Mucho se escribe sobre cuáles deben ser las características de un buen líder. Gente con más experiencia en estas materias que yo escribe libros o imparte seminarios detallando esas características y aconsejando qué podemos hacer para convertirnos en buenos líderes. Sin embargo, creo que la verdadera clave del liderazgo, dentro y fuera de la empresa, es realmente bastante sencilla: saber mantener buenas conversaciones.

No se trata de la comunicación estratégica o corporativa, ni de saber hablar bien en público. Por “buenas conversaciones” me refiero a acertar en como hacemos llegar la información a los diferentes públicos que tenemos dentro de la empresa, y reflexionar sobre el “cómo” y el “para qué” decimos lo que decimos. Porque parto de la premisa de que las empresas son en realidad redes de conversaciones donde continuamente se establecen conexiones, coordinan acciones  y se acuerdan compromisos.

En las empresas de hoy en día hay muchísima gente con las mismas habilidades técnicas (lo que los expertos llaman hard skills). La diferencia la marcan cada vez más las soft skills que tengamos, es decir, nuestras habilidades sociales y comunicativas, o dicho de otra manera, como lidiamos con los conflictos y como nos hacemos entender por nuestro entorno laboral. Dice el Carnegie Institute of Technolog que “el 85 % del éxito financiero de una persona se debe a su personalidad y habilidad de comunicar, negociar y dirigir; asombrosamente, solo el 15 % se debe al conocimiento tecnológico”.  Las hard skills, como el valor en la mili, se dan ya por supuestas. Las soft skills  son las que diferencian a los buenos líderes del resto.

Entonces, un buen líder debe ser ante todo un buen conversador. Ojo, conversador, que no monologuista. Porque se trata de saber escuchar a todo el mundo, valorar sus puntos de vista y entender las motivaciones y los objetivos de los demás. Un líder debe saber escuchar, recoger mucha información y luego filtrar aquello que sea interesante y pueda aportar valor al grupo. El líder es el responsable de hacer partícipe a su equipo de las conversaciones en las que se diseñe la estrategia del grupo, animando a que cada uno haga sus aportaciones a ella porque aunque es seguro que muchas de esas aportaciones no llegarán a cristalizar en nada concreto, también es seguro de algunas de ellas serán de mucha utilidad.

Y después, el adjetivo “buena”, que siempre es muy relativo. Porque no se trata de que el líder “haga el sacrificio” de dedicar 5 minutos a la semana a su equipo y les pregunte todos los lunes el típico “¿qué tal el fin de semana?”. Se trata de mostrar interés sincero por las inquietudes del resto del equipo, especialmente en el plano profesional pero también, por qué no, a nivel personal. Una buena conversación siembra confianza y facilita aclarar las cosas. Por eso, el lenguaje es un componente fundamental del liderazgo. Las palabras que se dicen y el tono y el momento en el que se pronuncian influyen notablemente en el estado de ánimo del equipo y de los demás colaboradores, y creo que son casi siempre un fiel reflejo del estilo de liderazgo de cada uno.

Por otra parte, cuando hablo de “liderazgo” no estoy pensando en el director general de la compañía, sino en cualquiera de nosotros, que puede ejercer de líder silencioso en el equipo de su proyecto o entre sus propios compañeros. Por eso creo que mantener buenas conversaciones en el trabajo debe convertirse prácticamente en una obligación para todos. Aunque claro, los resultados finalmente no llegarán por el simple hecho de conversar… sino por los hechos que vengan como consecuencia de esas conversaciones. Lo que pasa es que cuanto más (y mejor) hablemos en el trabajo, más fácil será llegar a consensos que cristalicen finalmente en resultados.

 

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