Casi todos los avances tecnológicos que he visto en mi vida tienen un rasgo común: proponen ahorrar tiempo. Ya he contado alguna vez en este blog las anécdotas de mi primer empleo, hace ya casi 30 años, cuando implantar una corrección del software de una central telefónica suponía enviar por valija interna (o hasta por taxi si era muy urgente) una cinta con el nuevo software. Internet permitiría ahorrar todo ese tiempo, porque para que la corrección estuviera disponible en cualquier lugar del mundo solo sería necesario un puñado de clics de ratón. Después el email también prometió acabar con las esperas para recibir un documento, y no te diga del email en el móvil, que mejoraría tu productividad porque permitiría usar los tiempos muertos para gestionar algunas tareas urgentes desde el móvil, lo que también te facilitaría la conciliación vida personal y laboral (esa frase la he escrito yo mismo hace como veinte años). Pues me temo que me equivocaba porque, ¿dónde ha ido todo ese tiempo supuestamente ahorrado? Pues en que ahora respondes a cincuenta correos en vez de a cinco.
El sociólogo alemán Hartmut Rosa publicó en 2005 una explicación estupenda sobre los motivos por los que la vida moderna es tan acelerada. El libro se titula, como no podía ser de otra manera, Social Acceleration, y responde a la pregunta del millón: si llevamos cien años inventando cosas que ahorran tiempo, ¿por qué ahora tenemos menos tiempo que nunca? Menuda paradoja…
La respuesta que da Hartmut Rosa es que son precisamente las herramientas que dicen ahorrarnos tiempo las principales responsables de la escasez de tiempo. El tema funciona así: Primero llega una tecnología que acelera una tarea, lo que es fantástico. La consecuencia del aumento de velocidad no es que se reduzca la carga de trabajo, sino que suben las expectativas, y el umbral de lo que se considera normal se desplaza, de manera que si antes tardabas una semana en tener un estudio de mercado mínimamente riguroso y a todo el mundo le parecía bien, ahora te lo van a pedir de un día para otro, porque se sabe que con la IA podrás hacerlo mucho más rápidamente. Es decir, que el tiempo ahorrado desaparece en el mismo instante en que aparece.
El ejemplo que pone Rosa es el de estar de pie sobre una pendiente resbaladiza. No es que tú seas lento, es que el suelo se desliza hacia atrás bajo tus pies por lo que correr a toda velocidad solo sirva para mantenerte en el mismo sitio.
Esta es, a mi parecer, la parte de la IA que casi nadie considera en los casos de negocio. La primera empresa que responde a una RFP en seis horas gracias a la IA no gana tres días, sino que redefine el estándar del sector en seis horas. Y a partir de ese momento, tardar seis horas ya no es una ventaja competitiva, sino el mínimo que tienes que cumplir para poder seguir compitiendo en tu sector. Lo mismo pasa con cualquier actividad susceptible de ser automatizada por la IA: reportes, velocidad de desarrollo, generación de contenidos…
Por eso las ganancias de productividad de la IA realmente son competitivas, no absolutas, así que cuando la tiene todo el mundo, la ventaja desaparece y lo único que queda es el nuevo suelo. Por eso la pregunta interesante no es cuántas horas ahorramos gracias a la IA, sino qué estándar estamos creando, y si vamos a poder sostenerlo cuando ya no sea solo nuestro.
