierte a nadie en Steve Jobs 🙂

Ni en Oppenheimer.

Ni siquiera en el becario de Oppenheimer.

Ningún director comercial de zona centro, está coordinando personalmente el nacimiento de una nueva civilización. Solo ha conseguido automatizar un excel de gastos.

Pero qué quieren que les diga.

Hay algo entrañable en toda esta “performance”.

Resulta tan refrescante ver a tantos ilusionados que hasta da palo tener que recordarles que el futuro de la humanidad tal vez deba esperar cinco minutos.

Porque hay una reunión que empieza.
Y nadie ha traído el café 🙂

Abrazos, queridos.

Sois (de verdad) entrañables.

Os quiero. Y me encanta veros jugar.

Tenéis un puntito 🙂

@vcnocito

P.D: Por más que sepa que esto es una burda caricatura, me ha salido del alma. Tomadla como lo que es, simples ganas de ponerle un poco de humor a esa exagerada seriedad con la que (yo la primera) solemos mirarnos el ego.