No es el orgullo uno de los pecados capitales… pero bien puede ser uno de los que más estragos causa en las empresas. Los pecados capitales me enseñaron de pequeña que son aquellos de los que derivan todos los demás; y en el caso del orgullo, imagino que es la soberbia el capital del que procede.

Si nos vamos a la RAE, el orgullo se define como “arrogancia, vanidad, exceso de estimación propia, que a veces es disimulable por nacer de causas nobles y virtuosas”. Pero claro, el problema viene cuando el orgullo no esconde ninguna causa virtuosa detrás y nos impide reconocer los errores en el trabajo. Nos empecinamos en que una decisión está bien tomada o en que un trabajo es bueno por el simple hecho de que es nuestro, y no somos capaces de ver más allá.

Y si el trabajo no es bueno o es mejorable, pues poco hay que rascar por mucho que nos pique el orgullo. Podemos escudarnos en que nuestras decisiones estaban argumentadas, con ingentes y sesudos estudios, o que el trabajo en cuestión nos ha llevado horas; pero la cuestión es que si nuestro orgullo no nos permite rectificar a tiempo, lo único que lograremos es perder más tiempo y más recursos, nuestros y de nuestra empresa al fin y al cabo. Y cada vez nos va a costar más dar marcha atrás, claro, porque hemos gastado más tiempo, más recursos, y seguramente porque ya nos hemos enfrentado y le hemos tapado la boca a varios compañeros alrededor. Entramos en barrena.

Llega el punto incluso de que gastaremos recursos y tiempo únicamente para justificar por qué estamos trabajando en esa dirección, y todo con tal de no dar nuestro brazo a torcer, enrocados con nuestro libro…. y comienza a mascarse la tragedia, claro. Porque puede haber sido un despiste o simple desconocimiento lo que nos haya hecho errar; pero es el orgullo el que nos hace permanecer en el error y no salir de ahí escopetado.

Y llegados a este punto, ¿cómo debemos actuar? Pues yo creo que no queda otra: recula y trágate el sapo cuanto antes, que cuanto más tardes va a ser peor:

  1. Reconoce tu error, internamente, y ante los demás. Discúlpate si es necesario, que puede que hayas ofendido a más de uno en tu afán por justificar lo injustificable.
  2. Tira el trabajo a la basura. Quizá haya alguna parte que puedas salvar, pero ten en cuenta que los errores de bulto posiblemente lo invaliden desde el fondo del mismo. No mires atrás y simplemente tíralo.
  3. Y empieza de nuevo, escuchando a los demás y tratando de no herir más sensibilidades. No pasa nada.

Las medidas son sencillas y drásticas. Difíciles de poner en marcha si habías llegado lejos, pero en mi opinión no queda otra. Es lo único que resultará efectivo al fin y que hará que no sufras peores consecuencias.

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