Tengo amigos con una infinita habilidad para lanzarme un tipo de guantes que no puedo resistirme a coger. El último de esos guantes me lo lanza Nacho. Dice que quiere que hablemos de las capacidades que necesitaríamos desarrollar en los colegios en un mundo marcado por la Inteligencia Artificial.

La pregunta es tan compleja que veo posibilidades de respuesta desde muchos puntos de partida. Y desde luego, un paralelismo inmediato con las que deberíamos desarrollar todos los profesionales en activo.

Podríamos poner foco en las capacidades que “tenderán” a perderse

Y digo “tenderán” con toda la intención del mundo.

Porque nadie nos pone (ni nos pondrá nunca, espero) una pistola en la cabeza para que, en lugar de leer el libro que nos piden, corramos a internet a ver un video donde alguien (que ni sé quién es ni si lo ha leído) me lo explica en un minuto.

Tampoco existen otras fuerzas del mal que no sean la pereza y la falta de curiosidad que nos arrastren hasta chatGPT para dedicar un segundo y dos líneas a ese trabajo de biología que tampoco es la obra de El Escorial, en lugar de “perder el tiempo” revisando las partes de la flor (cambia trabajo de biología por propuesta de valor, oferta, informe o plan de acción).

O tal vez sí…

Nunca deberíamos subestimar lo muchísimo que es capaz de presionar el grupo. Y no sería de extrañar que eso de sentirte “perro verde” se te haga tan cuesta arriba que te lleve cambiar de hábitos. Y de valores. No pasemos por alto cómo se dispara el alcance de la presión social en un mundo donde las redes sociales nos envuelven tanto o más que el aire que respiramos.

Ni tampoco el impacto que en tu motivación pudiera tener el detectar que el propio profesor (que de todo hay en la viña del señor, y donde digo profesor digo jefe) es quien gana el campeonato de atajos para vagos. Haciéndote llegar a la triste conclusión de que es tontería dar margaritas a los cerdos. Y perdiendo así tu amor por las margaritas.

Podríamos centrarnos en trabajar las capacidades que nos harán aprobar más currando menos

Todo en aras de la productividad y la gestión efectiva (máximo beneficio con mínimo coste) de nuestros recursos. Tampoco estaría mal. De hecho, es lo que llevamos haciendo en los últimos 100 años.

Tanto es ese el foco hoy, que si te fijas, tanto la mayoría de la formación así como los desarrollos de nuevos productos relacionados con la IA, van por ese camino: Que las máquinas hagan tu trabajo en el menor tiempo posible.

No es que eso esté mal como concepto.

Yo soy, y creo que siempre seré, de las de automatizar todo lo que no te aporte valor. No creo que las lentejas estén especialmente mejor cuando las revuelves durante cuatro horas con infinito cariño que cuando las metes en la olla exprés. Sobre todo si no te gusta cocinar o tu paladar sigue anclado en el comedor del colegio.

Lo que no me convence de esta aproximación es su efecto a corto plazo.

Perdonadme el pesimismo, pero no puedo evitar extrapolar ese adónde nos ha conducido otras “facilidades” para aliviar el trabajo tedioso. ¿Dónde quedarían muchos si no ya no pudieran ni reenviar, ni cortar y pegar? Mejor ni lo pensamos…

Me encantaría pensar que la productividad asistida por inteligencia artificial supondrá el fin de esos mediocres que ponen como excusa que el agobio al que les somete su empresa “no les deja tiempo para pensar”. Pero me temo que, cuando lo tengan, entonces sí que tendremos un verdadero problema.

O podemos aprovechar el desconcierto para recuperar esas habilidades imprescindibles que hemos ido olvidando

Aprovechando el momento para combinarlas con las de todos esos asistentes inteligentes que nos van a liberar, al menos en teoría, de un montón de trabajo-churrera que ni nos gusta, ni nos reta, ni nos hace crecer.

Soy de las que me apunto a recuperar gran parte de esa esencia humana, creativa, rebelde, curiosa y orgullosa de sus obras, que tal vez tengamos demasiado oxidada.

Esta es, sin duda, mi apuesta.

Permíteme que te la explique en los próximos post, que dedicaré a las capacidades que yo enseñaría a un niño de primaria hoy. Y también a todas las personas que están la tesitura de tener que ganarse un sueldo.

Voy hoy con la que pondría en primer lugar.

La construcción de una Voz Propia

Dicen que nuestra sociedad está perdiendo diversidad cromática para ceñirse a una paleta de neutros.

No sé si somos conscientes de cuánto abundan los tonos que definen la ambigüedad, los mensajes que no se salen del tiesto manteniéndose en lo políticamente correcto, los productos indiferenciados que prefieren la supuesta confianza que emanan los datos a arriesgar rompiendo moldes… actitudes que llegan a pintarse como el colmo de lo deseable, y por tanto, de lo imitable.

Como si no hubiera otra apuesta ganadora que las cincuenta sombras de gris.

Yo creo que este tan poco deseable giro hacia lo neutro, responde a la idea generalizada de que no destacar nos protegerá de cagarla.

Ya sabes que, de normal, tiendo a la exageración.

