Supongo yo que lo de no pegar palo al agua, pareciendo al tiempo que guardas el castillo, será tan viejo como el hilo negro.

Porque los vago-listillos que dan el pego existen desde que el mundo es mundo. Son esos tipos y tipas que se las pintan solas para no hacer ni la hueva pero que sacan más plumas que un pavo real en celo en cuanto se escucha al final del pasillo el rumor de un jefe o se rifa una medalla.

No sé si en el campo o la fábrica les sería fácil mantener el tipo. Pero hace años que viven como peces en el agua en las empresas.

No producen valor, rara vez resuelven problemas y, si desaparecieran dos semanas, nadie los echaría en falta… Bien al contrario, todos sentiríamos alivio al no tenerlos revoloteando en busca de un PowerPoint que echarse al coleto para fardar en el próximo comité.

Saben de rechupete parecer ocupados, útiles y relevantes.

Lo fascinante no es que existan.

Lo fascinante es que son muchísimas las empresas que llevan años premiándoles.  

No es de extrañar si asumimos la de décadas que buena parte del mundo profesional lleva confundiendo conceptos que no son equivalentes: actividad con impacto, visibilidad con aportación, comunicación con pensamiento, velocidad con criterio…

En ese caldo, y en un momento donde las capacidades de comunicación (seamos honestos) estaban en mínimos, perfeccionaron, slides mediante, el arte de aparentar competencia, estrategia y convicción.

Ahora que ha llegado la inteligencia artificial para dotarnos de más ideas, labia y coherencia me pregunto a qué dimensión serán capaces de llegar estos especímenes…

Motivos para el mosqueo existen.

Sobre todo si hago un poco de memoria.

Nunca el PowerPoint fue solo un programa

Ha sido un auténtico ascensor social dentro de muchas empresas.

Todos nos quedamos ojipláticos al ver a profesionales con ideas poco maduras, razonamientos endebles o una capacidad narrativa bastante limitada, entrar en una sala con una presentación impecable y generar una poderosa ilusión de solvencia. Con tipografías limpias, con tartas y gráficos de barra, con fotos de una montaña con una frase inspiradora..

Ni de coña entendían el negocio. Pero parecían entenderlo.

Y eso, empezó a cotizar.

Tanto, que yo dejé de poner texto en las PowerPoints que mis jefes me pedían para defender (ellos y ellas) mis propuestas… pero eso es otra historia.

Obviamente, PowerPoint no es culpable de la mediocridad corporativa. Pero sí de regalar a muchos profesionales sin chicha algo muy útil: empaque. Una muleta para aparentar autoría, convicción y entendimiento profundo.

PowerPoint fue la primera prótesis intelectual aceptada (y aplaudida) socialmente en la empresa.

Antes, sostener una audiencia exigía haber pensado, haber estructurado, haber conectado ideas, haber entendido algo de verdad. Y tragarte miedos e inseguridades para convencer de la acertado de tu idea o de lo necesario de tu petición.

Una vez que llegó, empezó a bastar con pasar diapositivas sin leer demasiado rápido. Y así comenzaron a pasarte por la izquierda profesionales que sin sus slides perdían el hilo en treinta segundos.

El trabajo vacío siempre ha existido

El problema, por supuesto, no empezó con PowerPoint.

El trabajo vacío que produce documentos, reuniones, alineamientos, planes, reportes y presentaciones… mientras los problemas siguen exactamente dónde estaban es el pan nuestro de cada día.

Es el reino del ruido productivo.

Y sus habitantes suelen adoptar distintas formas.

  • Está el estratega profesional, que siempre tiene ideas con las iluminarnos al resto pero querara vez terminan en algo tangible.
  • Está el reenviador estratégico, cuya principal contribución es hacer crecer el número de gente que va en copia.
  • Está el opinador premium que tiene criterio sobre el trabajo de todos, excepto sobre el suyo.

Y luego está el más peligroso de todos: el ocupado crónico. El que nunca tiene hueco para un reunión, el que responde a las tres de la mañana de un 15 de agosto para que todos veamos que “está ahí” y lo imprescindible que es.

Para desmontarlos, solo bastaría preguntarse ¿Qué problema concreto resuelve esta persona que no se resolvería si no estuviera?

Pero a casi nadie he visto formularse esa pregunta.

Los que sostienen la organización rara vez son los más visibles

Mientras tanto, quienes realmente sostienen muchas organizaciones suelen ser bastante menos teatrales.

