A pesar de que la palabra “opinática” no está recogida por la RAE, seguramente la mayoría sabéis a qué me refiero, ¿verdad? Una cruz, una lacra… pero oye, ¡¡cómo nos entretiene!!

Imagino de hecho que muchos de vosotros la sufriréis en propias carnes y os hará renegar de vez en cuando, o más bien un día de cada dos, porque creo que los españoles tenemos un perfil “opinatequero” de lo más exacerbado. Pero por si alguno se pierde, me refiero cuando menciono la “opinática” a ese arte que practicamos en las empresas de opinar sobre cualquier tema, sin ningún pudor, y sin ruborizarnos. Temas de los que por supuesto quizá sólo tenemos escasos conocimientos y poca información, y en los que no nos molestamos en profundizar ni analizar… Pero nos divertimos comentando como si fuéramos un tertuliano.

No nos damos cuenta de que cuando nos dedicamos a soltar por nuestra boquita lo que “a nosotros nos parece”, o “nosotros creemos que”, sin más, probablemente estamos dando más de un quebradero de cabeza, porque estamos cuestionando o minusvalorando el trabajo que esté llevando a cabo otro compañero, simplemente porque nos entretiene. ¡¡Ahí es nada!!

Y en muchos casos lo haremos sin mala intención, pero eso no nos exculpa de causar estragos: cuando nos dedicamos a verter opiniones sin más en determinados foros, hay que tener la responsabilidad suficiente como para valorar las consecuencias.

Ponte en el lugar del otro. Piensa cómo te afecta a ti y a tu trabajo la “opinática” de bar que circula por la oficina en torno a tus proyectos. ¿Te gusta? Seguramente no, y preferirías que la gente se entretuviera hablando de fútbol y no opinando sobre tu trabajo sin conocimiento de causa, ¿verdad? La cuestión es que eso, parece bastante difícil conseguirlo, y sobre todo no está en nuestra mano. Lo que sí está en nuestra mano es plantar cara y desarrollar una estrategia para defendernos de la “opinática” y atajar los efectos, que en general son embarrarnos con más trabajo.

Me atrevo a sugerir unos cuantos consejos prácticos, a ver qué os parecen:

  1. La mejor defensa es un buen ataque – ve bien preparado a las exposiciones. No es necesario que presentes todo el contexto que has analizado, pero sí es necesario que lo conozcas y que lo ubiques en la estrategia y planificación de tu empresa o departamento. A veces es bueno ensayar con un lego en la materia, de esos que les gusta la tertulia, para poder presentarte con los deberes hechos y la puesta en escena ensayada. Analiza cuáles son los puntos de tu trabajo más proclives a ser comentados como un penalti en domingo.
  2. Conoce a tu enemigo – es muy bueno que conozcas y sepas por dónde respiran los interlocutores en la reunión o en la exposición, y que sepas los temas que les preocupan. Eso te dará pistas para llevar datos de detalle con los que atender y dejar satisfecho a cada uno de ellos en su ámbito.
  3. Guarda balas en la recámara – no debes presentar datos a go-gó. Presenta sólo los datos relevantes, pero ten guardado como anexo cualquier otro que se te ocurra que pueda suscitar preguntas o requerir de un análisis más profundo.
  4. Despeja balones apuntando a quien lanzó – esto no siempre es factible, y sobre todo no es fácil. Pero cuando alguien te pregunta sobre cómo puede afectar tu proyecto en SU ámbito de competencia, puede ser interesante devolverle con cariño la pregunta y pidiéndole expresamente que te detalle todos los problemas que él mismo prevé, a la vista de su experturía.
  5. Y sobre todo…. ¡¡no te lo tomes a pecho!! – Nos gustan las opiniones y aborrecemos la “opinática”, sí. Pero en cualquier caso debemos tener paciencia y actuar como profesionales. No podemos mostrar nuestro disgusto ante preguntas o comentarios improcedentes. A veces muchas personas simplemente hablan porque se sienten importantes si se escuchan. En muchos casos es bueno incitarles para que continúen y ellos mismos se enfanguen.

 Relájate, que, ¿a que a tí también te gusta opinar de vez en cuando?

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