Hoy he abierto el PC con idea de hacer una cosa muy concreta.
Una.
Solo quería responder rápidamente a un correo…
Pero, sin comerlo ni beberlo, me he encontrado revisando un documento que no sabía que existía, curioseando en la lista de “10 libros para llevarse a la piscina” del Vogue.es, contestando un mensaje de WhatsApp que empezaba por “perdona que te escriba por aquí”, mirando una noticia que me había mandado alguien y comprobando, por supuesto, el tiempo que iba a hacer el fin de semana.
Sin haber aún respondido el correo.
Lo que me trae a comentarlo aquí es que esta situación no tiene nada de excepcional.
Diría más bien que se está convirtiendo en el pan nuestro de cada día.
Que los móviles, internet, las redes sociales y el susum corda digital nos abducen a las primeras de cambio no es una novedad. Cada uno busca su manera, y mientras unos (unas, más bien) gustan de revisar las novedades de Zara, otros se adormecen en Instagram, abren la Wikipedia en cada línea del libro que leen, o saltan en el primer link del sesudo artículo que están estudiando acabando Dios sabe dónde sin haber aplacado su curiosidad.
Y no, no creo que haya que volver atrás.
Tener el mundo en la palma de tu mano es un regalo del cielo
Ni muerta querría volver a las carísimas (y contadas con los dedos de una mano) conferencias para preguntar a mi abuelo por sus doloridas rodillas, ni a mirar con ansiedad el buzón de correos para saber si “alguien” ha respondido a mi carta, ni a perderme cada vez que cojo el coche (o peor aún a no atreverme a cogerlo por no tener claro si seré capaz de llegar), ni a tener que ir hasta la biblioteca con cada pequeña consulta (o peor aún, a dejar mis dudas pasar)…
No. Ni muerta querría volver a eso.
Me gusta poder buscar algo en el momento en que se me ocurre. Me gusta poder compartir una foto sin tener que esperar a revelar un carrete. Me gusta llegar a una ciudad y saber dónde estoy y cómo se va adónde sea que tenga que ir sin agobiarme hasta que me encuentro en el plano. Me gusta poder trabajar con personas que no están sentadas a dos metros de mí. Me gusta que una reserva, una gestión o incluso un temor sobre cómo quitar una mancha puedan resolverse sin convertir la mañana en una ginkana.
El problema no es lo digital en sí. El problema está en la “inercia digital”.
Llamo, sin encomendarme a nadie, “Inercia digital” a esas costumbres y ritmos que se nos van quedando dentro de hacer mil cosas a la vez y de pasar rápido de una cosa a otra. De atender a lo que llega primero. De sentir que, si no respondemos enseguida, estamos quedando como el culo. De abrir una pantalla para relajarme un rato y salir de ella con una cantidad de información que no sabemos dónde guardar.
Dejando claro que estas costumbres no nos hacen menos inteligentes, ni menos sensibles, ni menos capaces. Pero que son un torpedo a la línea de flotación de nuestra atención.
Nos estamos acostumbrados a una manera de estar en el mundo muy poco dada a demorarse.
Muy poco atenta.
La curiosidad, tiene bastante que ver con demorarse
Ser curioso no va de apuntarse a un curso de cerámica ni de leer tres ensayos sobre filosofía japonesa. No va de añadir lo de “ser una persona fascinante” entre “pedir cita al dentista” y “comprar detergente”.
Yo definiría la curiosidad como la reticencia a dar por cerrado algo demasiado pronto.
En el trabajo, ser curioso es preguntar por qué hacemos una reunión que llevamos dos años haciendo todos los lunes. Es escuchar a esa persona que empieza una frase con “igual es una tontería, pero…” y que siempre es interrumpida antes de llegar al “pero”. Es mirar una presentación y preguntarse qué está intentando decir, no solo si hay una diapositiva con demasiadas letras.
Las oficinas están llenas de actividad. Diría que, incluso, están llenas de una actividad muy bien organizada.
Pero actividad no es lo mismo que atención
Podemos (y de hecho, lo hacemos) estar ocupadísimos, corriendo todo el día, sin haber pensado apenas. Contestar veinte correos sin haber leído uno con calma. Salir de una reunión con muchas tareas asignadas y ninguna idea de qué se ha decidido exactamente.