Pero esta vez me temo que no exagero.

Statista reafirma la preferencia indiscutible en los últimos años por el gris entre los miembros de la Generación Z.  Otros informes confirman la superioridad indiscutible del gris (solo por detrás del blanco y el negro) en la industria automovilística, los logos de marcas, la moda o la decoración.

Son pocos quienes se están rebelando contra esta tiranía de lo grisáceo. Les rindo homenaje tomando prestado el eslogan del CEO de Fiat, que decidió hace dos años que no volvería a fabricar ni un solo coche gris, como título para este post.

Ole. Ole. Ole.

Dicen los sociólogos que este apalancamiento en el gris es una respuesta cultural y psicológica a los cambios que han marcado las últimas décadas. Tendría cierto sentido si pensamos cómo históricamente los colores han estado entrelazados con valores, jerarquías sociales, roles religiosos y hasta estados emocionales.

Visto así, no es casualidad constatar que también hemos limitado el uso de nuestra voz y la expresión de nuestra individualidad y nuestras emociones. Tal vez a modo de escudo o refugio psicológico ante una sociedad que cada vez más hace de la opinión su quintaesencia

O tal vez porque nos hemos creído eso de que lo neutro es más fácilmente encajable, versátil y combinable.

Que, ojo, algo de verdad tiene. Pero…

¿Acaso no levantan unos inesperados zapatos rojos cualquier look?

En un mundo de grises, ¿no gana quien apuesta por mojarse y mostrar sin disfraces sus señas de identidad?

Porque, no nos engañemos. La “grisificación” también ha conquistado el mundo laboral.

Lo de intentar disfrazarlo de piedra, grafito, topo, humo, plomo, ceniza, pizarra o aliento de elefante (va en serio, hay un gris al que llaman Elephant’s Breath), no cuela.

En un mundo lleno de clones que irá a más Big Data e IA mediante, importa no solo lo que haces, sino los detalles que te hacen único tanto como las palabras y el tono que eliges para compartir eso que haces. Yo soy de las que se apuntan a incluir más tonalidades, revitalizando no solo nuestro valor sino nuestra propia capacidad de expresar lo que podemos ofrecer.

Construir una voz propia no es tarea fácil

Y más en un mundo que nos invita creer que lo inteligente pasa por imitar eso que ya funciona. Sobre todo si lo dice esa «inteligencia de negocio» en la que hemos depositado tantas esperanzas (y tantos recursos).

Sí.

La diferencia es probablemente la capacidad más difícil de aprender a gestionar.

Pero atreverte a ser tú, con esas imperfecciones que te identifican, no sólo puede ser un superpoder que te ayude a ser reconocido, sino que, me huelo, será imprescindible en un contexto donde el mundo busca desesperadamente referencias que inspiren esa confianza que, ni el Big Data ni la IA con su enorme capacidad persuasora que llevan de serie, van a ser capaces de darnos.

¿Y eso cómo se hace?

Con mucha observación para encontrar ese “toque” especial que todos tenemos y que nos hace únicos y memorables, pero que tanto nos cuesta reconocer y abrazar. Amando y cultivando con especial mimo los detalles. Probando y equivocándonos hasta encontrar ese tono dónde te sientes cómodo.

Aceptando tu voz y tu imagen así como tu manera particular de expresarte. Incorporando tus gustos, tus preferencias, tus experiencias en casi todo lo que haces. Incorporando también metáforas, anécdotas y citas que te traen personas con las que vibras.

Disfrazándote mil veces hasta encontrar el placer de ir desnudo. Echándole arrestos y humor hasta a la más gris de las tareas.

Y desde luego, con grandes dosis de amabilidad hacia lo que cada uno de nosotros somos. Sin aceptarte no podrás jamás mostrarte.

Como alguien me dijo una vez: «Virginia, esos dientes tan feos te dan personalidad». Dinero que me ahorré en el dentista y en el psicólogo. Porque creedme que no es fácil dedicarte a sonreír cuando ni de lejos tienes una sonrisa Profident.

Si, yo ya sé lo que cuesta.

Es jodido.

Pero es tremendamente poderoso cuando aprendes a atreverte.

Habrá seguro momentos donde sea un tormento gestionar ese “qué pensarán” los demás. Donde se imponga el temor al descuadre, a defraudar expectativas, a no ser entendido ni valorado.

Pero, tarde o temprano, saldrá el sol que brillará con fuerza después de la tormenta.

Porque siempre sale.

A no dejar nunca de ser tú mismo es la primera de las enseñanzas que creo que tendríamos que afianzar hoy en los chavales. Y en lo que ya no lo somos tanto.

Enseñado a unos y a otros a cómo usar la IA (un excelente coach creativo) para el desarrollo de su personalidad única. Ayudándoles a asumir que esto es un proceso que tardará en dejar de llevar trozos que, aunque te encajen, no serán exactamente tuyos.

Pero… cuando todo huele a lo mismo, ¿hay mayor valor que oler diferente?

Piénsalo.

Y ponte a ello.

Que, con o sin la ayuda de IA, el pastel tarda en cuajar.

@vcnocito