Una de las protagonistas de los JJOO de Tokio que acaban de finalizar ha sido la gimnasta norteamericana Simon Biles. Ya lo era antes de iniciarse los juegos como máxima favorita a ganar seis medallas de oro y convertirse así en la mejor gimnasta de toda la Historia sin ninguna discusión. Todo el mundo estábamos pendiente de ella, incluso los no aficionadas a la gimnasia como yo deseábamos poder admirar esos saltos asombrosos que solo ella es capaz de hacer. Simon arrancó con un debut no muy afortunado, con algún que otro fallo impropio de su nivel, y entonces llega la sorpresa y el verdadero protagonismo de Simon: anuncia que se acaba su participación en los juegos tras esa primera jornada: “Después de la actuación que hice, no quería seguir. Tengo que centrarme en mi salud mental. Tenemos que proteger nuestra mente, nuestro cuerpo y no limitarnos a hacer lo que el mundo quiere que hagamos“. Esos fueron sus argumentos.

Protagonismo por lo inesperado del anuncio y sobre todo por lo inusual del mismo. Sigue habiendo un cierto tabú (cada vez menos, eso sí) en hablar de enfermedades mentales, y más aun si es un personaje público como un deportista de élite, que parece que no tuviera derecho a estar preocupado porque lo tiene todo: dinero, fama, influencia… Se podría pensar que presión es la que tiene el autónomo que no puede permitirse cerrar su negocio más de unos pocos días al año por vacaciones porque si no, su familia no llega a fin de mes. Y sí, eso es presión. Pero también lo es el ponerse unas metas demasiado altas y agobiarse por la duda de si seremos capaces de alcanzarlas o no.

Siempre he pensado que en el deporte en particular y en la vida en general, la diferencia entre los buenos y los mejores radica en cómo se es capaz de sobrellevar la presión en los momentos decisivos. Casi cualquier persona sería capaz de dar un puntapié bien fuerte a un balón y marcar un gol de penalty, pero pocos son capaces de hacerlo en el penalty decisivo de la tanda que decidirá si tu equipo gana un titulo o no. El exceso de responsabilidad, el miedo al fracaso y a no estar a la altura te atenaza y en vez de pegar fuerte al balón, le das flojito a las manos del portero.

Esto que se puede entender en el mundo del deporte ocurre tal cual en el mundo laboral. Todos hemos tenido presión alguna vez presión en nuestro trabajo, sea lo que sea a lo que nos dediquemos. El como se gestiona esa presión es una de las cosas que marca la diferencia entre los que llegan a tener cargos de responsabilidad y los que no. Hay gente a quien le encanta el protagonismo, que gozan con la adrenalina de sacar adelante las situaciones complicadas. Cuando yo trabajaba en soporte técnico, tenía un jefe que era tan simpático como caótico y desordenado en el día a día. Pero cuando surgía una incidencia seria en un cliente importante, nunca he visto a nadie que lo gestionara tan bien como él. Su simpatía servía para desdramatizar las situaciones y su desorden genético le llevaba a ser capaz de gestionar el desorden que se daba en esas situaciones con total naturalidad. Le encantaba esos momentos de presión y por eso llegó a tener un puesto muy importante en la organización.

Sin embargo, la mayoría de la gente no estamos tan cómodos en esas situaciones. Dudas, no sabes muy bien que hacer, dramatizas el problema y te bloqueas. No es negativo ni mucho menos. Simplemente ocurre que cada uno tenemos nuestras propias capacidades y nuestras propias ambiciones y objetivos. El problema viene cuando hay un desajuste entre esas capacidades y los objetivos que nos imponen o nos imponemos. Entonces intentamos cumplir con esos objetivos en una especia de huida hacia delante, cuando en realidad es mucho mejor parar y ser conscientes de que no se llega. Pero también es más difícil porque quedas mucho más expuesto.

Hubo quien, como el tenista Novad Djokovic, criticó la decisión de Simon Biles. Siento que la presión es un privilegio y que sin ella no existiría el deporte profesional. Los que queremos estar en la cima debemos aprender a lidiar con eso, tanto dentro como fuera de la cancha dijo Djokovic y fue muy criticado por ello, pero sinceramente pienso que también tiene mucha razón. Hay gente a la que le encanta la presión, lo que me parece perfectamente respetable. Lo único es que no todos somos iguales y por tanto, lo que hay que hacer es tener claras nuestras capacidades, qué queremos hacer y donde queremos llegar en nuestra vida laboral. Y si la situación nos empieza a superar, lo mejor y más valiente es parar. Y tan respetable y meritorio es quien toma la decisión de seguir adelante como el que prefiere dar un paso al lado. Lo importante siempre es la salud y la felicidad personal.