Leo estos días en la interesantísima newsletter de Sergio Parra, Sapienciología, unas ideas sobre la igualdad que me abren dos líneas distintas (pero complementarias)  de reflexión.

La paradoja de la igualdad

Dice Sergio: “El mero establecimiento de igualdad de oportunidades puede, y a menudo lo hace, conducir a desigualdades en los resultados. Porque, si todos partimos del mismo sitio, al ser todos tan diferentes entre nosotros, naturalmente acabaremos en lugares muy distintos.

Si hay igualdad, entonces aparece la desigualdad.

De este modo, la única forma de alcanzar la igualdad de resultados es implantando un sistema de desigualdad de oportunidades”.

Coincido en lo básico.

Siempre me parecieron muy injustas esas políticas de tablas salariales o café para todos que encantan a los representantes sindicales.

Aunque tengo un leve matiz.

La igualdad de condiciones casi nunca es del todo posible, aunque lo intentes.

Por aquello de que nadie se baña dos veces en el mismo río.

Hace siglos que debato con mi madre diciéndole que, afortunadamente, su “yo he educado a mis cuatro hijas igual, y cada una ha salido de una forma” no es verdad. Porque no eres igual de adolescente recién casada que mece bebé en brazos primerizos, que de madre que trabaja por partida doble que olvida hijas en la guardería sin enterarse. Y porque, de ser verdad, sería una política profundamente profundamente injusta.

No, no hay que dar a todos lo mismo. Lo ideal es dar a cada uno lo que necesita para que todos puedan llegar al mismo lugar.

Lo que no sé es si nuestra alma, envidiosa por naturaleza, lo entendería bien.

Hay que ser muy fuerte (y tenerlo muy, pero que muy claro) para gestionarlo así.

No abandono la esperanza.

Me gustaría ver el día en que las empresas, y sus unidades mínimas de funcionamiento, los equipos, donde no quedan excusas para no personalizarlo casi todo, empezaran a tomarse en serio este tema de la igualdad.

Pero no soy optimista.

Coincido con Sergio en que nos falta entendimiento de qué es (en realidad) y cómo se fomenta la verdadera igualdad.

Sabiendo que la igualdad total, como la verdad verdadera, solo existen en el segundo que dura su formulación. Pero que no por ello, debemos dejar de perseguirlas.

Esta es, a mi juicio, la verdadera paradoja de la igualdad.

La desigualdad crea identidad

Sigue Sergio: “Pareciera que nuestra especie se define a través de la diferencia. En contraposición a los otros. Esto ocurre tanto a nivel individual como colectivo. De este modo, en esencia, las culturas se definen a sí mismas en oposición a sus vecinos.

Las sociedades se construyen y reproducen a sí mismas, principalmente, en referencia a las demás. Los demás son el espejo donde uno se refleja para calcular cómo hacer otra cosa diferente.

Sin desigualdad no habría identidad”.

¡Bingo!

Hace años que abogo por la diferenciación que surge de escuchar, con cariño, espíritu crítico y confianza, nuestra voz propia. Haciendo de esta escucha activa eje de desarrollo personal y profesional.

Hoy no puedo estar más convencida de ello.

Tanto que esta sería mi más firme recomendación ante los cambios que la llegada de esta “nueva chica” a la oficina van (seguro, seguro) a afectar a tus tareas, a tus relaciones, a tus objetivos y a toda nuestra sociedad.

Te deseo que te atrevas, no solo a encontrar, sino a amistarte con eso que te hace único.

Avisándote de que lo que te pide tu body, es enterrarlo en lo más profundo de tu ser 🙂

Molan las paradojas. La vida está llena de ellas.

@vcnocito