Recuerdo cuando era niño el sentarme un fin de semana delante de la televisión a ver el “telefilm” de después de comer. Me daba la sensación de que ponían siempre la misma película, en la que un padre vestido con traje le prometía a su hijo que iría a verle seguro a la final de la liga de beisbol del colegio, que tanta ilusión le hacía al niño, a pesar de que no había acudido a los últimos partidos. El niño asentía ilusionado y perdonaba al padre las ausencias anteriores, pero llegaba el partido decisivo y Tommy (en mi memoria todos esos niños se llamaban Tommy), con el bate sobre el hombro, mira a la grada y pone una cara triste y decepcionada cuando le toca batear la bola decisiva porque su padre no está allí.

En aquellos momentos de mi infancia, el padre (tiendo a olvidar el nombre de los villanos) me parecía todo un malvado que deja tirado a su hijo en un momento decisivo para él. Cuando recuerdo ahora esa escena, no veo al padre como un villano, sino como un hombre demasiado comprometido con su trabajo. Estoy seguro de que no se levantó por la mañana pensando “hoy voy a romper mi promesa, paso de mi hijo, no voy a ir a ver el partido que seguro que no se da ni cuenta”. Lo más probable es que al padre le hubiera surgido una reunión de última hora que se alargó más de la cuenta, y que no se atrevió a rechazar porque estaba convencido de que el futuro de la empresa depende de él exclusivamente. Mientras, el niño aprende una valiosa lección, aunque no sea consciente de ello: las palabras son humo solamente, aunque vengan de tu propio padre.

En el trabajo pasa algo similar. Nos gusta prometer plazos, entregas y resultados. Prometemos porque queremos conseguir un objetivo, porque queremos dar imagen de ser unos magníficos profesionales o porque queremos generar confianza y seguridad. Y muchas veces, por qué no decirlo, porque nos gusta hacernos un poco los chulitos en la oficina y que los demás admiren nuestra capacidad y valentía.

En realidad, prometer no es malo del todo, lo que es malo es prometer a lo loco, sin medida y sin un mínimo de reflexión anterior. No es lo mismo un compromiso que una ilusión fantástica. El compromiso es concreto, sobrio y la mayoría de las veces poco vistoso o espectacular. La ilusión fantástica es bonita, inspiradora, motivadora, ambiciosa, pero suele obviar y pasar por alto la complejidad de la vida y la crudeza del calendario. Muchas veces se confunde entusiasmo y ambición con fiabilidad y calidad.  

Cumplir tus promesas tiene menos brillibrilli que hacer grandes anuncios, pero es más sólido y confiable. Implica menos frases rimbombantes, no vender humo, y trae como consecuencia sacrificar el aplauso y el elogio a cambio de proteger tu credibilidad futura. Los anglosajones tienen una recomendación para estas situaciones: Under promise, over deliver. Promete menos, entrega más. No quedarás igual de bien en el corto plazo, pero te sentirás mejor cuando dentro de seis meses se demuestre que tenías razón.

A veces confundimos liderazgo con ambición desmedida, pero el liderazgo tiene más que ver con gestionar expectativas y ajustar el alcance. Tampoco es cuestión de que cada compromiso que alcances se convierta en una losa que te paralice, sino que se trata de hacer mejores promesas: más pequeñas, más realistas y más responsables, y de entender que cada promesa crea una deuda con alguien. En el trabajo los equipos no se queman solo por la carga de trabajo, sino también por la incoherencia, por el “esto estará listo la semana que viene” repetido durante tres meses y por la mala gestión de expectativas de unos y de otros. No hay nada más desmoralizante que una promesa incumplida. Que se lo digan al pobre Tommy.