Permíteme, querido lector, hablarte sobre el futuro.

Según cuenta la historia, el rey Luis XI tenía a un astrólogo en su corte. Un día, el astrólogo predijo que una dama de la corte moriría en una semana y la predicción se cumplió. Cuando ocurrió, el rey quedó conmocionado. O bien el astrólogo había asesinado a la mujer para demostrar su precisión, o era tan sumamente clarividente que podía amenazar al propio Luis. Conclusión inmediata: Había que matar al astrólogo.

El rey ordenó a sus sirvientes que, a una señal suya, arrojaran al astrólogo por la ventana hacia una muerte segura. Llamó al astrólogo, y cuando llegó, Luis XI le formuló una última pregunta:

“Dadas tus habilidades proféticas, dime, ¿cuánto tiempo vivirás?”

Sin perder la compostura, el astrólogo respondió:
“Moriré tres días antes que Su Majestad.”

Para sorpresa de nadie, el rey nunca dio la señal. ¿Encontró el astrólogo la respuesta en las estrellas? No lo creo. Más bien, entendió el poder de la predicción y lo utilizó para asegurarse una larga y próspera vejez.  

Tendemos a asociar predicción con conocimiento, aunque en realidad, la mayoría de las predicciones que encontramos en la vida cotidiana estén más cerca de la búsqueda de poder que del conocimiento. Se diría que hoy en día ya no acudíamos a adivinos para que nos hablen del futuro, pero en realidad, un adivino no está lejos del directivo tecnológico que emite una predicción sobre lo que ocurrirá en el mercado del trabajo dentro de diez años. Las predicciones suelen ser maniobras de poder disfrazadas, que justifican decisiones posteriores. Y si lo piensas, nuestras preguntas a la IA no son muy diferentes a las que nuestros antepasados lanzaban al oráculo de Delfos, hace unos cuantos milenios.

Aquello era superstición y esto es ciencia y tecnología, podrías responder. Bueno, depende mucho de como usemos la IA. Es sin duda una gran tecnología para hacer predicciones sobre moléculas en la búsqueda de nuevos antibióticos, pero las predicciones sobre seres humanos son totalmente distintas de las que hacemos sobre objetos, porque las predicciones sobre las personas influyen en las personas. Las predicciones sociales tienden a actuar como imanes que doblan la realidad hacia sí mismas, afectando a la realidad que supuestamente predicen. Son órdenes veladas que nos dicen cómo actuar. Cuando un directivo tecnológico dice que en el futuro inevitablemente usaremos IA para todo está intentando conseguir que actúes de una forma que convierte en realidad su visión del futuro, que “casualmente”, es la que conviene a su empresa. Y cuando cedes al miedo a quedarte atrás y compras un proyecto de IA sin saber muy bien para qué lo vas a usar, estás contribuyendo a la profecía autocumplida y realmente, estás obedeciendo una orden.

La cuestión es que las predicciones son armas de poder que solo funcionan si creemos en ellas. Acudimos a los profetas porque nos angustia la incertidumbre, pero en realidad, eso es una buena noticia porque significa que el futuro no está escrito, y que nos toca a nosotros escribirlo. Los esfuerzos por predecir el futuro van de la mano de los esfuerzos por controlarlo, así que cuidado con los profetas y las profecías. Debemos ser como Rafa Nadal, quien según la IA tenía un 96% de posibilidades de perder la final del Open de Australia contra Medvedev en 2022, tras perder los dos primeros sets y empezar el tercero concediendo un break al tenista ruso. Nadal terminó remontando y ganando ese Grand Slam. Así que no hay que desanimarse ante las perspectivas que predicen un panorama sombrío para el trabajo en los próximos años. Mejor rebelarse y trabajar hacia un futuro brillante a pesar de todo.