Y aquí es donde te propongo que entre en juego tu curiosidad
La curiosidad no resuelve nada de manera inmediata
Claro que no.
No mejora tu productividad. No va a conseguir que alguien deje de enviarte audios de siete minutos para decirte una cosa que cabía en dos líneas.
Aunque parezca que la creatividad acelera, lo cierto es que puede devolverte la capacidad de mirar lo que tienes delante con un poco más de calma, para recrearte en ese espacio que hay justo antes de decidir que ya sabemos lo que es.
¿Por qué este cliente está pidiendo esto? ¿Qué está pasando realmente en este equipo? ¿Qué parte de este proceso nos está haciendo perder tiempo sin que nadie se atreva a decirlo? ¿Por qué cada vez que hablamos de un problema acabamos hablando de una herramienta?
Puede ayudarte a parar y escuchar a alguien sin preparar tu respuesta mientras el otro habla. Porque son miles los momentos donde uno se descubre a sí mismo esperando el hueco. Nos estamos acostumbrando demasiado a reaccionar, asociar y responder.
La curiosidad es una forma de querer y de querernos
Porque supone aceptar que quizá no sabemos todo. Que hay miles de cosas que no vemos. Que no tenemos ni idea de qué es lo que piensa quien tenemos a nuestro lado. Que las cosas cambian sin que nos demos cuenta. Que incluso lo archiconocido tiene detalles nuevos, trozos que no hemos interiorizado o preguntas que nunca nos hicimos.
Dicen por ahí que hemos perdido la curiosidad de cuando éramos niños.
Yo no sé si es verdad.
No quiero idealizar ni el aburrimiento ni la infancia. Porque de algunas tardes de aquellas solo recuerdo una espera infinita hasta que alguien nos dejaba encender la televisión. Pero sí creo que la “inercia digital” tiende a alejarnos de los momentos y los espacios donde la mente no tiene una ruta marcada.
Y la curiosidad necesita de espacios vacíos, de tiempos muertos, de momentos en los que no pasa nada y, precisamente por eso, la cabeza se queda dando vueltas sobre algo. Esperar el autobús, hacer cola, estar en una sala de espera, mirar por la ventana….
Ahora, la “inercia digital” nos lleva a llenar todos los huecos. Y cuando todo está lleno, no hay sitio para casi nada.
La curiosidad necesita espacio.
Y tiempo.
O tampoco tanto. Solo ratos en los que no estemos resolviendo, respondiendo ni eligiendo entre opciones. Minutos sin objetivos, sin contenido recomendado y sin la obligación de aprovechar nada.
Caminar sin auriculares. Mirar por la ventana en el bus o en el tren. Callar en una conversación. Leer y no entender a la primera. Dejar que tus dudas den vueltas.
Líbreme el Altísimo de que esto parezca una llamada a quitar tecnología de nuestras vidas.
Porque es post es una llamada a no dejar que toda nuestra manera de atender esté guiada por su inercia. A que ese “empuje digital” a reaccionar, a asociar y a responder no sea nuestra única forma de estar presentes.
Hay algo muy liberador quedarnos pensando. En que una pregunta nos deje intranquilos varios días. En que una conversación termine con una idea confusa que acaba, de una rara manera, siendo la mar de útil.
La curiosidad no es una virtud que tienen “algunas personas especiales”
No pertenece a quienes han leído más, viajado más o son capaces de distinguir un vino por el olor. Surge en todos aquellos que nos resistimos a pasar sin demorarnos en lo que nos ocurre.
No hace falta volver a ninguna época anterior para recuperarla.
Basta con no regalar toda nuestra atención a lo que hace más ruido.
Basta con mirar una segunda vez una cosa que ya habíamos dado por vista.
Basta con hacer una pregunta sin consultar enseguida la respuesta.
Basta con aceptar que quizá no sabemos tanto como creemos sobre la vida que tenemos delante.
Pero, sobre todo, basta con considerarla una fuerza que contrarresta esa “inercia digital” que tanto machaca nuestra atención.
Como si fuera un parche de nicotina o una de esas barritas que te quitan el ansia por comer sin hambre.
