La humanidad cambió notablemente en el siglo XX, no solo impulsada por los vertiginosos cambios tecnológicos, sino también por algo mucho más curioso. Después de miles de años moviéndose constantemente para poder sobrevivir, el ser humano pasó de repente a permanecer sentado delante de una mesa de oficina durante ocho horas al día, si no más. Proliferaron los ascensores en vez de las escaleras, los coches en vez de una larga caminata y las fábricas en sustitución del trabajo de campo. Consecuencia: el ser humano engordó. Registros de la época victoriana (finales del siglo XIX) nos indican que el peso promedio masculino rondaba los 63,5 Kg y el femenino los 56 Kg. Hoy el peso medio de un adulto europeo se sitúa en 70,8 Kg, superando los 80 Kg en Norteamérica. Aunque el cuerpo humano seguía siendo básicamente el mismo, pero el entorno cambió.

Y a ese incremento de peso le siguió otra consecuencia: aparecieron los gimnasios, que si lo piensas, es un concepto bastante extraño, ya que pagas un buen dinero al mes para levantar hierros pesadísimos sin más objetivo que volver a dejarlos donde estaban. Por no hablar del running, o lo que es lo mismo, pegarte una paliza a correr llueva o haga sol para no ir a ninguna parte. Al final, se trata de mover el cuerpo de forma forzada, porque el trabajo moderno ya no lo hace.

Lo curioso es que con la mente nos está pasando lo mismo. Antes éramos capaces de memorizar una buena cantidad de números de teléfono y ahora a duras penas nos acordamos de nuestro número de móvil. De niños éramos capaces de hacer operaciones de cálculo mental mucho más rápidamente que ahora, y nos orientábamos mucho mejor porque hoy no somos paces de salir de nuestro barrio sin la ayuda de un navegador. Se podría decir que nuestro cerebro también  está engordando, como lo hicieron nuestros cuerpos.

Pues ahora, con el auge de la Inteligencia Artificial, esa tendencia se agudiza. Y no lo digo yo, lo dice un artículo de Harvard Business Review que describe un fenómeno curioso que aparece entre los usuarios intensivos de IA: el “brain fry”. Confías en que todo lo haga una IA o un agente y ya no eres capaz de escribir un email o leer un documento que tenga más de dos páginas. Tu reacción ante esas tareas es cansancio mental, estrés, ansiedad, y desconexión.

Al igual que con la parte física, nuestro cerebro ha estado entrenándose durante siglos para concentrarse, recordar, analizar, resolver problemas y aprender ideas. Y ahora con la IA muchos empiezan a delegar esas tareas. Recordar un dato, sintetizar una idea, escribir un texto, buscar una idea creativa, o hasta el pensamiento crítico lo estamos delegando en una IA. Incluso preguntamos a la Inteligencia Artificial cuál es su opinión sobre cuestiones éticas o morales para que nos ayude a construir nuestra propia opinión.

Al igual que pasa con el cuerpo, la mente se atrofia de no usarla, así que no es de extrañar que como comenta mi compañero Alex Fuenmayor en su newsletter Innovation by Default,, no tardando mucho aparezcan gimnasios mentales para cerebros hiperautomatizados, similares a los gimnasios actuales, pero sin pesados hierros que levantar. Serán lugares y herramientas diseñados para potenciar capacidades que el entorno tecnológico tenderá a sustituir. Espacios para entrenar la capacidad de concentración, la memoria, el aprendizaje lento y el pensamiento crítico. Porque quizá dentro de unos años pensar por uno mismo empiece a parecerse mucho a lo que es el running hoy: algo sano, no muy habitual, y sorprendentemente sacrificado para mucha gente.