Seamos sinceros, ¿cuándo es la última vez que dijiste una mentira en el trabajo? ¿Ayer? ¿la semana pasada? ¿hace tanto que ni me acuerdo? Si ésta última es tu respuesta, enhorabuena, pero permíteme decirte que eres un bicho raro. Como decía el Dr. House en su serie, Todo el Mundo Miente, y miente muchas veces, y en el trabajo yo diría que más que en ningún otro sitio.

Hay estudios americanos que dicen que de media mentimos una o dos veces al día. No estoy de acuerdo. Quizá si hubieran dicho una o dos veces “a la hora” sí que estaría de acuerdo. Centrándonos en el ámbito del trabajo una encuesta nacional publicada recientemente en España decía que el 33% de los españoles mienten para poder salir antes el trabajo. Insisto, pocos me parecen.

A ver, tampoco digo que no podamos fiarnos de nada de lo que nos dice el de al lado. En general en la oficina decimos pequeñas falsedades, mentirijillas de poca importancia dichas para resolver alguna situación un poco complicada, pero mentiras a fin y al cabo. “Uy, no me ha dado tiempo a acabar de leer tu documento, pero lo que llevo visto está muy bien” (realidad: no me interesa nada y además no hay quien lo entienda. No lo leeré y me inventaré cualquier cosa). El problema viene si la mentira se convierte en la forma habitual de hacer las cosas: cuando una empresa reporta datos tan maquillados que, como decía un antiguo profesor mío, llegan a convertirse en “datos travestidos” o a nivel personal, cuando alguien se apropia habitualmente de la autoría de trabajos que no son suyos. A corto plazo conseguimos salir del paso y puede que hasta nos ganemos un reconocimiento. A largo plazo se volverá sin duda contra nosotros

Es ingenuo creer en un mundo libre de mentiras porque la mentira forma parte de nuestra rutina diaria. Todos hemos dicho alguna vez a alguien lo bien que le sienta esa ropa nueva que acaba de comprar cuando en realidad pensamos que es horrible. Cierta dosis de mentira es necesaria para poder vivir en sociedad porque si dijéramos siempre la verdad nuestras amistades no nos aguantarían. En el trabajo pasa lo mismo: no podemos decirle claramente a un compañero lo mal que pensamos que está haciendo las cosas porque solo conseguiríamos ofenderle y probablemente no conseguiríamos que mejorara.

Yo creo que en el mundo laboral mentimos fundamentalmente por tres motivos: para tratar de caer bien, para evitar una reprimenda o para aprovechar una oportunidad. Y en el trabajo hay muchas situaciones de estas, por lo que la mentira es habitual. Mentimos para integrarnos en el nuevo grupo de trabajo que nos han asignado o para ganarnos la confianza de un cliente. Mentimos para salvar el pellejo cuando es evidente que algo no ha funcionado bien y tratamos de pasar el marrón a otro. O mentimos presionados por la competencia de optar a un determinado puesto o a un ascenso, y para ello exageramos nuestros métodos y nuestros logros.

Muchas de estas mentiras pasan desapercibidas y no tienen más efecto que el de suavizar una posible bronca del jefe gracias a una buena excusa. Pero cuando la mentira busca el beneficio propio tratando de hacer daño a otras personas, entonces los efectos son devastadores pues se pierde por completo la confianza en la persona que miente y el clima y el ambiente laboral de todo el equipo se ve muy perjudicado. Y por supuesto, si te das cuenta de que alguien ha mentido, aunque no te afecte a ti directamente, queda etiquetado como “no confiable” de por vida y provocará que cambie tu relación con esa persona.

Como decía antes, la mentira forma parte de nuestra vida, aunque algunas personas piensan que lograrán más fácilmente sus objetivos con mentiras. Yo defiendo la sinceridad en el trabajo, aunque como en la vida misma, hay situaciones en las que lo sensato es guardarse algo de información, no decir la verdad completa o maquillar el mensaje para no hacerlo parecer ofensivo. Creo que a la larga, ganarte la etiqueta de persona de fiar y honesta solo te traerá beneficios porque como dice el dicho, con mentiras se puede llegar muy lejos. Lo difícil es volver.

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