¿Sientes que cada vez necesitas agendar con más tiempo cada cita personal o profesional? ¿Qué no paras de escuchar eso de «estoy hasta arriba» o «es que no me da la vida»?
Un poco harta ya de este rollo de la hiperocupación (al que, conste en acta, no soy en absoluto ajena) me da por reflexionar hoy sobre esa trampa silenciosa de la que todos nos quejamos, sin bajarnos ni un poquito de ella, pero que casi nadie cuestiona. Al menos no de manera eficaz.
Compro eso de que, hace años, lo de estar a tope era impepinablemente una credencial de prestigio.Tu éxito se medía por lo muy (o muy poco) ocupado que estabas. Si estabas ocupado, era porque tenías la confianza de tus mayores, porque tu trabajo era realmente bueno y porque todas las horas que echabas servían para algo.
Y tanto lo admiramos, que empezamos a imitarlo…
¿O hay más «tomate» detrás de lo de vivir en la rueda del hamster?
Está claro que lo hay, aunque no siempre seamos capaces de verlo.
Es mucho lo que no cuadra.
En primer lugar, hoy todos sabemos que vivir en ese estado permanente de urgencia no es sinónimo ni de éxito ni de buen desempeño. Sino de justo lo contrario.
En segundo lugar, hasta el más ingenuo se cosca ya de que “que no te dé la vida” no es sostenible para ti, ni es eficiente para quienes ser relacionan contigo…ni es inteligente como modelo colectivo.
Así que ¿Por qué no dejamos de aplaudir la hiperocupación… y empezamos a cuestionarla?
¿Qué nos impide bucear en lo que significa realmente «estar ocupado»? ¿O en qué queremos decir en realidad cuando decimos que “estamos hasta arriba”? ¿O en quién está realmente ocupado? ¿O en cómo se comporta quien realmente lo está?
Y sobre todo ¿Por qué seguimos dando a la hieperoocupación un valor que no merece, como si estar ocupadísimo fuera el sumun de profesionalidad y triunfo personal?
Obviamente esto de la hiperocupación es una pantalla del tamaño de la de esos cines de nuestra infancia que ya no existen.
O la madre de todas las trampas sociales.
¿Razones? ¿Consecuencias?
Un ecosistema lleno de fuerzas subterráneas en el que afloran claramente (al menos para mí) algunas cuestiones nada menores.
La agenda llena como medalla al mérito
No puedo obviar (y que levante la mano quien no lo viva en carne propia) en lo profundamente tranquilizador que hay en decir “no paro”. Tu Pepito Grillo particular está encantado: si estás desbordado, entonces estás aportando; si no tienes huecos, eres necesario…o mejor aún, eres imprescindible.
Y así nos confunde el logro de tener la agenda llena con lo que en realidad aporta tu trabajo o con lo que se perdería si dejaras de hacerlo. Porque nadie cuestiona tu contribución si puedes demostrar que no paras.
Tan conforme estamos que no nos damos cuenta de cómo esta coartada nos lleva a un absurdo: ¿Quién se atreve hoy a decir “tengo tiempo” sin sentir que está confesando una falta grave?
El autoengaño detrás del culto al “voy a tope”
Decir que estás muy ocupado, incluso estándolo de verdad, no es solo una pantalla.
Es más bien un potente escudo: Porque si estás a tope, no tienes que preguntarte si estás haciendo lo correcto.
“¿Esto aporta valor?“, “¿Esto debería hacerlo yo?”, “¿Esta es la mejor de mis opciones?”… no hay margen para ninguna de estas dudas.
¡Mejor!
Me pregunto que cómo hemos llegado al punto en el que da menos vértigo seguir como un pollo sin cabeza que dejar espacio a la opción de dejar de serlo.
Y no.
Lo de encadenar reuniones, tareas, correos y pequeños fuegos que apagar, no siempre es culpa es de tu jefe, ni de tu cliente.
La primera cuestión a la que deberíamos enfrentarnos en cuántas de esas batallas te las impones/inventas tú. Y qué es lo que en realidad esperas a cambio. Si es que tu corre-corre te ha dado margen para que te lo plantees.
La ganancia a corto y el coste a largo plazo
La hiperocupación tiene un coste brutal.
Uno que, por cierto, casi siempre se paga a la larga.
Al principio, incluso engancha. Pero poco a poco empieza a pasar factura.
Te vuelve reactivo. Pierdes de vista lo importante. Lo que te da energía. Lo que tiene impacto real.
También estrecha tu mundo. Dejas de observar, de incorporar a tu conexión neuronal aquello que lees corriendo y en diagonal. No conectas puntos. No planeas. No te pones retos…. Y aquí comienza la infelicidad.
