Todos tomamos decisiones continuamente, cientos de ellas cada día, desde que nos despertamos por la mañana hasta que nos acostamos por la noche. La mayoría de esas decisiones son bastante intrascendentes (¿me pongo al camisa blanca o la azul?), otras de ellas de más calado (¿me presento a esa vacante que han abierto en el departamento de al lado?)… pero decisiones a fin y al cabo. Son tantas y tantas que la mayoría de ellas las tomamos sin pensar, de manera automática. El problema es que nuestro cerebro no siempre toma la mejor decisión, sino la que tiene programada para elegir en determinadas circunstancias. Esto son los llamados sesgos cognitivos, en los que se basa la economía conductual. De hecho, se dice que el 90% de las decisiones que tomamos a diario tienen una base instintiva e irracional.

Un sesgo no es necesariamente algo malo. Son atajos que toma nuestro cerebro para que no muramos cada día agobiados por el peso de la responsabilidad de la toma de decisiones, almacenando ciertas ideas preconcebidas que nos permiten comportarnos de una determinada manera. La cuestión es que debemos ser conscientes de que tenemos esos sesgos y no dejarnos llevar en exceso por ellos, especialmente en el trabajo.

Hay muchos sesgos bien estudiados por la psicología, como el sesgo de la ilusión de control, (no confundir con el exceso de confianza) que es cuando creemos que podemos controlar,  o al menos influir, en  factores en los que no tenemos control alguno, como le sucede a esos futbolistas que entran al terreno de juego a la pata coja o dando un saltito para pisar con el pie de derecho porque eso les da la  de control sobre lo que sucederá después en el partido. Tenemos el sesgo retrospectivo, o lo que es lo mismo, pensar que lo que sucedió en el pasado va a volver a suceder ahora. Luego está el sesgo de confirmación, que supone ver en todas partes hechos que confirman nuestras ideas previas ya preconcebidas, o sea, el famoso “ya lo decía yo, si es que se veía venir…” Luego está el sesgo de autoservicio, uno muy extendido en cualquier trabajo, que consiste en atribuirnos la responsabilidad de cualquier éxito y salirnos de la culpa de un fracaso. Tenemos también el sesgo del falso consenso, que es creer que como mis tres mejores amigos piensan igual que yo, entonces todo el mundo piensa igual que yo. O el sesgo de representación, que es asumir que algo es más probable a partir de una premisa que, en realidad, no predice nada.

¿Cuántos de los sesgos enumerados reconoces en tu personalidad? Yo diría que los tengo todos (y hay muchos más, estos son solo algunos de los más comunes). La buena noticia es que podemos ser conscientes de nuestros sesgos y tratar de al menos minimizar su interferencia en nuestras decisiones laborales.

Lo primero que recomiendan los psicólogos es descansar antes de tomar alguna decisión importante, porque la fatiga potencia y exagera los sesgos y desestabiliza nuestro estado emocional. Después, se debe dedicar un cierto tiempo a reflexionar sobre los puntos clave en cualquier decisión, es decir, cuando actúas sin pensar, actúas movido por tus sesgos, y es importante hacerte muchas preguntas que condicionen tus hipótesis básicas (“vale que estoy convencido de que va a suceder A pero, ¿qué pasaría si sucediera B”?)

También debemos intentar recoger datos y mediciones objetivas que nos ayuden en la toma de una decisión. Puede que pensemos que nuestro nuevo producto es una maravilla y como a mí y a mis compañeros nos gusta mucho, a todos los clientes les va a gustar. Pero si en los 6 primeros meses no hemos vendido ni uno, quizá deberíamos modificarlo o directamente retirarlo. Y finalmente para eliminar sesgos lo mejor es la diversidad. Si el equipo encargado de tomar una decisión importante lo conforman personas de distinto sexo, edad o nacionalidad, tomará seguro decisiones más equilibradas y sensatas.

¿Significa esto que cuando mañana me despierte por la mañana, debo llamar a un grupo diverso de personas para que me ayuden a elegir el color de la camisa que llevaré ese día? Obviamente no… los sesgos no son malos per sé, pero debemos ser conscientes de su existencia y controlarlos un poco a la hora de tomar decisiones importantes.

 

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