Cada día que pasa me siento más responsable de cómo me trata la vida. Y más convencida de que no es mi empresa, ni mi actividad, ni mi jefe lo que determina cómo me siento en relación a mi trabajo. Que son esas pequeñas cosas que sin mucho pensar hago todos los días, las que están determinando quien soy y cómo me siento. Y tal vez no hayamos reflexionado sobre cómo desterrar aquellos comportamientos habituales en el trabajo que te hacen infeliz puede marcar una gran diferencia.

Un curioso estudio relaciona los logos de cadenas de comida rápida con la impaciencia. En teoría, nada evidencia que exista una relación entre un sándwich o una hamburguesa y la prisa. Pero parece que en nuestro cerebro las hemos ido asociando a hábitos como la necesidad de estar siempre haciendo cosas para aprovechar el tiempo. O a ideas como que disfrutar de una pausa para una comida rica y sana, acompañada tal vez de una buena conversación, es perder el tiempo.

Somos lo que hacemos

Dicen que el aspecto que más influye en nuestra vida es el entorno. Las personas de quienes nos rodeamos. Y de quienes, queramos o no, acabamos imitando comportamientos. Así que es buena idea tener mucho cuidado en la elección de nuestras compañías, nuestros modelos y el modo en que abordamos las actividades, porque nuestros hábitos nos hacen.

Yo estoy convencida de que fomentar unos comportamientos más “saludables” es el único modo de conseguir una relación con tu trabajo más satisfactoria, donde poder cultivar lo mejor de nosotros mismos.

Yo, al menos, me propongo cambiar algunas cosas. Y he decidido compartirlas porque pienso que a ti también puedan servirte de reflexión.

  • Poner distancia con las personas que me erosionan. Si resulta que un logo de McDonald’s te hace sentir impaciente, no quiero ni pensar el impacto que pueda tener la convivencia con esas personas que a mí me resultan tan tóxicas. El cabreado permanente, el ambicioso sin freno que sólo busca pasar el comité y salir en la foto, la mosquita muerta que trata de chuparte la sangre y ponerse todas las medallas…. Como alejarse físicamente no siempre es posible, probaré el “aislamiento virtual” haciendo oídos sordos, manteniendo la boca cerrada, y aprendiendo a mirar sin ver… Y foco en ese montón de personas que sí merecen mi atención.

 

  • Controlar la hiperconexión. Dicen que escasea la creatividad, pero yo de lo que realmente ando escasa es de tiempo para pensar. Dejar laxamente que todo te interrumpa, desestabiliza. Yo sola puedo ponerme un poco más de raciocinio y sentido común con el WhatsApp y el correo. Estar disponible y responder el correo urgente en el día, es una cosa. No permitirme acabar la frase que estoy escribiendo para mirar la bandeja de entrada, otra muy distinta. Bloquear las notificaciones durante 30 minutos no va a molestar a nadie. Porque si algo no puede esperar, te llamarán seguro.

 

  • Desterrar la prisa. Decía Gregorio Marañón que la virtud de la rapidez genera a menudo un vicio, que es la prisa. Al menos a mí, es difícil que una cosa no me lleve a la otra. Así que, como propósito valga un infinito en agilidad y un cero en apresuramiento. No más picoteos entre dos o tres cosas sin terminar ninguna. Me voy a fijar un tiempo para dedicar a cada cosa y la ,esté como esté, cuando suene la alarma. Elegir los estímulos a los que atiendo es la única manera de poder profundizar en alguno.

 

  • Cambiar lo grande por lo  pequeño. Ser capaz de disfrutar del aquí y del ahora es fundamental para construir una sensación de buen rollo que te reconcilie con tu trabajo. No ganar un sueldazo, ni trabajar en un proyecto puntero no es motivo para no disfrutar de lo que haces. Es fácil engañarse pensando que vendrá otro jefe u otro proyecto que te haga feliz. He comprendido que, a la postre, todos los contextos son igual de buenos o igual de malos. Así es que voy a tratar de apreciar lo que tengo, sin ningún vestigio de resignación. Porque disfrutar no es conformarse, es ser capaz de buscar entre la paja aquello que brilla y que te gusta. Y encontrarlo será gratificante para mí, sin duda.

 

  • Enfrentarme al pispás, tratando de profundizar y buscar nuevas maneras. Contra la actividad continuada y las multitareas, contra la falta de análisis y de profundización en las cosas, me impongo la contrapartida del estudio y la reflexión, de la calma silenciosa, de la concentración en la tarea y de la vuelta a las cosas hechas con cariño. Voy a centrarme con los cinco sentidos lo que esté haciendo en cada momento. Para no conformarme con faenas de aliño y obligarme a buscar, tratando de reinventar, de aportar algo nuevo y mejor cada vez.

 

  • Darme cuenta de que las cosas no siempre son como yo las veo. Asumo que ni soy excesivamente perspicaz ni una buena adivina, así es que tomaré con papel de fumar mis valoraciones y juicios. Esa mala cara que me ha puesto el jefe podría deberse a un simple dolor de muelas. Se nos da bien caer en tópicos y poner etiquetas, pero no tratar de obtener toda la información antes de hacernos una opinión. Y tampoco reconocer nuestras propias limitaciones. Así que incorporo el compromiso de incrementar la tolerancia y bajar el nivel de juicio. Puede que algo no me guste y que yo jamás lo hubiera hecho, pero pocas cosas son tan realmente horribles como para no intentar pasarlas sin la necesidad de tomar partido.

 

  • Compartir aún más lo que descubro y lo que sé hacer. Una de las cosas más gratificantes que he hecho en los últimos tiempos es compartir en Internet lo que hago y lo que aprendo. Cierto es que no todos ven con buenos ojos cualquier post que no sea un publirreportaje. Pero sigo absolutamente convencida de que tratar de poner en valor los productos que vendes o difundir el conocimiento que posees es un ejercicio que te hace crecer como persona y como profesional. Y aunque cuesta encontrar el mensaje nuevo que aporte cada vez, aunque las merecidas críticas ante un post menos afortunado puedan hacerte dudar, estoy convencida de que seguir haciéndolo no sólo es bueno para mí, sino provechoso para mi empresa.

Tú eres mucho más que tus circunstancias

Supongo que en algún momento debemos dejar de “esperar” que las cosas sean como nos gustaría que fueran para pasar a plantearnos qué estamos haciendo para que lo sean. En lugar de esperar al jefe perfecto, tal vez puedas ayudar al tuyo a que lo sea. En vez desesperarte con ese compañero que “no da la talla” tal vez puedas echarle una mano para que vaya aprendiendo.

Cada día me convenzo más de que tu nivel de felicidad está determinado por esas pequeñas cosas que haces cada día. Así que me parece buena idea dejar de soñar con las cosas que pienso que me harán feliz para empezar a darme cuenta de que ese contexto ideal con el que sueño, está dentro de mí.

@vcnocito

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