Según la RAE la palabra soberbia significa “Satisfacción y envanecimiento por la contemplación de las propias prendas con menosprecio de los demás“. Seguro que todos conocemos a alguien en nuestra oficina que cumple con esa definición de persona soberbia: Aquel que se cree todopoderoso, que nunca admite sus errores, no escucha ninguna opinión que no sea la suya y menosprecia todo lo que no venga de él directamente. Una persona soberbia es aquella que parece alegrarse cuando a alguien le va mal y resentirse cuando a otro alguien le va bien, como si lo viera como una posible competencia a su reinado. Siempre están hablando de sus grandes logros y méritos como hazañas épicas al alcance solo de semidioses como ellos y muy lejos de los pequeños mortales como los demás que los rodean.

Entendida así la soberbia es un pecado practicado no solo por personas sino también por muchas organizaciones que piensan que son infalibles, que nada podrá acabar con ellos y que están en posesión absoluta de la verdad. Y el problema de la soberbia en las organizaciones es que puede llevarlas sin que apenas darse cuenta a una muerte rápida. Tenemos infinitos ejemplos de ello: Kodak nunca pensó que las cámaras digitales triunfarían y supuso que a todos nos encantaría seguir revelando fotos usando sus fantásticos carretes, o BlackBerry subestimó absolutamente el impacto que tendría el iPhone, pensando que su tecnología y sus terminales eran tan seguros, robustos y fiables que nadie querría pasarse a un frágil terminal prácticamente de cristal. ¿Dónde están ahora empresas como Kodak o BlackBerry?

Decía San Agustín que “la soberbia no es grandeza sino hinchazón; y lo que está hinchado parece grande pero no está sano”. Y así veo yo a los soberbios, como personas (u organizaciones) “no sanas”, que en realidad no se conocen bien a sí mismos y tienen una percepción equivocada de la realidad, lo que muchas veces les lleva a cometer graves errores porque no saben medir bien sus propias capacidades ni el tamaño del desafío al que se enfrentan .

Entonces, centrándome en las personas soberbias, ¿cómo tratar con este tipo de gente en el trabajo? Son perfectos ejemplos de personas tóxicas con las que puede ser realmente desesperante interaccionar ocho horas al día. Lo mejor es intentar evitarlos pero como eso no siempre es posible, hay que llevarlo con paciencia. Así que lo primero es no compararse con ellos y no dejar que tu autoestima se venga abajo pues como ellos parecen tan estupendos y fenomenales, es fácil que uno se sienta en un principio pequeño y torpe a su lado. Hay que pensar que de hecho suele ser al revés, y que una persona excesivamente soberbia con frecuencia toma muy malas decisiones por sobreestimar sus capacidades.

Es muy fácil discutir con una persona soberbia. No se dejen aconsejar, nunca ceden en su postura y es muy difícil sacarles de sus errores, así que trabajar con ellos es una fuente de estrés permanente. Hay que aprender a mantenerse tranquilo y no alimentar a la bestia con discusiones que no conducen a nada. Suele funcionar el ceder en algo a lo que no te importe mucho renunciar pero a cambio mantenerse firme en los puntos importantes, porque si no el soberbio acaba contigo.

Seguro que todos nosotros hemos cometido alguna vez el pecado de la soberbia. Se puede llegar a pensar que lo sabes todo sobre un tema y que el de al lado viene sin tener ni idea a decirte a ti, y parece que solo a ti, lo que tienes que hacer. Error. Siempre hay que estar abierto a aprender y a tratar de hacer las cosas de manera distinta si con eso se mejora. Debemos escuchar las opiniones de todos con la mente abierta. Quizá no te convenzan y no te aporten gran cosa, pero dicen que la humildad es el principio de la sabiduría… Empecemos por ahí entonces.

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