La avaricia es ese deseo desmedido que te lleva a tratar de acumular riqueza por encima de todas las cosas. La ficción nos ha dado muchos personajes avaros famosos, la mayoría con una cierta vertiente cómica: El tío Gilito, que se bañaba en inmensas montañas de monedas, el miserable señor Burns de los Simpson o el avaro por excelencia, el señor Scrooge de Cuento de Navidad, que en realidad es la fuente de inspiración de los demás.

En su justa medida, la avaricia no es necesariamente una mala cualidad. Ir a trabajar es precisamente eso, un deseo de conseguir los medios económicos (riqueza podemos llamarlo también) que te permitirán después obtener un montón de cosas materiales. Y es perfectemente lícito desear ganar cada vez más dinero y esforzarse con ese objetivo. El problema viene cuando metemos la coletilla “desmedido” junto a ese deseo de ganar más dinero en nuestro trabajo. Es entonces cuando se cometen tropelías e injusticias en el afán por acumular más y más riqueza. Riqueza no solo material sino también inmaterial, porque para mí también peca de avaricia el compañero trepa que no tiene ningún miramiento en apropiarse de tu trabajo o en pisar a cualquiera que se interponga en su camino hacia un ascenso. Un avaro por tanto es desconsiderado e irrespetuoso con todo aquello que le suponga un obstáculo entre él y su objetivo: alcanzar poder.

Otro signo de avaricia en el trabajo es la falta de generosidad. Las personas avaras no quieren de ninguna manera compartir sus pertenencias, incluyendo dentro de la palabra “pertenencias” cosas intangibles como la información o los conocimientos. Hay gente que parece que quieren hacerse imprescindibles en la empresa por ser los únicos que saben como hacer determinada tarea o que guardan información importante de un proyecto para sí mismo con el afán de parecer más listo o más involucrado en el proyecto que los demás. Porque la avaricia en realidad esconde miedo y falta de seguridad ante el futuro incierto, frente a los cuales el avaro se protege guardando cosas “por si acaso”, con lo que obtiene seguridad ante ese futuro incierto y amenazador.

También hay jefes que son avaros, no ya porque te concedan más fácilmente o no un aumento de sueldo en la revisión anual, sino avaros en el día a día. Siempre me ha parecido una forma de avaricia el controlar el minuto y el segundo en el que los empleados entran a trabajar. Mientras que se cumplan con los objetivos, el controlar que se empiece el trabajo 5 minutos antes o después me parece eso, avaricia. O los que racanean con el material de oficina y tratan de superar la crisis ahorrando en folios y bolígrafos. Jefes avaros que no se dan cuenta de que lo poco que puedan ahorrar con su actitud no compensa el malestar que generan entre los empleados.

En general, el avaro no suele ser un personaje que me moleste especialmente en la empresa, dado que tiene hasta un cierto toque cómico. Su auténtica diversión es no gastar y les gusta mucho presumir de esos pocos euros que han ahorrado haciendo no sé qué gestión. Me suele hacer gracia esa actitud. El problema viene cuando ese avaro trata de ahorrar a tu costa, quitándote algo que te pertenece. En ese caso la salida es protestar y poner límites claros para poder pactar como van a ser los gastos o el reparto de esos valiosos bienes que hay que compartir. Más me molestan las empresas avaras que escatiman hasta los más pequeños detalles para sus empleados. Pero si ese es el caso, aplica lo que ya he comentado en otros posts. Hay que valorar si esas pequeñas miserias del día a día te molestan lo suficiente como para afectar a tu trabajo y a tu estado de ánimo y si llega el momento de que es así, el mundo está repleto de grandes oportunidades laborales.

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