Se nos llena la boca hablando de creatividad e innovación. Pero en la práctica, glorificamos el hacer sobre el idear. Tener la agenda a tope es hoy la máxima expresión de la eficiencia. Estar liado despachando tareas a toda pastilla es lo más. Pareciera que no hiciera falta dedicar tiempo a pensar.

Como si levantarse y dar un paseo para madurar el concepto a desarrollar en esa presentación fuera un crimen. Como si reservar una ventana en tu jornada para la lectura fuera un lujo que solo quien no está suficientemente ocupado se pudiera permitir.

Curiosa contradicción en una sociedad donde proliferan los cursos de mindfullness y donde el yoga es el deporte de moda, con permiso de los runners. Porque si en lo personal no dudamos de las ventajas de tener una vida más consciente, más meditada y más lenta, en el trabajo estamos (todos) despreciando las tareas más mentales en favor de las más manuales.

Miramos de reojo con cierta desconfianza a quien lee, a quien pregunta, a quien cuestiona antes de correr a hacer. Consideramos “dichoso” a quien “tiene tiempo para esos lujos”, por oposición a la virtud de “tener el correo echando humo”.

Pensar es necesario

Pues yo creo que algo no cuadra. Porque una empresa en cuyo aire se respira actividad desbordada, con gente que va a tope sin parar un segundo, tiene un futuro más que incierto. Así que, encima, estar orgulloso de ello, parece, cuando menos, terriblemente imprudente.

En mitad de esta urgencia generalizada, de estas carreras para tener las cosas para ayer, urge decir alto y claro que quien dedica tiempo a pensar no está en absoluto desocupado.

Que hay trabajo visible y trabajo invisible. Que reflexionar es trabajar, que pensar es hacer. Que observar es trabajar. Que los “brazos cruzados” también trabajan.

De Tales de Mileto, el precursos de la filosofía, de quien dicen permaneció inmóvil varios años, cuenta Aristóteles cómo refutó los reproches a su falta de preocupación por asuntos materiales. Habiendo previsto, gracias a sus conocimientos astronómicos, una próspera cosecha de aceitunas la siguiente temporada, compró todas las prensas de aceite de Mileto y Quíos para alquilarlas durante la recolección, lo que le llevó a acumular una gran fortuna, prueba indudable de que los filósofos pueden ser ricos si lo desean, pero que su cometido y ambición son otras. Aunque, según refiere la Wikipedia, quizás la anécdota más conocida de su “utilidad”, relatada por Herodoto, fuera su predición a los jonios del año en que sucedería un eclipse solar. Que el eclipse ocurriera, en efecto, en medio de una batalla, llevó los contendientes a detenerse y a avanzar un acuerdo de paz, creyéndolo una advertencia divina.

Los beneficios de detenerse a pensar son indudables. Aunque a veces, no se vean en el corto plazo. Sin duda, hacer es importante, pero “inventar que hacer” lo es aún más.

¿Qué valoración hacemos hoy de “ocupación”?

No es posible innovar sin escuchar, sin leer, sin pararse a reflexionar. Y si, como afirman, las empresas buscan perfiles más creativos en innovadores, quizás debamos reconsiderar la valoración que todos, jefes y compañeros, hacemos de las personas “ocupadas”.

Quien en lugar de recauchutar documentos pasados se aísla para empezar de cero no siempre será un vago que exige más tiempo para una tarea o un lento que no sabe por dónde pillarla… ¿no pudiera ser que estuviera pensando?

Todos queremos que las tareas salgan a delante, yo la primera. Aunque quizás debamos empezar a desmitificar la rapidez y a respetar un poco más el “espacio para el diseño”. Ese tiempo de análisis, de observación, de lectura y de inspiración necesario si queremos de verdad optar por enfoques más creativos.

Soy consciente del reto que supone para muchos. Porque levantar la mano para pedir un plazo algo más extenso para hacer algo ad hoc, cuando tenemos la opción de apañar con faenas de aliño sobre tareas pasadas no es fácil. Y concederlo cuando el tsunami de presión cae desde arriba tampoco. Mucho mejor reaprovechar lo que tenemos y ya.

Reivindiquemos el valor de la reflexión

No nos equivoquemos. Detrás de esos “me gustaría pero es que no puedo”, o de ese “se es que no me da la vida” hay muchas veces una cierta incomodidad con ese tipo de actividades. Nos hemos acostumbrado al reenvío, al corto por allí y pego por aquí. Y este creo, es el verdadero problema que tienen las empresas hoy.

Yo creo en las horas dedicadas a buscar más imputs en un aparente detrimento del output. Cuando pienso, no estoy inmóvil contemplando el misterio, trato de aproximarme desde un ángulo distinto a la tarea. Aislarse para pensar es como subir a lo alto de una montaña para otear el horizonte sin perder de vista el lugar en que vivimos. Es buscar con la mirada el lugar al que queremos dirigirnos.

Quizás no haya un trabajo más útil. Ni más minusvalorado…

¿No toca hacerlo ver a propios y extraños?

@vcnocito

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