En todos los equipos hay una persona que se encarga de revisar el larguísimo Excel de precios porque los resultados del trimestre hacen pensar que puede haber un error ahí, que revisa el código que ha generado el becario poniéndole comentarios para que la siguiente vez lo haga mejor o que atiende al equipo de auditoría interna aun a sabiendas de que le van a marear con peticiones de papeles que nadie sabe dónde están. Es decir, una persona que se encarga de aquello que “alguien tiene que hacer.  Y si no existe esa persona en el equipo, deberían buscarla donde sea. Esa persona seguramente no será un ingeniero con pedigrí, ni el que más cobra, ni el más popular del grupo, pero es fundamental para la buena marcha de un equipo. Sobre esas personas va este post.

En los años setenta, Carlo Cipolla, un economista italiano, escribió un ensayo titulado “las leyes fundamentales de la estupidez humana”. Lo más interesante de ese ensayo es este gráfico que pego a continuación, donde se describen todos los tipos de personas que te vas a encontrar a lo largo de tu vida (también en el trabajo, claro). En el eje horizontal, se refleja cuánto ganas tú con tus acciones y en el eje vertical, cuánto ganan los demás.

De aquí salen cuatro tipos de personas. Los inteligentes, que son aquellos que ganan y a la vez hacen ganar a todos. Los bandidos, que son los que ganan haciendo perder a los demás. Los estúpidos, que son los que pierden y además hacen perder a todos. Y los ingenuos, que son aquellos que pierden para que los demás ganen.

No sé si la palabra “ingenuo” que utilizó Cipolla es la más apropiada porque tiene una connotación claramente negativa. Nos hace pensar en una persona infantil y un poco tonta, que no se entera de nada y a quien es fácil engañar. En realidad, en el gráfico debería haberse pintado una línea diagonal que marque la frontera entre sacrificar un poco para que los demás ganen mucho. Perder un poco individualmente para que los demás ganen mucho. En el trabajo, significa perder una hora de trabajo para que los demás ganen un día, revisar el código de programación para que la nueva funcionalidad salga a tiempo o comerse un marrón de mantenimiento para ahorrar tiempo futuro al equipo que se encarga de resolver incidencias.

Nadie pondrá esas habilidades en su currículo, y será muy difícil que sea valorado en la evaluación anual de desempeño. No es fácil premiar al que evitó el problema que nunca sucedió o que solucionó el fuego que nunca prendió. Por eso estas personas son difíciles de detectar, suelen ser infravaloradas y muchas veces se queman y se van. Y cuando se van, es cuando afloran las quinientas cosas que hacían, que pasaban desapercibidas y que tras su marcha, no hace nadie. Y eso ocurre con relativa frecuencia porque el sistema castiga a esos ingenuos. Asumen lo que nadie quiere, piden muy poca cosa y al final, los premios acaban en el bando de las carismáticas estrellas del rock.

El problema es que la generosidad no escala bien y por eso es fácil que estos ingenuos acaben desbordados de trabajo. Los equipos exitosos no son los que están compuestos exclusivamente de personas brillantes, como ya comentaba en el post sobre los equipos Apolo. Los equipos exitosos son los que combinan profesionales brillantes con personas ingenuas y humildes. Gente que hace ganar a los de al lado, aunque no siempre ganen ellos. Utilicemos el diagrama de Cipolla como un mapa de decisiones para ayudarnos a elegir donde queremos encuadrarnos en nuestro día a día laboral.