Y luego está el desgaste. No solo físico, que también, sino mental. Esa sensación de estar siempre llegando tarde a todo. De no terminar nunca. De que, hagas lo que hagas, siempre falta algo.
Lo más irónico es que todo esto ocurre mientras sigues proyectando eficiencia.
Lo que les haces a los demás (aunque nadie lo diga)
Vivir al límite del desborde arrastra a los demás a tu ritmo. Y eso, o les agobia sin aportarles nada, o los aleja de tu constante mal humor.
Y, sobre todo, normaliza una forma de funcionar donde el caos es norma.
El resultado no es más productividad. Es más fricción.
Una fricción que se contagia. Que acelera a la mayoría. Que “expulsa” a los menos. Que casi nadie tiene los arrestos de hacerte ver.
Y que, en todos los casos destruye (o al menos deteriora) relaciones y afecto.
la gran paradoja de no parar para… no ir a ninguna parte
Si uno mira a otros (con uno mismo cuesta más) lo ve claro meridiano: curra sin parar, pero lo que resuelve/consigue no está ni de lejos a la altura de ese esfuerzo.
No es por falta ni de capacidad ni de compromiso. Es que le da a todas las bolas sin levantar siquiera la cabeza. Cuando se pierde contexto, foco y prioridades se puede ser muy eficiente apagando fuegos, pero lo de diseñar futuros se vuelve una cochambre. No se crece, no se avanza, no se mejora.
Y encima, cansa que no veas.
Sin embargo, seguimos reforzando el modelo de hiperocupación porque da sensación de control. Porque es lo que hacen todos. Porque cuesta la vida decidir no hacer. Porque nadie nos enseña a proteger espacios de pensamiento. Porque a nadie le importa (o le interesa) que los tengas.
Esta dinámica no es inevitable
Ya… Eso dicen los libros.
Pero romperla no es nada fácil.
Porque la inercia es poderosa.
Porque la presión social lo es aún más.
Porque cuesta dejar de ser lo que estás siendo.
Es jodidamente difícil parar. En lo individual y en cualquiera que sea la dinámica de grupo (familia, trabajo, amigos…) que estés considerando el cambio.
Y aunque son muchos los que dicen que el cambio empieza por ti (protege tu agenda, gestiona tus prioridades, busca en por qué en lo que haces…) no descartes la incómoda idea de descubrir que eres tú quien más y mejor alimenta la hoguera de la hiperocupación.
Por mucho que te joda reconocerlo.
Y si ese es tu caso (como el mío y el de la mayoría), acepta que no hacer cosas no es sinónimo de no aportar. Que proteger tu espacio y generar huecos no es sino una condición necesaria para hacer más y mejor las cosas.
Y al resto de hámsters, ejemplo y discurso
Revisa tus expectativas y las suyas. Para tener claro lo que estás dispuesto a dar y lo que no. Y qué precio pagarás por ello (clave para entender si lo puedes asumir o no)
Rediseña tus comportamientos. Asume que les sentará fatal pero, tranquilo, que se acostumbrarán.
Ignora (el 100% de las veces) lo inadecuados de los suyos.
Di algún que otro “No”. Delega siempre que puedas.
Y sobre todo, deja de admirar el modelo de quien “no para” y empezar a valorar al que hace que las cosas pasen… sin necesidad de estar siempre ocupado.
Deja de pensar que eso de que “no te dé la vida” es un puto logro.
El verdadero éxito
Cada día tengo más claro que el verdadero éxito no es estar ocupado, ni todo lo contrario. El éxito está en el equilibrio.
Por cierto, como casi todo en la vida.
Recordando que el tiempo es una elección. Que debería ser tuya al menos en buena medida.
Gana quien dedica espacio para para pensar. Para decidir. Para anticipar. Para hacer menos cosas, pero mejores.
Porque cuando todo el mundo corre, el que se detiene (sabiendo por qué y para qué lo hace) tiene una ventaja enorme.
Aunque no suene tan heroico.
Lo importante es que suene alto y claro:
Merece la pena tener claro cual es el nuestro.
La histeria actual no es una condición necesaria ni inevitable de la vida. Es algo que hemos elegido, aunque solo sea por nuestro propio interés (cada uno sabrá cuál)
Esta pretensión de indispensabilidad como algo más que una forma de autoengaño individual, social y laboral.
Asumiendo el poder de lo mucho que mola sentirse importante, activo y resolutivo. e institucional. Y también, con la misma fuerza, la importancia de buscar el equilibrio entre el espacio vacío y la frenética lucha del resto del mundo.
La vida es demasiado corta para tenerla siempre ocupada.
Sé que es difícil cuando lo lista mental de tareas pendientes nunca para de crecer. Pero de verdad que no se puede estar con la lengua fuera siempre.
Yo trato todos los días (algunos con mucho más éxito que otros) de aplicarme el cuento.
