Yo lo hago frecuentemente. Si contacto con alguien por primera vez por motivos de trabajo (un nuevo cliente o proveedor o una persona que se incorpora recientemente en la empresa por ejemplo), dedico un minuto a buscarle en LinkedIn, la red social para profesionales por excelencia.  Repito con cierta frecuencia esta acción porque como trabajo en una gran compañía, suele acercarse mucha gente con ganas de hacer negocios con nosotros.  Me gusta saber si esa persona con la que acabo de contactar tiene una formación más técnica o más de gestión, si ha cambiado de trabajo frecuentemente, si tiene poder de decisión en su compañía… y sí, lo reconozco, también me motiva la maruja que vive en mi interior que trata de encontrar algún detalle curioso que cotillear, aunque esa maruja suele decepcionarse porque en LinkedIn no suele haber grandes historias, la verdad.

Me encuentro de todo: gente con un perfil cuidadísimo y gente que lo tiene tan desactualizado que aun le aparece la foto que puso cuando empezó  de becario hace 25 años. Gente con descripciones extensísimas de todas sus actividades y otros con un perfil que no ocuparía medio folio. Muchísimos managers, directors e incluso el típico CEO de una empresa de dos personas. Todo ello pasado por el filtro de mis añitos de experiencia laboral tratando con gente variopinta  me da una idea de con quien estoy trabajando.

Y a veces, pocas veces de hecho, me encuentro con gente que no tiene perfil en linkedIn. Lo primero que me viene a la cabeza es que he escrito mal el nombre, porque me resulta muy sorprendente.  Pero si tras revisar la ortografía o asegurarme de que no hay ningún nombre compuesto la persona sigue sin aparecer en la búsqueda, me llevo una muy mala sensación. Pienso que estoy ante un tío muy raro con el que va a ser difícil trabajar. Porque hoy en día un profesional, sea de la actividad que sea, que no tenga un perfil en redes sociales mínimamente cuidado me inspira obsolescencia, dejadez y muy poca apertura de miras. No digo que haya que actualizar la foto todas las semanas, apuntar cada seminario al que asistes y participar en 1.400 grupos simultáneamente. No es eso. Se trata de dedicar unos minutos de vez en cuando a tener actualizado tu perfil y participar alguna vez aunque sea con un Me Gusta a lo que ha escrito un amigo.

Es fácil encontrar motivos para estar en LinkedIn: tu CV está accesible para cualquier persona del mundo, puedes encontrar ofertas de trabajo, te mantiene al día de lo que se cuece en tu sector, sabrás si tu experiencia y conocimientos son interesantes o no por las estadísticas de visitas a tu perfil, podrás hacer networking… pero va más allá que eso. En mi opinión, participar en redes sociales, no solo en linkendIn, debería ser una obligación para cualquier profesional. No se trata de subir fotos de la paella que te vas a comer o de tu hijo vestido de futbolista, ni de participar asiduamente porque sí. Pero hay que estar porque todo el mundo está, y porque si no estás, no te enteras de lo que pasa. Así de sencillo. Es una cuestión de cuidar tu marca personal, un activo cada día más importante en nuestro currículum.

Porque de igual forma que hoy en día todos miramos las valoraciones de otros usuarios a la hora de contratar un hotel o de ir a cenar a un restaurante nuevo, cualquier otro profesional que vaya a trabajar con nosotros mirará nuestro perfil en redes sociales para valorarnos y hacerse una idea de cómo será trabajar con nosotros. Y no solo valorarán nuestro perfil sino también la calidad de nuestras interacciones, de igual manera que nos fijamos en las estrellitas con las que puntúan otros usuarios a ese restaurante al que queremos ir.

Así que igual que un móvil ya es mucho más que un dispositivo para hacer llamadas, LinkedIn es mucho más que una red social para buscar trabajo. Es el escaparate en el que todos, queramos o no, nos mostramos para que el resto nos valoren. Y en el mundo actual, las apariencias importan, y mucho. Así que debemos cuidarlas.

 

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