He pensado en escribir sobre las redes sociales y las empresas tras leer la noticia de ese concejal del Ayuntamiento de Madrid que llamó “fondona” a otra concejal en Twitter. No es ni mucho menos un caso aislado de metedura de pata de un político en Twitter: otro concejal se hizo famosísimo al día siguiente de su nombramiento por haber bromeado sobre el holocausto judío en la misma red social, un diputado imitaba más bien burlonamente al presidente del gobierno en su TL… la lista de errores y salidas de tono es infinita y no entiende de colores o sesgos políticos.

Por supuesto, no solo los políticos se equivocan en Twitter: deportistas, empresarios, cantantes… y cuentas corporativas de empresas: Hay casos famosos, como el del Community Manager de Bankia que en plena crisis de la entidad se preguntaba si la película El Padrino enseñaba lecciones de liderazgo, o cuando una marca de refrescos daba el pésame por la muerte de Alvaro Bultó practicando paracaidismo extremo diciendo que “se había ido un amigo que siempre voló alto”.

Quizá por este miedo al error, a muchas empresas no les gusta que sus empleados sean activos en redes sociales. O puede que en realidad se trate de miedo a lo que los empleados puedan decir de la empresa en las redes. En algunos casos, incluso impiden el acceso desde los PCs corporativos a sitios como Facebook, Twitter o Instagram.

A mí me parece que la empresa o el jefe que piense así es porque vive todavía en la Edad Media. Es más, creo que los directivos de las empresas deberían animar a los empleados a que sean activos en las redes sociales, motivándoles a que participen y debatan con otras personas. Quien quiera hablar mal de la empresa, va a poder hacerlo igual desde su casa. Y por el contrario, poner trabas al acceso de los empleados a las redes sociales es perder uno de los más potentes canales de publicidad y difusión de marca que tiene una empresa. Porque es mucho más creíble el mensaje que un empleado de una empresa escribe sobre un producto de una marca que ese mismo mensaje lanzado desde la cuenta corporativa. Y si una persona tiene una legión de seguidores en una red social, debería ser un motivo de alegría para la compañía en la que trabaja porque esa persona le está abriendo una puerta a la empresa para llegar a todos esos seguidores, y no un motivo de preocupación o mosqueo por aquello de que, quizá, las redes sociales le resta tiempo del trabajo.

Ojo, que no se trata de obligar a nadie a escribir o participar contra su voluntad. Eso sería contraproducente. Se trata de que las empresas den la ayuda y soporte adecuado para que las personas participen en las redes sociales. ¿Por qué no un curso sobre redes sociales a los empleados para minimizar la probabilidad de que se equivoquen? ¿O por qué no ceder un tiempo a la semana para que puedan participar en un blog corporativo aportando su conocimiento y experiencia sobre un tema en concreto? También creo que los jefes deberían dar ejemplo y participar activamente en las redes sociales, casi por obligación como parte del cargo.

Podemos parafrasear aquella frase de que “la ciencia avanza que es una barbaridad” para resaltar que la sociedad ha cambiado por completo en solo unos pocos años. Es imprescindible adaptarse a los nuevos tiempos, aunque parece que algunos todavía no se han enterado.

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