Cuantas caras sufridas te responden resoplando con un “aquí, de lunes” a tu risueño “qué tal?”. Seguro que más de uno y de dos. Más de la mitad?

Es posible ser feliz en el trabajo? En cualquier trabajo? Serlo así, por la buenas, como por ciencia infusa, no lo sé. Lo que sí sé, es que estar bien no es otra cosa que una elección.

Lo que pensamos, viene condicionado por lo que hemos elegido pensar. Hace ya unos años, un excelente profesional de la inteligencia emocional a quien tuve el gusto de conocer, nos dejó con la boca abierta concediendo a las 50 personas que estábamos en la sala 15 minutos para descubrir y guardar en nuestra memoria el mayor número de objetos amarillos de que fuéramos capaces. Luego nos preguntó por los objetos… verdes. Y entre los 50 no fuimos capaces de citar más de 5 o 6. Y por supuesto que los había, mucho más que amarillos!

Yo veo la felicidad como una integral. Y que me perdonen los alérgicos a las matemáticas por el símil. Pero no encuentro mejor concepto para expresar la acumulación de infinitos elementos infinitamente pequeños. Estar bien no tiene que ver ni con el jefe que tienes, ni con lo que te pasa. Creo que tiene que ver con cómo identificas y atesoras tus pequeños momentos de placer.

Y esto tiene que ver contigo. Con lo que piensas de ti. Algunos lo llaman autestima, pero yo lo llamo número de veces que eres generoso y agradecido con tus compañeros y equilibrado en tus juicios, pasándote de benevolente si es que hay que pasarse de algo. Número de veces que dejas a un lado la queja y el terribilismo y estás sosegado, abierto a disfrutar lo pequeño y aceptando lo positivo que hay en cada momento.

Y con los otros. Mirando con otros ojos a esos que te parecen tan vagos, tan trepas o tan cutres. Reconociendo los celos y la envidia cuando surgen en tu interior y dominándolos. Poniendo coto a los quejicas y barreras a los tóxicos. Dejando a cada cual con sus cosas, buscando nuestro propio camino sin necesidad de mirar con el rabillo del ojo qué hace o no hace el otro. Aprendiendo a relacionarnos con todos, te gusten mucho o algo menos. Recordando que en la diversidad está la riqueza y que es una pena perdérsela.

 Y sobre todo, con cómo haces esa suma. Yo intento todos los días identificar mis chispitas de felicidad. Y meterlas al saco antes de que pasen. Porque no son las grandes cosas las que te cambian la vida. De hecho, si alguna vez te llegan, ni las valoras tanto…

Busco lo que me hace sentir bien. Y lo repito tanto como puedo. Dejo para los días más pochos las tareas que más me gustan. Intento relativizar todas las valoraciones. Las propias y las ajenas, poniendo en cuarentena tanto el éxito como el fracaso. Intento dar las gracias, todo lo que puedo. Nunca me olvido de dar los buenos días o del hasta mañana. Y salvo problemas de salud o haya pasado una mala noche, contesto siempre con una sonrisa y un “ muy bien” a los “qué tal?”. Lo curioso es la reacción del resto, parece que hubiera dicho una obscenidad :-).

Estar bien en el trabajo no es tener el mejor proyecto, los mejores compañeros y el mejor de los jefes. Esta combinación NUNCA se da. Estar bien es tener ganas de estarlo y de seguir estándolo. Es sentirse agradecido por poder participar. Y repetírselo. Ayuda mucho 🙂

Termino parafraseando a mi querida amiga Teresa: “la vida no es ni justa ni injusta. Es. Y sólo depende de ti cómo te la tomes”

@vcnocito

 

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