Eso de echarle la culpa a otro es un comportamiento pueril (mis hijos argumentan como auténticos expertos con tal de no tener culpa de nada), pero la cuestión es que se da. Y te encuentras a compañeros que te rodean (o a ti mismo en ocasiones, admítelo), buscando culpables e intentando justificar que en ningún caso has tenido la culpa de que el proyecto se pifie… De hecho en las empresas es muy fácil, porque además ni siquiera tenemos que personalizar o concretar qué persona ha tenido la culpa, si no que basta con decir “los de márketing”, “los de operaciones” o “los de sistemas”. Estos últimos en general suelen ser los más culpables de todos, como último eslabón de la cadena.

¿Y por qué nos comportamos como críos en vez de asumir nuestra responsabilidad en el trabajo? ¿Cuál es el problema de reconocer nuestra parte de culpa, por acción u omisión, o nuestros errores?

Yo creo que hay varios factores que nos influyen. Seguro que hay una parte humana, y ya decía Chaplin que “equivocarse es humano, pero echarle la culpa a otro aún lo es más”. Reconocer nuestra culpa nos da vergüenza, y muchos tenemos el ego muy crecido como para asumirlo fácilmente. Pero además de ese factor interno y humano de cada uno de nosotros, lo que quería tratar aquí son los factores externos que te influyen para desarrollar esta actitud: la cultura empresarial, personificada en tu jefe; cómo te trata tu empresa cuando te equivocas.

Creo que todos estaríamos de acuerdo en que la actitud más productiva cuando se ha cometido un error sería realizar un análisis de lo sucedido, y en consecuencia deberíamos proponer acciones correctoras para solucionarlo. Con esto todos aprenderíamos, y saldríamos del paso antes, puesto que el tiempo que ocupamos tratando de encontrar otro culpable lo estaríamos invirtiendo en positivo. Pero no, por mi experiencia puedo asegurar que no es esto lo que ocurre habitualmente, y en realidad lo que hacemos es dedicar recursos ingentes a justificar el error y buscar otro culpable con el que salvar nuestro trasero, más que nada porque la actitud de la empresa y de nuestro jefe al respecto es la de sacudirnos sin piedad, y castigarnos mirando al rincón. La gama de acciones correctoras que implementan las empresas pueden ir desde el despido, la revisión a la baja de tus incentivos, relegarte de función o cargo, arrinconarte… Un amplio espectro de técnicas de tortura con las que habrás de aprender que no debes equivocarte otra vez. Muy motivador todo ello y productivo al máximo.

Productivo, porque lo que de verdad aprendes no es a no equivocarte, porque efectivamente errar es humano, y nos equivocaremos de nuevo con seguridad en las nuevas situaciones. Lo que aprendemos de estas experiencias es que, pase lo que pase, no debemos dejar que nos vuelvan a encontrar culpables de nada, y también desarrollaremos en toda su amplitud una serie de técnicas harto productivas:

1.- Trabajemos en equipo por supuesto, porque esto hace que tengamos a alguien cerca a quien echarle la culpa. El trabajo en equipo es fundamental, pero siempre sin dirimir bien las funciones ni responsabilidades de cada miembro. Así, con el batiburrillo nadie concreto podrá ser culpable de nada.

2.- Falseemos la información, o si eso ya nos supera por nuestras creencias, al menos presentemos exclusivamente datos sesgados que nos dejen en buen lugar.

3.- Agrupemos a la gente en “entes”, de modo que culpabilizar no signifique personificar, que eso ya se hace más duro. Así los culpables serán “los que llevan otro proyecto”, “los del departamento x”, “los del turno de mañana”…. Y NUNCA APRENDEREMOS.

¿Se os ocurre alguna más? ¡¡Que viva la productividad!!

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