Que levante la mano quien se atreva a llegar a la oficina y decir en voz alta “hoy voy a hacer el vago”. Los vagos están tan mal vistos que hasta los que lo son sin remisión se parapetan tras una máscara de frenética cuasiactividad que les viste de ocupaditos. No sé si me atrevería a confesarlo en una entrevista de trabajo, pero lo cierto, es que yo a veces necesito hacer el vago. Si, en la oficina. Porque me sucede a menudo que tengo tantas cosas por hacer, que no me da tiempo a trabajar.

Parece que todo nuestro empeño deba ser cumplir con obligaciones y cubrir objetivos, con responsabilidad y orden, sin privilegiar el concepto del descanso y la diversión sobre el empleo. Pues yo me niego a asumir que hacer el vago sea sinónimo de ser improductivo, conformista y sin grandes expectativas.

Indagando como siempre hago al escribir un post en mi adorada RAE, descubro con sin sorpresa que el vocablo vago tiene dos acepciones :-). La primera es la que se opone a la idea de trabajador. Deriva el latín vacuus y hace referencia a quien se caracteriza por ser perezoso, apático, con baja predisposición para realizar actividades, sin oficio y mal entretenido. Pero resulta que hay una segunda acepción, que procede del latín vagus y que hace mención a lo que carece de objeto específico y que resulta indeterminado, impreciso o sin definición.

No creo que descanso y productividad sean conceptos reñidos. A veces sólo un respiro permite acometer sin desfallecer el siguiente tramo de escaleras, que para algo se inventaron los rellanos, digo yo!

Puede que esta confesión no le guste demasiado a mis jefes, pero yo me tomo unas hora o incluso unos días de “descanso” o de actividad al ralentí en la oficina, cuando me doy cuenta de que

Me miro demasiado el ombligo y me encuentro metida en una espiral de movimiento frenético que me obliga a limpiar la bandeja de entrada y a llenar de checks mi lista de ToDos a cualquier precio. Si veo que estoy liada a hacer cosas sin pararme a pensar qué aportan y si suman en la cuenta de resultados.

Estoy estoy pasando por alto los detalles. Las tareas, por supuesto también en el trabajo están para disfrutarlas. Si no están dejando huella, si no estás aprendiendo, si las estás haciendo con las manos pero sin un ápice de cabeza, mejor para, respira y vuelve a empezar en otro momento.

Si no estoy del todo católica. Me niego a tener que estar siempre a tope, incluso cuando no he dormido un congo, tengo la cabeza llena de burbujas que anticipan un resfriado o el mundo me parece horrible porque me va a venir la regla. Pues hay días que vas a ralentí, qué le vamos a hacer, no es un crimen de guerra.

Estoy de uñas. Cuando me paso de vueltas y la aceleración me pone agresiva, me obligo a parar. Esto ya no es discutible. Es obligatorio. Hay veces que la eficiencia está reñida con la relación y esta es mi línea roja. Hibernación.

Estoy seca de ideas. Cuando programaba aprendí que ese fallo inexplicable en el software que lleva horas resistiéndose se pilla en los cinco primeros minutos del día siguiente. Las ideas necesitan una mente descansada para poder germinar.

Si he cubierto mis objetivos. Nunca valoré el trabajar por horas. Nunca tuve empacho en levantarme y marcharme a cortar el pelo, a hacer la compra o a tomar el sol si había terminado con lo pendiente antes de tiempo. Siempre que me he sentido satisfecha con mi trabajo, me he tomado un descanso…

Lo cierto es que sólo me siento responsable de la calidad de mis resultados, no del tiempo que he invertido. Ser productivo es mucho más que un simple “tener los deberes hechos”. No me gusta renunciar a mis sueños y por ello, de vez en cuando, necesito dormir. Y entonces, me aplico sin pudor la máxima de “aquello que puedas hacer mañana, déjalo de hacer hoy”.

Y tú? necesitas hacer el vago?

@vcnocito

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