Resuelven problemas antes de que exploten, toman decisiones con información imperfecta, traducen complejidad en claridad, enseñan a otros, absorben trabajo sin necesidad de ir a contarlo, PowerPoint en mano a un comité.

No siempre dominan la narrativa. Pero cuando faltan, se nota.

Y casi nunca está entre los premiados.

Porque, obsesionados con el continente, sufrimos de confundir a quien hace el trabajo con quien mejor lo presenta.

Ojo, que la capacidad de transmitir es un arte. Importante y necesario para que los proyectos salgan adelante. Lástima que no sea suficiente.

¿Cómo cambia el juego de visibilidad la IA?

Perdonad el pesimismo, pero lo que me temo es que si PowerPoint ayudó a mucha gente a parecer más preparada, la IA va a ayudar a mucha gente a parecer más inteligente.

En minutos casi cualquiera (hay que ser muy lerdo para no saber a estar alturas, con internet infectado de tutoriales, no saber hacer un medio-buen prompt) puede entregar informes ejecutivos impecables, estrategias con vocabulario sofisticado, análisis bien estructurados, resúmenes convincentes y marcos conceptuales aparentemente sólidos.

Una vuelta de tuerca nada desdeñable.

PowerPoint “vestía” la idea. La IA puede simular que esa idea se te ocurrió a ti.

¿Nace el “tonto aumentado”?

¿Hablamos de dar un lugar en el Olimpo a quien nunca desarrolló profundidad, ni criterio, ni capacidad de análisis, ni convivencia con la complejidad… ni la más mínima brizna de crítica y mucho menos de autocrítica?

Me temo que a eso nos abocan estos “artilugios inteligentes” que proyectan exactamente esa imagen.

Ya no se necesita saber mucho para sonar convincente. Ni leer demasiado para obtener un buen resumen. Ni entender de negocio para lanzar una propuesta estratégica. Ni construir una idea desde cero.

Todo esto se puede pedir a la IA.

¿Dónde vamos a verlos más?

Solo de pensar todos los lugares en los que esta estrategia encaja a los vago-listos me pongo mala.

¡Mon Dieu!

Consultores con  frameworks debajo del brazo. Pero, me temo, sin ninguna pregunta que abra mentes.

Profes y conferenciantes con un storytelling más afinado. Con más ejemplos y anécdotas que te distraen de lo que importa. Con más dinámicas que aligeran peligrosamente el contenido, pero entretienen que no veas. Pero, me temo, con menos experiencia real detrás de lo que cuentan.

Marketinianos elaborando más contenido que nunca. Creyendo que es más correcto, persuasivo y optimizado que nunca. Pero, paradójicamente, más igual que el resto. Poniéndonos la cabeza como un bombo con más irrelevancia que nunca.

O especialistas en Recursos Humanos con más planes de talento, con más “empatía” hacia la igualdad y la diversidad. Con más chau-chau para “poner a la persona en el centro”. Y a quienes la IA les aligera de tener que sentarse a ver a más personas.

Me mareo.

El problema no es usar IA

Conviene decirlo alto y claro.

Si la IA es capaz de hacer esto con esa panda de vago-listillos (permitidme la licencia poética de haberlos llamado “tontos” aunque ya quede claro que no lo son en absoluto) que no hará con los buenos profesionales.

Y yo no puedo dejar de preguntarme: ¿será este espejismo una cuestión de tiempo? ¿Seremos más pronto que tarde capaces de separar el grano de la paja?

Tengo claro meridiano que, durante un tiempo, esto va a funcionarles. Como les funcionaron sus slides. Como funcionó lo de usar anglicismos. Como funcionaron tantas modas profesionales.

La verdad es que, estoy deseando verles ante un cliente difícil, ante una validación cuyos efectos no son inmediatos, ante una alucinación con consecuencias. Ante toda la ambigüedad que estoy segura que no van a ser capaces de meter en un prompt.

Seguro que se las apañan para que cargue otro con ese muerto.

No soy optimista. No sé si llegaré a ver el día en que a la organización le interese descubrir quién estaba aportando… y quién estaba emborrachado con IA.

Ni siquiera ahora que la IA nos desmonta esa vieja excusa de que medir la aportación real siempre fue difícil.

Ojalá esté equivocada.

Me encantaría.

Yo, de momento, me pongo a título individual en modo Hercules Poirot. Porque encuentro placer y cierta diversión en tratar de diferenciar a quien realmente piensa (con o sin IA) del impostor que, IA mediante, solo lo parece.

Aunque mi pretensión no sea desmontarle el chiringo.

No vaya a ser que me desmonten el mío 😛

@vcnocito