Ya comentamos en la entrada anterior la mala prensa que tiene el azar.

Porque parece que nos quita mérito.

Y, cómo, sin embargo, juega un papel determinante. Por mucho que lo queramos “disminuir” llamándolo contexto, momento oportuno, alineamiento estratégico, buen ojo, olfato o, si estamos especialmente estupendos, serendipia.

Pero es azar.

Sin más.

Y sin menos.

Por eso hoy quiero seguir hablando de él. Porque quiero darle su sitio. Porque reconocer su importancia no nos hace menos capaces, sino todo lo contrario.

Porque darle su sitio lo pone todo en perspectiva.

Una perspectiva de la que, sin el esfuerzo de incluir esta variable en la ecuación nos suele faltar a casi todos.

No deja de ser curiosas estas gafas nuestras de ver la realidad.

Cuando la suerte nos favorece, preferimos no verla y la llamamos persistencia, talento, visión, carácter, mentalidad, foco, resiliencia y otras palabras de esas que quedan de cine en LinkedIn. Cuando nos nos perjudica, no solo la reconocemos enseguida. sino que la convertimos en nuestro chivo expiatorio favorito: “No era el momento”. “Me pilló una crisis”. “El mercado cambió”. “La empresa cerró”. “Tuve un problema familiar”.

Qué casualidad.

O no tanto.

Somos imbatibles contándonos la historia que queremos oir

Toca caer en la cuenta de que la memoria que tenemos de una historia no es en absoluto la realidad de esa historia. Que la memoria es tan solo un elemento más en la construcción de nuestra identidad. Y que, por ello, la maleamos a machetazos si es preciso hasta cuadrar el círculo.

Una de las trampas más elegantes de la inteligencia humana es lo bien que se nos da lo de ordenar el caos después de que haya ocurrido. Vivimos hacia delante, tanteando, improvisando, decidiendo con información incompleta. Pero luego contamos la vida hacia atrás, y entonces todo parece de cajón de sastre. Como si no hubiera otra línea posible para unir los puntos.

Lo llaman falacia narrativa.

Cuando alguien triunfa, revisamos su pasado y encontramos señales. “Ya apuntaba maneras”. “Siempre lo tuvo claro”. “Se veía venir”. “Tenía algo especial”. Pero casi siempre, la realidad es que no se veía venir nada de nada. O se veía venir exactamente lo mismo que en otras personas que no llegaron a ninguna parte.

Lo que ocurre es que el resultado ilumina retrospectivamente el camino. Y donde, mientras todo sucede no hay más que dudas, tentativas y pasos un tanto erráticos, somos capaces de colocar una línea que traza un dibujo con sentido, un relato limpio y seguro.

Así, cuando una apuesta arriesgada sale bien, la llamamos audacia, olfato o visión.

Cuando sale mal, mala suerte. O, simplemente, «el mercado no estaba maduro».

Valoramos las decisiones por el resultado (y no por el proceso) olvidando el peso del azar

Replicamos los cuentos ajenos con nuestras propias decisiones.

Ahí nos lucimos en narrativa.

Porque nos incomoda pensar que tomamos decisiones importantes con datos incompletos y que, además, el resultado depende de variables que no controlamos. No soportamos nada bien eso de que la vida no tenga guion. Así que hacemos lo íunico que podemos: inventamos coherencia.

Pero lo cierto es que casi nada se entiende del todo mientras todavía está ocurriendo.

Por eso me encantan los diarios. Nunca deja de sorprenderme cuánto puedo a llegar a inventar una historia. Y cuánto de convencida puedo estar de que cuento la más absoluta realidad 🙂

Conste que esto de la falacia narrativa no me parece un fallo de diseño de nuestro cerebro, sino el invento del siglo. La prueba definitiva de que somos más inteligentes por lo que hacemos de manera secreta e inconsciente que por lo que nos gusta racionalizar.

Porque algunas coherencias son necesarias. Nos ayudan a aprender, a encontrar sentido, a no vivir en la intemperie.

Lo que no conviene es creérselas del todo.

El esfuerzo aumenta la superficie de contacto con la suerte

Ahora bien, tampoco nos vayamos al otro extremo.

Decir que el azar influye no significa que todo sea azar.

El esfuerzo cuenta. La preparación cuenta. La disciplina cuenta. La constancia cuenta. La curiosidad cuenta. Y cuenta mucho más de lo que algunos quieren admitir cuando descubren, con alivio, que la suerte existe.

La suerte puede abrir de improviso una puerta, pero normalmente la aprovecha mejor quien lleva tiempo y trabajo mirando en esa dirección.

Nadie me convencerá de que, si bien el esfuerzo no controla el azar, aumenta nuestra superficie de contacto con él.

La atención, la curiosidad, el darle una pensadita a cada situación en la que la vida y el trabajo te van colocando nos coloca en más lugares. Nos hace más visibles. Nos permite reconocer oportunidades que otros no ven. Nos ayuda a sostener con más confianza la incertidumbre. Nos da recursos para improvisar cuando el plan se rompe, que suele ser casi siempre.

Prepararse no garantiza que llegue la ocasión. Pero no prepararse garantiza que, si llega, nos pillará haciendo otra cosa.

El quid de la cuestión no es tener o no tener suerte.

La cosa consiste, en el fondo, en ir por la vida como si no necesitáramos depender de ella.

Reconociendo el viento cuando sopla a favor. Desdramatizando cuando nos rompe la vela.

Porque, las más de las veces, cuando haces cosas, pasan (buenas) cosas.

Y es ahí donde empieza el espectáculo que da forma a la historia.

De eso se trata, de amasar buenas piezas para construir la nuestra.

@vcnocito