Hay dos tipos de actitudes ante la vida. La de quienes saben lo que quieren y toman las riendas de su destino y la de quienes se dejan llevar por el contexto  y van viendo qué dirección tomar. Todos conocemos personas que son permanente ejemplo de ambas posturas. Pero el común de los mortales nos movemos con cierta equidistancia entre ambas. Vamos combinando autogestión activa con existencia cuasipasiva en el grupo que nos toca en suerte.

Cierto es que más que a menudo, nos dejamos llevar por la corriente. Fría o caliente, rápida o suave, da igual. Nos abandonamos a ella. Nos subimos al carro y vamos “donde va Vicente”. Andamos con la cabeza en otras cosas, pensando en el mañana mientras dejamos que el hoy se nos escape entre los dedos sin prestarle mucha atención.


No digo que dejarse llevar no sea buena cosa. Es un lujo poder seguir los pasos de un maestro que vaya desbrozando el terreno. Es un gustazo ir “de paquete” en un viaje, dejándote sorprender por un plan que han otros han diseñado. Y también mola cruzarse alguna vez de brazos y que sean otros quienes tiren del carro.

Lo que tal vez no sea tan bueno es no preguntarse de vez en cuando si ese entorno por el que nos dejamos llevar nos gusta o nos desagrada. Sin hacernos grandes preguntas existenciales ni trascendentes análisis. Simplemente, pararnos, fijarnos y ver si nuestro día a día nos da frío o calor.

Considero una práctica muy saludable preguntarnos de tanto en tanto si estamos dónde queremos estar y si hacemos lo que queremos hacer. Si somos nosotros mismos o nos hemos mimetizado demasiado. Si nos rodeamos de cosas y actitudes que admiramos o estamos inmunizadamente asqueados del ambiente que respiramos.

Porque no da igual quiénes sean o qué hagan los demás. Quienes nos rodean tienen más impacto del que pensamos. Los humanos somos unos verdaderos monitos de imitación y siempre acabamos mimetizándonos con quienes nos rodean. Lo llaman efecto espejo.

Y cuando vienen mal dadas y el ambiente “se tuerce”, tendemos a torcernos. Cuando se estilan modelos de gestión “pis-pas-pis” y modelos de relación “marica el último” acabamos todos trabajando en ese modo “pasa la bola” que siempre hemos detestado. Cuando imitamos al de al lado y nos quejamos de las miserias ajenas, todo nos parece un desastre… sólo porque se lo parece a quienes contigo comparte café.

La buena noticia es que este proceso funciona en los dos sentidos. Nosotros también podemos contribuir a construir un entorno mejor. Una manzana podrida tal vez acabe pudriendo toda la cesta. Pero de igual modo, un solo perro pastor es capaz de reconducir todo un rebaño. Así que, sólo necesitamos una mano para dar la vuelta a la tortilla.

Lo que yo creo que lo distingue a las personas excepcionales no es su actitud en un momento puntual. Tan valioso es saber tirar del carro como saber relajarse y confiar en que tiren otros. Lo que las hace excepcionales es que se cuestionan en qué punto están y siempre saben por qué toman una actitud de empuje o si les conviene más dejarse llevar. No tienen ningún problema en tomar las riendas pero saben cuándo conviene cederlas. Y cambian de rol pasando de guía a pasajero sin despeinarse.

Ir contracorriente es cansado. Llevar el mapa y abrir la vía, también. Parapetado tras el grupo, repitiendo rutinas y comportamientos, se está muy bien. Y si no, que le pregunten a un ciclista si hay diferencia entre ir tirando o chupando rueda. Por eso es importante aprender a valorar cuando hay que ponerse en la cabeza de la manifestación y cuando el esfuerzo no compensa. Sea como fuere, siempre son ellos quienes deciden qué papel jugar. Y esto les hace poderosos.

Decía Isra García en su post “¿Cuándo terminamos?” que hay una elección que separa a las personas inconformistas, y que sobresalen, del resto. Y que este algo, es una declaración de intenciones que yo, haciendo mío el espíritu de su post, reformulo como un “mi actitud cambia cuando YO lo decida”.

Porque terminar con algo es entera y exclusivamente cosa tuya.

@vcnocito

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