Se nos ha dicho que la inteligencia artificial haría por nosotros la parte de nuestro trabajo más dura, más repetitiva y más aburrida, lo que nos daría más tiempo para hacer trabajo de calidad, para pensar y para aportar más valor. Sin embargo, la realidad es que pasamos hasta un 50% del tiempo total de una tarea verificando datos por miedo a las famosas alucinaciones de la IA. Al menos esa es la conclusión a la que han llegado las investigaciones más recientes de Harvard, MIT y BCG, analizando el tiempo que los profesionales del conocimiento emplean en el refinamiento de lo que la IA genera. En otro estudio de Microsoft (Microsoft Work Trend Index 2024), los usuarios de la IA reportaban hasta 90 minutos de ahorro de tiempo a la semana, pero paradójicamente, también un aumento de su fatiga.
Muchos estamos acostumbrados al trabajo multitarea y a atender el correo y los mensajes de Teams mientras estás en una reunión en remoto. A eso se le está añadiendo el hábito de consultar de manera compulsiva lo que nos dice la IA sobre un determinado tema. Nos hemos vuelto dependientes de ella hasta el punto de consultarle algo referente a una reunión antes de decirlo nosotros mismos. Por ello, el uso de la IA está genera un estrés inédito hace dos o tres años. La inmensa mayoría de la gente reconoce que agiliza su trabajo, pero eso no les libra del impuesto del aumento del estrés.
Es decir, la IA nos ahorra tiempo, eso a estas alturas es una evidencia, pero no estamos dedicando ese tiempo a hacer cosas más creativas o a descansar. Es más, las investigaciones que mencionaba anteriormente vienen a decir que el uso de la IA acrecienta la sensación de prisa constante, de que el flujo de trabajo nunca se detiene. La misma sensación que debe tener el hámster que corre continuamente en la rueda de su jaula.
La IA ha nacido para facilitarnos el trabajo, pero en la práctica lo que está sucediendo es que lo está transformando. Antes ejecutábamos, y ahora además supervisamos, corregimos y asumimos la responsabilidad de lo que genera la IA. Es un tipo de trabajo distinto, pero no deja de ser un activador de estrés. La clave es usar la IA partiendo de un planteamiento propio, conociendo los puntos fuertes y débiles de las herramientas, con el objetivo de contrastar la respuesta y decidir después. De esta manera, pasamos de vigilar todo lo que genera la IA a validar con criterio propio sus respuestas. Porque lo que producen estas herramientas no son verdades absolutas ya que no han sido diseñadas para sustituir al trabajador, sino para complementar su labor.
Otra conclusión de los estudios anteriores es que los trabajadores que sienten que su rol está siendo vaciado de contenido por la IA están más cerca de estar quemados (el famoso “burn out”) porque ven que han pasado de ser profesionales a simples operadores de máquinas, lo que mata la motivación. Si delegamos demasiado en la IA, nos volvemos seguramente más productivos, pero menos relacionales, menos influyentes, y en cierta manera, se atrofiarán las habilidades que nos han llevado a ser buenos profesionales. No es tanto fatiga mental, sino una crisis de identidad.
Quizá la clave reside no tanto en el uso de la IA, sino en la preparación previa. La capacitación y el conocimiento general del funcionamiento de las herramientas son fundamentales para el uso eficaz de la IA. El punto de partida está claro: la IA reducirá nuestro trabajo, pero no lo asumirá por completo ni deberá generar una dependencia constante de ella. Hay que definir bien las tareas para las que se usa y evitar la sobrexposición. No todo requiere IA, es la conclusión final.
