Desengáñate. Por mucho que te esfuerces nunca vas a gustar a todo el mundo. Es misión imposible, así que tal vez lo más inteligente sea hacer un replanteo en la especificación y elegir a quienes quieres gustar. Porque la felicidad no consiste en gustar a todos sino en gustar a aquellos cuya opinión es relevante para ti.

No soy de las que piensan que con gustarte a ti mismo basta y sobra. Te va mejor en la vida cuando gustas al mayor número de personas que puedes y mucho más cuando estas personas son de las que influyen en lo que en tu vida sucede. Con esto simplemente quiero decir que la opinión del mundo importa, pero que la que realmente tiene impacto es la de quienes tienen alguna capacidad de modificar tu vida: ayer tus padres, tus profes o algunos de tus compañeros, hoy tus jefes y colegas. Pero no todos los que comparten ascensor contigo…

¿Por necesitamos tanto la aprobación de los demás?

Curioso porque todos hemos comprobado en nuestras carnes como la búsqueda de la aprobación de los demás produce una enorme frustración. Lo que empieza como un simple deseo de gustar a ese jefe nuevo acaba a veces transformado en una necesidad de ser aplaudido que llega a arrastrarnos a situaciones francamente ridículas.

Siempre he pensado que es todo cuestión de intereses y que tal vez la cultura del halago fácil funcione tan bien porque que cuando la gente se siente insegura es altamente manipulable, pero seguro que eso es otra cuestión.

Seguramente la educación que recibimos, en la que para casi todo necesitamos permiso, fomenta de manera natural la inseguridad  en un camino que va mermando nuestras plumas de autoconfianza. Seguro que el contexto en el que crecemos no favorece nuestra “independencia emocional” pero no vamos a cambiar el mundo. La pregunta es si, ya hechos y derechos profesionales, podemos aprender a confiar nuestros proyectos a nosotros mismos sin depender tantísimo de la aprobación de los demás a cada pequeño paso.

Déjame que te diga que la respuesta es un sí, un sí rotundo. Por supuesto, no estoy haciendo apología de saltarnos los hitos de control ni los puntos de decisión de la cadena de mando. Estoy hablando de ser autónomo en tu espacio de decisión. Porque no hay nada que exaspere más que profesionales que peinan canas actuando como niños de parvulario sin atreverse a opinar, elegir y mucho menos a marcar estrategias…

¿Tan complicado en poner foco en una oferta comercial? ¿Tanta creatividad hace falta para decidir qué mensaje quieres posicionar en la mente del cliente con tu producto? ¿Tanta ciencia para seleccionar cómo pondero los incentivos de la fuerza de ventas? Desde que la falta de criterio se disfraza de consenso y coordinación, he asistido a absurdas hasta reuniones multitudinarias para decidir… ¡los elementos que irán en un combo en la pantalla número 25 de un configurador de oferta!

Señores, hay que tomar decisiones. En primera persona. Aunque nos equivoquemos. Tenemos que aprender a recorrer más trecho en soledad,  sin convocar reuniones para “ver cómo lo hacemos” , sin cambiar de postura ante cada mirada pseudocrítica de jefes o compañeros. Basta de pedir permiso para todo, de mendigar halagos de manera indirecta.

¿Cómo aprender a ser más autónomos en el trabajo?

No tengo la clave, sólo algunas recetas que a mí me funcionan

  • Empatía. Más empatía sin duda, aunque también hasta cierto punto. Abre tus ojos y ten en cuenta otros puntos de vista, pero no pierdas de vista los tuyos y parapétalos tras una sonrisa.
  • Asertividad. Toda que seas capaz, aprendiendo a decir lo que piensas pero sin enfadarte ni enfadar. No discutas, repite como un disco rayado.
  • Dialogo interior. Habla contigo mismo antes de compartir tus ideas en público, contando con quienes ya sabes de antemano que van a estar en desacuerdo porque no les gustas o simplemente porque simplemente no te entienden.
  • Aceptación de la desaprobación. Hay personas con las que nunca podrá haber un intercambio de opiniones fructífero. La mejor respuesta es un “de acuerdo” y p’alante. Hay pocas cosas tan efectivas.
  • Agradecimiento a la crítica. Las críticas no son ofensas, tenlo claro. Lo bueno del agradecimiento es que corta por lo sano la necesidad de aprobación.
  • Confianza. Toma decisiones confiando en tu bien gusto y en tu buen hacer. Elige tú primero, monta una propuesta y consulta después. La prenda la llevarás tú, no la persona a la que le pides consejo.
  • Disposición al cambio. Muestra tus ideas lo más cerradas que puedas pero siempre con la etiqueta de “borrador”. Descubrirás con sorpresa miles de comentarios en los detalles pero muchas menos objeciones al cuerpo del proyecto de las que esperabas 🙂

Crecer es aprender a elegir. Pedir opinión es inteligente. Pero pretender hacerlo todo en protegidos en la comandita como los murales del colegio no es eficiente. Y es un puñetero rollo que acaba cansando a quienes no están dispuestos a seguir ese ritmo.

@vcnocito

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