Siendo de perfil más creativo que ejecutor me fastidia reconocer que una buena idea no garantiza el éxito de ninguna empresa. Todos hemos visto fracasar inexplicablemente proyectos que eran caballo ganador. No es de otro mundo que propuestas con presupuestos envidiables, con los mejores perfiles echando horas por un tubo y con todo el apoyo de la dirección acaben en agua de borrajas, olvidados en un rincón. Tiempo, personas, dinero, apoyo, herramientas… ¿Cuál es el factor que garantiza el éxito de un proyecto?

Nos dirigen nuestras emociones

Parece imposible que una combinación adecuada de buen diseño, tensión directiva y recursos humanos y materiales pueda no generar frutos. Pero sucede. Y cuando se nos pide que incorporemos ideas y nuevas perspectivas sin pausa, no podemos permitirnos el lujo de achacar a “un mercado inmaduro” o a “unos sistemas deficientes” el no haber podido validar una idea.

Toca reconocer que las emociones son mucho más que estados de ánimo. Son los mecanismos cerebrales que nos permiten interpretar el mundo, que hacen que nos apuntemos con ilusión o que salgamos despavoridos en dirección contraria. A mí me cuesta reconocer que no me mueva mi cabeza sino mis sentimientos. Que sea incluso el hígado quien manda. Pero ignorar la realidad no ayuda a gestionarla.

Las emociones marcan nuestra relación con los demás. Por ello, además de escuchar y tratar de comprender a nuestro yo, no podemos pasar por alto todo aquello que nuestros compañeros nos dicen sin palabras. Porque lo curioso de las emociones es que rara vez hablamos de ellas. Y este tal vez sea el quid de la cuestión.

¿Qué es el engagement y por qué es básico para el éxito de un proyecto?

Los “marketinianos” definimos engagement como la capacidad de una marca para crear relaciones duraderas con sus usuarios generando el compromiso que se traduce en ventas. Y dedicamos recursos a conocer lo mejor posible a ese cliente potencial, como único medio para mantener la atención inicial que nos ha prestado, convirtiéndola en venta y recomendación.

Todas las empresas tienen claro que sólo quien consiga generar fans conseguirá sus números. Saben que para sobrevivir hoy no queda otra que enamorar a tu cliente. Pero, la verdad, no veo a muchos jefes de proyecto currando en el engagement de su equipo. Me pregunto por qué las empresas confían en que sus proyectos internos tendrán éxito sin dedicar un segundo a enamorar a las personas que en ellos participan.

¿Qué emociones es necesario gestionar en tu equipo?

Me ha tocado participar en muchos proyectos y liderar alguno que otro. Aun así, aun no conozco la receta infalible que garantiza el éxito, pero sé que cuando alguno de estos ingredientes asoma, se huele la semilla del ni fú ni fá. Y ojo, que asegurar que no estén presentes no es mi mucho menos trivial.

  • Tibieza en los de arriba. Curioso resulta constatar que quien te encarga el reto está poco o nada ilusionado con él. Puede que le falte tiempo para bajar al detalle o que simplemente le invada esa natural pereza ante todo lo que queda por delante. Tal vez esperes que sean tus jefes quienes desarrollen el plan, pero no siempre sucede así. En ese caso, no te queda otra que hacerlo tú con tanta precisión y detalle que les sea imposible permanecer al margen. La hoja en blanco nos cuesta a todos… pero cuando en ella ves cuál es la ruta, cuáles son los hitos y qué tareas requieren tu intervención, todo cambia. Solo puedes comerte un elefante cuando pillas un trozo asequible para ti. Y hasta que no saboreas y quieres más, no te apuntas en serio al festín.
  • Codazos por los roles. En una sociedad donde todo es movimiento y cambio, somos muchos quienes tememos quedar profesionalmente viejunos y ansiamos subirnos a cualquier tren que nos lleve a la estación del cambio. Incluso cuando no nos importa tanto el proyecto en sí como la oportunidad de sentirnos frescos participando en “algo vivo”. Así que nos apuntamos a lo que salga, en competencia con otros compañeros en la misma situación. Entonces, toca forcejear por ser elegido, por llevarse la tarea más jugosa, por moverte un ápice tu tarea habitual. Y claro, los codazos son inevitables. Escuchar y asignar roles claros lo antes posible es la única manera de gestionar con armonía un gallinero repleto de gallos.
  • Expectativas no declaradas. Todos tenemos una cara oculta, una personalidad B que quiere movernos a un status que nuestro yo racional ni se atreve a vislumbrar. Lo curioso es que, mientras que nosotros podemos ignorala, los demás nos pillan a la legua. Somos hábiles viendo necesidades e intenciones que proveedores y clientes no declaran. Supongo que deberíamos empezar a plantearnos el llevar esa estrategia comercial al interior de las empresas. Y si cuando vendes sabes que el tipo no firmará sin asegurar no sólo el compromiso técnico sino la recompensa emocional, ¿por qué negársela al de al lado? Todos queremos brillar y arrastraremos los pies si tratan de escatimarnos autorías y aportaciones. Y desde luego, nos desvincularemos en seguida de cualquier líder que no nos deje salir en la foto.

“¡Es la economía, estúpido!” fue el eslogan acuñado por James Carville, asesor de Bill Clinton, durante las presidenciales de 1992. Con un Clinton gobernador de Arkansas frente a un George Bush padre tremendamente popular por su política exterior en la primera Guerra del Golfo, tocaba cambio de asunto. Aunque la caída económica del bloque soviético afectaba a EEUU en forma de recesión, ellos supieron hacer ver al electorado estadounidense que su recesión no se debía sólo a la coyuntura económica, sino a cuestiones de fondo más profundas. Apelando al bolsillo de los americanos, ganaron. Y repitieron enfoque en 1996, donde a pesar de Mónica Lewinsky, Clinton fue reelegido y James Carville encumbrado por su planteamiento.

Sin ánimo de dar lecciones a nadie, yo lo he parafraseado como título de este post porque estoy convencida de que siempre se lleva el gato al agua quien sabe ver cuáles son las fuerzas interiores que mueven a las personas. El mundo está cambiando y nosotros con él. Y quería hoy llamar la atención sobre lo añeja que se nos está quedando la gestión de personas.

Urge un management emocional de los equipos que no se enseña en ningún máster. Toca escuchar y leer entre líneas. Y asumir que lo emocional a veces o casi siempre pesa más que lo racional.

Gestionar a golpe de pliego de requisitos, de roadmap y de talonario ya no es suficiente porque no garantiza el éxito. Prestar atención a las emociones propias y ajenas, gestionando egos, expectativas y miedos es imprescindible para el éxito de cualquier proyecto.

Incluso de las empresas que trates de llevar a cabo en solitario.

@vcnocito

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