Millones de personas en Estados Unidos han decidido dejar su puesto de trabajo en los últimos meses en lo que ya se llama “La Gran Dimisión” o «La Gran Renuncia» (en inglés The Great Resignation). Esto que parece ser la última gran consecuencia de la pandemia, ha pillado a muchos por sorpresa. La tendencia comenzó en primavera aunque las alarmas saltaron con los datos de agosto. Solo en ese mes, 4,3 millones de personas abandonaron su puesto de trabajo, la cifra más alta en los últimos veinte años. Ya en el segundo trimestre de este año dejaron su empleo 11,5 millones de personas, o lo que es lo mismo, el 2,6% de la fuerza laboral de EEUU. La consecuencia es que hay 7,7 millones de personas sin empleo allí a la vez que hay disponibles 10,4 millones de vacantes profesionales abiertas.

Los sectores más afectados son la hostelería, el transporte y los trabajos que tienen que ver con atención al público, aunque se han despedido de su trabajo gente de todas las profesiones incluyendo lo que los anglosajones llaman trabajos “white collar” (de cuello blanco), es decir, los trabajadores bien pagados que van o más bien iban con traje a la oficina: financieros, directivos, consultores. Otro aspecto importante: están abandonando su trabajo muchas más mujeres que hombres, hasta tal punto que el presidente Biden ha propuesto un “plan familias” que subvencione las guarderías y la educación preescolar de manera que el dejar el trabajo para cuidar de los hijos pequeños no suponga casi un ahorro económico para las mujeres americanas.

¿Y por qué se van? Esa es la cuestión. Hay opiniones para todos los gustos y supongo que todas tienen algo de razón: condiciones laborales precarias, sueldos bajos cuando no directamente miserables, o al contrario, gente que ha ahorrado mucho después de meses sin gastar en ocio y viajes y que han obtenido últimamente grandes rentabilidades con sus inversiones financieras (parece ser que el americano medio invierte en bolsa mucho más que nosotros y allí la bolsa y las criptomonedas han subido una barbaridad en los últimos tiempos). Es como que los de abajo no aguantan la explotación y los de arriba llevan tiempo planeando la escapada. Pero también son causas de esta gran dimisión la reticencia a volver a la oficina tras muchos meses teletrabajando o simplemente, que la gente ha descubierto que se vive mejor sin ir todas las mañanas al trabajo a aguantar al pesado del jefe.

Los trabajadores están quemados. Están hartos. Están fritos”. Esta frase que puedes leer en este artículo de la revista Time creo que es aplicable a la fuerza laboral de cualquier país. La gente que está dejando sus trabajos lo hace porque buscan empleos con un significado y un propósito y que además les ofrezca flexibilidad laboral y posibilidades de conciliación. No solo se trata de estar o no quemado en el trabajo sino que la gente quiere seguir teletrabajando y las empresas que retiran esa flexibilidad son las que están más cerca de perder a sus trabajadores.

¿Y qué pasa en España? Pues la situación no es ni de lejos la de Estados Unidos, y tampoco el mercado y las condiciones laborales tienen mucho ver. Sí tengo la impresión de que muchos trabajadores se están planteando cambiar de trabajo, aunque esa intención no siempre se lleva a cabo. De lo que sí estoy convencido es de que se está produciendo un cambio en el concepto de trabajo, un cuestionamiento de las condiciones laborales y un hartazgo generalizado, más notable en los jóvenes. Las encuestas dicen que son los millenials y la Generación Z los que menos quieren volver a la oficina. El tiempo pasado en casa durante la pandemia ha provocado que mucha gente se replantee su vida y nos ha hecho a todos más conscientes de nuestra fragilidad. A la vez, las condiciones de teletrabajo y flexibilidad laboral tienen cada vez más importancia en la búsqueda de empleo y estas demandas de flexibilidad laboral no solo se van a mantener, sino que van a aumentar, y si las empresas no disponen de estas medidas, se quedarán fuera del mercado.