El comienzo del nuevo año siempre trae consigo un montón de nuevos propósitos: dejar de fumar, ir al gimnasio, pasar más tiempo con los niños… La pena es que normalmente se queda ahí, solo en los buenos propósitos. Si hiciéramos balance el 31 de diciembre sobre si hemos cumplido o no lo que nos proponíamos hacer el 1 de enero, el resultado normalmente no nos dejaría en muy buen lugar.

Y es que el cambio siempre es difícil. Salir de nuestra zona de confort en la que llevamos tanto tiempo viviendo y en la que estamos tan agustito, suele ser una tarea titánica. Siempre encontramos alguna buena excusa para no cambiar y seguir haciendo las cosas como siempre las hemos hecho. De entre todas esas excusas, oigo con mucha frecuencia una que realmente no acabo de comprender: “es que yo soy así, y ya está, punto”.

Para una canción de las que se suele poner para animar el baile de una boda “Yo soy así, y así seguiré, nunca cambiaré!!!” está muy bien, pero para la vida laboral no vale como excusa. ¿Cómo que eres así? Y sobre todo, ¿cómo que nunca cambiarás? ¿Acaso tienes una dolencia o trastorno irreversible que te obliga a la inmovilidad y te impide evolucionar y comportarte de otra manera diferente?

Leí hace poco un artículo en el blog de Elena Arnaiz a este respecto que me pareció muy interesante. No es que seamos de una determinada manera sino que nos comportamos de una determinada manera, según etiquetas que nos han ido colgando desde pequeños y que moldean nuestra personalidad (da para otro blog hablar sobre el daño que le hacemos a un niño pequeño cuando le decimos “deja eso, que eres muy torpe y no sabes”). Son etiquetas como “es que soy muy tímido”, “es que soy muy honesto y directo” o “es que tengo poca fuerza de voluntad” que nos bloquean y que nos impiden cualquier cambio porque además les otorgamos unos poderes prácticamente sobrenaturales ya que las consideramos poco menos que insalvables.

Por supuesto que es importante conocerse a uno mismo y saber donde están tus limitaciones. También el “soy así” nos puede permitir defendernos de “malas influencias”. Por ejemplo, si en tu empresa fuera habitual aceptar pagos o comisiones fraudulentas, el hacerse fuerte con una actitud del estilo “soy una persona íntegra y no quiero participar en este juego” sería una virtud positiva. Pero en realidad, el “es que soy así” es casi siempre la excusa que encontramos para justificarnos cuando nos equivocamos. Esta justificación nos quita la responsabilidad de hacer algo al respecto porque claro, “si soy como soy, ¿qué le voy a hacer?” y así seguimos en nuestra zona de confort en la que nos sentimos seguros.

¿Y cómo actuar entonces? Yo creo que el secreto radica en cambiar el “ser” por el “estar”. No es lo mismo decir que “soy tímido” y por tanto nunca voy a saber hablar bien en público que decirte “estoy tímido” porque el auditorio en el que estoy es más grande de lo acostumbrado y por eso estoy un poco acongojado, aunque se me irá pasando según vaya empezando a hablar. Lo primero es un estado permanente que no voy a poder cambiar y lo segundo es un estado transitorio que con un poco de esfuerzo, podré revertir.

No se trata de querer ser una persona distinta a la que realmente eres, sino de intentar mejorar los pequeños defectos que todos tenemos que sabemos que nos perjudican en nuestro día a día en la oficina y que nos impiden cambiar y poder aprovechar las buenas oportunidades que se nos presenten. El principio de año puede ser un buen momento para ponerse a ello, ¿verdad?

 

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