Está medido: Trabajamos mucho menos que nuestros abuelos. Sin embargo, ese “no tengo tiempo para“ es la expresión que con más frecuencia sale de nuestra boca.

Judy Wajcman, profesora de sociología en la London School of Economics, en su libro “Pressed For Time”, demuestra cómo, teniendo hoy como tenemos más tiempo libre que en cualquier otro momento de la historia, experimentamos más escasez de tiempo que nunca. Ella lo llama, con mucho acierto creo yo,  “la paradoja de la presión del tiempo”.

Y así lo expone: “Nos gastamos cada vez más dinero en ordenadores, programas y gadgets ultrarrápidos y super eficientes. Devoramos artículos y libros sobre hábitos de organización, gestión del tiempo y productividad. Nos interesamos por cualquier metodología o truco para sacar algo de tiempo. Todo con la esperanza puesta en sentir que corremos menos. Sin embargo, la sensación de estar hasta arriba, acumulando obligaciones sin descanso no mejora. Incluso es cada día peor“.

Curioso. Pero muy, muy real.

¿Por qué cuanto mayor es nuestro empeño en aprovechar el tiempo, más crece esa sensación de no tenerlo?

Wajcman, en su libro, apunta a tres razones. La primera es innegable: es el cambio tecnológico y la revolución digital. La segunda es consecuencia de la primera: esa transformación digital está acelerando cambios en el modelo de estructura social y de relaciones que nos afecta de pleno. Un tsunami frente al que, salvo asumirlo, poco o nada podemos hacer.

Pero la tercera tiene que ver con algo que sí podemos controlar. Y es la aceleración de nuestro ritmo de vida, ese sprint en el que hemos convertido nuestro día a día. Y es que, la mayoría, hemos dejado de pasear para correr encadenando actividades una tras otra.

Y esta es, en esencia, la  “paradoja de la presión del tiempo” que nos presenta Wajcman : No se puede ganar la batalla al reloj tratando de hacerlo todo más rápido. Porque nuestro cerebro no colabora en esa estrategia.

Aunque decir que 24 horas son las mismas horas para todos parezca un hecho objetivo y obvio donde los haya, lo cierto es que no lo es. El tiempo es una negociación interior con tu yo. Y, por eso, sólo puedes cambiar tu sensación sobre el tiempo negociando con quien se encarga de administrar tu percepción del tiempo: tu mente.

¿Cómo hacerlo? La autora nos ofrece una receta muy sencilla. Tan simple en apariencia que hoy le doy espacio en este blog que habitualmente dedico a reflexiones más personales, animándome a compartirla sin cambiar una coma.

3 aspectos serían las claves

1. Reconocer cuando nos estamos sintiendo presionados por el tiempo.

Parece que la sensación de escasez de tiempo te cambia incluso la postura, tensionando hombros, cabeza y cuello. Dicen que como reacción de la mente que tiende a “salir” del presente alejándose hacia pensamientos y preocupaciones futuras. Darse cuenta de los síntomas mentales y físicos de la aceleración del tiempo es el primer paso esencial para cambiar el patrón.

2. Dejar de lado el futuro.

Los pensamientos y preocupaciones sobre cosas que están próximas a suceder parecen muy reales. La clave, nos dicen, están en saber que aún no lo son. Que no son diferentes de cualquier otro sueño extravagante que hayamos tenido mientras dormíamos. Sin embargo, es esa apariencia de realidad lo que produce agobio y estrés. Cambiarlo es tan fácil como etiquetarlos mentalmente como lo que son: puros sueños.

3. Reducir la velocidad

El paso final es el verdadero objetivo de todo el proceso y no es otro que reducir la velocidad. En lugar de correr por la bandeja de entrada de un correo electrónico al siguiente, nos recomiendan darnos un respiro entre correos. Que, en lugar de ir a la carrera hacia la próxima reunión, ralenticemos el paso sintiendo nuestros pies en contacto con el suelo mientras nos dirigimos hacia ella.

Sabiendo seguro que nuestra mente nos llamará al orden por ese tiempo precioso que estamos perdiendo. Aunque, si lo midiéramos con exactitud, nos daríamos cuenta de dos cosas. La primera es que el “tiempo perdido” es insignificante. La segunda es que disminuir el estrés nos hace ganar en sensación de “tiempo aprovechado”.

A mí, esto me suena terriblemente bien. Porque, cuando nada funciona, creo que vale la pena apostar por una estrategia diferente.

Yo me apunto a cambiar mi experiencia del tiempo desde el que parece ser su verdadero origen: mi mente

¿y tú?

@vcnocito