«Hago horas por un tubo», «Ya no desconecto ni en vacaciones», «No paro ni para comer»…

¿Es tu caso? ¿Tú también sientes que esas herramientas que venían a solucionarte la vida te la están quitando?

El tecnoestrés postpandémico es una realidad que nos está afectando a todos.

Y es que son muchos los trabajadores que se ven obligados a mantener ese “ritmo extra” que parecía una emergencia puntual por la pandemia. Son muchos a quienes la nueva normalidad, a medio camino entre lo de antes y lo de ahora, pero sin redefinir ni roles, ni reglas de valoración y comportamiento, agobia.

A algunos incluso, los está dejando fuera de juego. Ansiedad, estrés y depresión forman hoy parte de muchísimas más conversaciones que antes de la pandemia. Todos conocemos a alguien que ha petado.

Pero… ¡Si nos vendieron que la tecnología había venido para mejorar la vida de las personas! ¿Qué está pasando?

Tenemos motivos muy reales para sentirnos agobiados

Las razones del tecnoestrés (vamos a llamarlo así) son múltiples y variadas. Casos habría tantos como personas, pero podría aventurar que todos los tecnoestresados que conozco, en el mundo laboral y fuera de él, lo son por alguna de estas causas:

  1. Demasiadas herramientas, incluso a veces varias para hacer lo mismo. Lo cual nos lleva a una sensación de “novato y torpe” que no acaba nunca y que solo nos permite ir a mínimos operativos. Sin margen para sacarles verdadero partido, presionados por ese “hacerlo rápido y sin liarnos”.
  2. Demasiadas cosas a la vez, ergo demasiada multitarea. No conseguimos poner las cosas “en fila” y secuenciarlas porque tenemos tantas demandas y de fuentes tan variadas que nos “obligamos” a responder al quite según llegan. Sin margen para descartar ni priorizar.
  3. Demasiadas interrupciones y/o demandas que se viven como una invasión. ¿Qué decir de los mensajes a deshoras o en vacaciones? Y, por cierto, la mayoría sin esperar respuesta a esa hora o procedentes de quien no nos sabe de asueto, pero que nos sientan (reconozcámoslo) igual de mal. Supongo que, en el fondo, lo que falta es, además de cierta moderación, reconocimiento y agradecimiento por devolver todas las bolas, sin que echemos en cara si era buen momento o no.
  4. Demasiada susceptibilidad. Y aquí retomo la frase anterior. Casi todo lo que viene “sin cara” nos sienta mal. Y esto sí que es culpa nuestra, porque tal vez nos falte un pelo de empatía digital, y un mucho de aprender a trabajar en modo asíncrono, de desarrollar más asertividad a través del lenguaje del mensaje de texto o de la pantalla y de “leer” esos signos no verbales que ya no están en las caras de quien nos escribe.

Vale, nos sobran los motivos. Pero, el verdadero quid de la cuestión es la siguiente:

¿Podemos permitirnos esa sensación más o menos fuerte de malestar?

Porque yo creo que no. El tecnoestrés aumenta el riesgo de «analfabetismo digital».

Aunque parezca mentira, son muchas las personas a las que les sale tanta urticaria en sus compras online o en sus gestiones electrónicas con la Administración o su banco que prefieren hacer colas, perder más tiempo o pagar más dinero. Que “no se enteran”, afirman.

Cada uno sabe sus cosas.

Pero llevando esta incomodidad personal a la oficina, están las empresas llenas de “negacionistas” de los documentos colaborativos, de los repositorios compartidos en la nube, de la cámara en las reuniones, de las libretas digitales, o de los chats de mensajería instantánea. Que “se agobian”, dicen.

Y eso ya no es sólo su problema. Porque contagian.

Algo que no nos podemos permitir.

Yo diría que hoy, si no puedes sacar partido de la tecnología porque no sabes hacerlo, porque hacerlo te cuesta tanto sudor, sangre y lágrimas que no te compensa, eres un analfabeto digital.

Con todas las letras.

Siempre quedarse atrás fue cosa mala, pero cuando el mundo avanza a toda pastilla, rezagarse y refunfuñar es quedarse al margen. Y eso te pasará factura, por muy ufano (y tranquilo) que te sientas hoy en tu “mundo analógico”.

Y si demostrado está que la tecnología cada vez es, por coste y también por facilidad de uso más asequible a todos, si su curva de aprendizaje tiende a cero y además hay mil tutoriales que te ayudan (y mucho), la siguiente pregunta es:

¿Por qué nos está sentando tan mal el trabajo digital y qué podemos hacer?

No es un secreto que el tecnoestrés representa actualmente un gran problema de gestión en organizaciones y parece evidente que, si no hacemos nada, a corto plazo, irá a más.

¿Cómo pueden evitar las empresas esta situación? La solución no es fácil ni rápida y tampoco existen recetas universales.

Las empresas tendrán que poner de su parte. Por ejemplo, estableciendo restricciones de recursos y de usos, rediseñando puestos de trabajo y equipos, trabajando los estilos de liderazgo o mejorando los criterios de selección.

Pero tú no puedes esperar, tienes que poner de tu parte, enfrentando esta situación de sobrecarga de manera proactiva.

  • Sin miedo a tus jefes, sobre todo si haces bien tu trabajo y si las métricas por las que te miden están en verde. Hablando se entiende la gente, así que habla con ellos para asegurarte de que toda esa sobrecarga les genera realmente valor
  • Pidiendo ayuda a quien se maneje mejor que tú. Pero no para que te lo haga, sino para que te enseñe a hacerlo. Activa tu red, reconectando con viejos colegas, gerentes y contactos. Y olvida ese rollo de que es que yo “no soy nada digital” y el “no me gustan las redes sociales”.
  • Asumiendo que, junto con las manos, tendrás que poner a trabajar tu cabeza, para desarrollar una nueva mentalidad y unas nuevas actitudes en la oficina a las cuales puede ser que no estés acostumbrado: más hacer sin preguntar, más documentar y contar antes de que te pregunten, y menos esperar que todo suceda en tiempo real. Actitudes de las que ya hemos hablado (y lo seguiremos haciendo) en este blog.

Porque, como es indudable que las herramientas tienen sus ventajas, por muy lado oscuro que también puedan tener, habrá, digo yo, que centrase en aprender a usarlas en nuestro beneficio.

El reto es aprender a no agotarse con tanta videoconferencia, a no dejar que el email o el WhatsApp te marquen el ritmo y sobre todo, a crear relaciones cálidas y de valor en el ámbito de la conexión digital. Porque, el trabajo telemático está aquí para quedarse.

Se puede. Te lo aseguro.

Y recuerda, tú no eres solo tu trabajo. Invierte en ti, en tu salud mental y física, y también en tus actividades más allá de lo laboral.

No dejes que la tecnología te haga perder tu identidad ni tu buen hacer profesional.

Te invito a salir de la rueda del hámster.

@vcnocito