En uno de mis últimos post he hecho algunas críticas incluso sobre cómo funciona la política en España, donde a mi parecer tenemos hasta ahora dos partes enfrentadas que no hacen crecer una base común, si no que se dedican a destruir lo que ha hecho el otro para volver a empezar de cero en muchos casos. Y claro, así nunca se crece, si no que se pierden ingentes esfuerzos y recursos en comenzar de cero cada vez. Y vuelvo a reflexionar sobre este hecho, porque me parece que en las empresas funcionamos justo, justo al revés… ¡¡Y eso sí que es un error!! Y voy a explicarme…

En las empresas, cuando surge una necesidad, nos montamos un proyecto. El proyecto se ubica en un ámbito, con unos objetivos concretos, un presupuesto, un plazo… Vamos, un proyecto de los de toda la vida. Y bueno, pasado un tiempo, puede ocurrir que hasta lo hayamos terminado y QUE FUNCIONE. ¡¡¡Bieeeen!!! ¿O no?

Y es que aunque la pregunta parezca estúpida, creo que merece un análisis. Cuando algo funciona en una empresa, un proceso, una herramienta, todos el mundo se fija en ello y en general se muestra altamente participativo y proactivo en todo lo que tenga que ver con modificarlo y ampliar su ámbito de aplicación. Abundan las frases del tipo “presentémoslo como Best Practice para que se replique y valga también para…”, o las de “¿y esto no podría servirnos además en….?”, o las de “…¿Y si además hiciera…? Y aquí llegamos al momento crítico, porque lo normal es que todos los proyectos de ampliación no se estudien ni con la mitad de profundidad que se hizo en el caso original. Y comenzamos a parchear. Y comenzamos a meternos por vericuetos que no se sabe muy bien a dónde conducen, pero que ya no llevan marcha atrás, porque además con lo que llevamos invertido….Y mira que además nos concedieron el presupuesto fácilmente porque se basaron en que esto ya funcionaba y había que hacerlo crecer, y cómo vamos a dar ahora marcha atrás. En fin, que lo uno lleva a lo otro, y hemos acabado construyendo un “Frankenstein”. Algo que iba a servir para todo, y que ahora no sirve para nada de un modo eficaz. No hay por dónde cogerlo, y encima nos incrementa los costes de mantenimiento y producción paulatinamente porque los agujeros que va dejando al descubierto hay que irlos tapando y remozando cada vez más.

Y ahora, ¿quién le pone el cascabel al gato? ¿Quién le dice a los jefes que aquello hay que tirarlo a la basura, y que debemos partir de cero otra vez para acabar con el monstruo? Difícil es, pero hay que ser valientes y ser capaces de poner estas situaciones encima de la mesa. Vale más una vez la cara roja que cien veces amarilla, y hay que hacer borrón y cuenta nueva.

¿Y cómo lo hacemos? Pues esta es una pregunta más difícil aún y dependerá de múltiples factores. Quizá una buena propuesta pueda ser la de esperar al momento de tener que solicitar nuevo presupuesto para “alimentar a nuestro Frankenstein”, y aplicar la técnica del presupuesto base cero (Peter Pyhrr). Esta técnica lo que hace básicamente es aplicar una actitud crítica en la que no se considera el pasado para justificar una solicitud de presupuesto, si no que ataca directamente a la necesidad de que el proyecto o la herramienta exista como tal. Si el Presidente Carter fue capaz de aplicarla en el Gobierno de Estados Unidos, ¿por qué no vamos a ser capaces nosotros?

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