Me he topado hoy, por cuestiones que no vienen al caso, con una escena atribuida a Heródoto, que, empiezo a pensar, debería estudiarse en el cole. Dice algo así:
Creso, rey de Lidia, que era algo así como el Tio Gilito de la antigüedad, estaba encantado de enseñar a quien podía sus palacios, tesoros y riquezas. Parece que el día que se las enseñó, orgulloso, a un sabio ateniense (un tal Solón) no pudo evitar preguntarle a continuación que quién era, a su juicio, el hombre más feliz del mundo.
Creso esperaba escuchar su propio nombre. Pero Solón no dijo “tú”. Mencionó a hombres sencillos que habían vivido con honor, habían tenido hijos nobles y habían muerto bien.
Creso, flipando en colores, insistió. ¿Cómo podía no considerarle feliz a él, con todo lo que tenía? ¿No estaba viendo aquellas riquezas? ¿No entendía la dimensión del asunto? ¿No sabía valorar lo que tenía delante?
Solón le respondió que ninguna vida puede llamarse feliz antes de conocer su final. Que la fortuna cambia. Que el éxito de hoy no garantiza nada. Que la suerte no firma contratos indefinidos.
Creso no lo entendió.
O no quiso entenderlo.
Estaba demasiado ocupado confundiendo lo que tenía con lo que controlaba.
Porque la historia sigue…
No mucho después, Creso perdió al hijo, el reino y la compostura: Ciro, el persa, le recordó con bastante menos retórica que la fortuna no es un certificado de mérito, sino una cortesía provisional del universo.
Creso lo entendió tarde, claro. Como solemos entender los humanos: cuando la vida ya ha pasado la factura y no admite reclamaciones.
No hace falta ser rey ni tener palacios llenos de oro para caer en la misma trampa.
Basta con que nos haya ido razonablemente bien durante una temporada para que empecemos a considerar buenos resultado con pruebas irrefutables de nuestra «calidad superior». Olvidando la ayuda de otros, los momentos justos, de dónde venimos o la suerte que tuvimos al estar en el lugar adecuado en el momento más oportuno.
Empezamos a hacer el ridículo.
A patinar.
La fantasía del mérito puro
Nos encanta pensar que somos consecuencia directa de nuestras acciones y decisiones. Viste mucho en entrevistas y permite dormir con una agradable sensación de control.
Pero, si esto no es mentira, es, al menos, es una verdad muy incompleta.
Vivimos rodeados de narrativas donde esfuerzo + talento = éxito.
Y, donde, por tanto, falta de éxito igual a falta de esfuerzo, falta de talento o, lo que es peor, falta de actitud.
No digo que el mérito no exista.
Claro que existe.
Y el esfuerzo importa.
Mucho. Muchísimo
Negar eso sería injusto y una solemne estupidez.
Pero convertir el esfuerzo en la única explicación de una trayectoria donde las cosas te van razonablemente bien es otra solemne mezcla de estupidez y soberbia.
Porque la realidad es que hay personas talentosas y que se esfuerzan muchísimo y no llegan
Y si bien es cierto que hay personas que llegan porque se esforzaron, también lo es que llegan porque nacieron en cierto lugar, conocieron a alguien en el momento adecuado, estudiaron algo que justo explotó diez años después, tuvieron salud, estabilidad, una red familiar, un profesor que les vio, un jefe que les abrió una puerta o la simple fortuna de no cruzarse con una desgracia en mitad del camino.
La pregunta decente no es si merecemos lo que conseguimos. Esa suele ser la pregunta favorita de quien ya ha ganado, al estilo de Creso y necesita decorar la victoria con una coartada moral amén de con la admiración y/o el aplauso de terceros.
La pregunta que cambia tu manera de entender la vida, aunque arrugue un mucho tu ego, es cuánto de eso que atribuimos a nuestro mérito es talento, esfuerzo o carácter, y cuánto era simplemente la vida haciendo de ascensor mientras nosotros creíamos a pies juntillas que estábamos subiendo por las escaleras.
Porque una cosa es reconocer nuestros méritos (los que traemos de serie y los que aprendemos a sudar) y otra muy distinta es comportarnos como si hubiéramos construido solos el suelo que pisamos.
Pues al César lo que es del César.
Pongamos en su sitio el factor suerte.
Nos vendrá bien ser (de verdad) un poquito más humildes.
Que somos 100% producto del azar y de la suerte.
